viernes, octubre 31, 2008

LEÓN FELIPE EN EL CORCEL DEL VIENTO


LEÓN FELIPE
EN EL CORCEL DEL VIENTO

Pero en el mar amargo e infinito,
en la historia dolorosa del hombre,
y en la canción eterna y anónima del mundo,
habrá una gota perdida de mi llanto...
una lágrima mía.
Esta lagrima será mi cédula, mi pasaporte
y mi carta legítima de naturaleza...
de naturaleza divina e inmortal.
Por esta lágrima me conocerán ya siempre
las constelaciones y los dioses...
Y con esta cédula me abrirán las puertas,
sin bisagras ni cerrojos, del mundo
Por donde se entra a navegar en los espacios infinitos.

LEÓN FELIPE


Cuando nos situamos ante el cuadro general que conforma la historia del hombre, cuando intentamos introducirnos en el complejo mundo de su acción, definida por las más asombrosas oposiciones, nos colocamos a la vez ante la necesidad de dilucidar una serie de cuestiones que están en la propia esencia del vivir y en la raíz más profunda del proceso histórico en la cual se ha desenvuelto.

Pero no sólo ello. El conocimiento más simplista del mundo y de la vida en su actual expresión coloca, a quien intenta aprehender cualquiera de sus facetas, en una difícil situación. Puede encerrarse en su parcela (en este caso la artística o literaria) y dedicarse a desandar los maravillosos y sorprendentes caminos de la creación más alta del hombre, deslumbrado o conmovido, irritado o solazado, siempre dentro de los límites de un quehacer regido por parámetros privilegiados, que impiden celosamente la comunicación con esa vida de cada día que entroniza todo el horror, o puede sumergirse en esa realidad para comprender las causas históricas que rigen ese proceso, a fin de poner en evidencia la transitoriedad de esas oposiciones y la opción de vida que puede tener el hombre en el presente y el porvenir.



En el segundo caso, un elemento prioritario surge como fundamental a la hora de determinar el sentido y función del conocimiento que aspiramos abordar: la perspectiva transformadora capaz de otorgarle al descubrimiento de la realidad una condición trastocadora, subversiva. Y ¿qué significa esto en relación a quienes trabajamos con el objeto artístico o literario? ¿Qué tipo de conocimiento podemos generar? ¿Cómo formularlo, dirigido hacia dónde y hacia quiénes?

Una vez rota la magia que infunde el acto creador, el mundo imaginario, recreado, que nos mantiene sin embargo dentro de sus propios límites, una vez superada la fascinación que ejerce el arte en todo el esplendor de su inventiva, un asombro mayor emerge: la relación que puede establecerse entre hombre, vida y arte. Y un reto: ¿cómo romper el cerco de lo literario para colocar ese conocimiento al servicio del hombre y de la vida? ¿Cómo dinamitar los muros que lo contienen? En esa dirección dirigimos nuestra reflexión, no con la intención de contribuir a la elaboración de nuevas teorías, sino más bien con el propósito de plantear algunas interrogantes que puedan abrir en el futuro una discusión en torno al sentido mismo del hecho artístico y la función que ha cumplido y debe cumplir en nuestros días.

No es éste, por tanto, un ejercicio de conocimiento por conocimiento. Partimos de allí, pero para que sirva de referencia a un planteamiento que aspira responder una gran interrogante: ¿para qué sirve la literatura en nuestra sociedad? ¿Sirve esa literatura a la vida? ¿Entraña su estudio, su conocimiento, su aprehensión, un modo de contribuir al mejor vivir del hombre? Partimos de una hipótesis general: los mecanismos que parcelaron al hombre de tal manera que, en un momento determinado de la historia, limitaron el ejercicio de la acción creadora a un grupo minoritario y privilegiado, son los mismos que han contribuido a construir un cerco alrededor del producto así generado, cuya función primordial consiste en mantener dentro de la esfera de lo artístico aquello cuya verdadera razón de ser está en la exaltación del hombre y la reconstrucción de la vida.

De allí que nuestra proposición fundamental esté dirigida a plantear una perspectiva crítica que pueda contribuir a romper el cerco artístico-literario, a fin de liberar el producto allí encerrado y permitirle alcanzar su verdadera y humana dimensión. Creemos, sin embargo, que no se trata de una actitud formal o externa que elige, entre muchas, el lector. Entendemos que no otro sentido tiene la obra de arte que abrir una perspectiva creadora que no culmina sino cuando es recogida, recreada y proyectada por el lector o el crítico. Y que, en consecuencia, la obra de arte sólo cobra vida real en la medida en que es capaz de generar una actitud igualmente vital en el receptor.

De otra manera, la obra está muerta y encerrada en los límites del conocimiento artístico y literario, quien dispone de todo género de compartimientos (bibliotecas, museos, academias, instituciones, etc.) para garantizar que toda actitud de trastocamiento no se traduzca en subversión de la historia, de la realidad.

Entendemos así que la obra de arte se constituye en verdadero instrumento de subversión al saltar el cerco y juntarse con la actual aspiración de los hombres de construirse una historia distinta. Y creemos que no hay puesto más alto para el arte que este de proyectarse hacia el porvenir en la propia acción de los hombres, de constituirse en el equipaje de los combatientes de hoy, de prolongar su propia razón de ser en todo el esfuerzo creador que exigen nuestros tiempos para rescatar al fin, para todos los hombres, la vida en plenitud.

Creemos asimismo que tampoco hay para el lector, el crítico, el estudioso de hoy, reto más maravilloso que éste de dinamitero, desenterrador, asaltante de cercas, para extraer detrás de los libros, los lienzos, las partituras y las mismas piedras, su sentido de vida, su proposición de porvenir, su signo de infinito. El lector cierra así un ciclo creador, convirtiéndose a su vez en altavoz, en transmisor activo, de unas señales de vida que deberá también cultivar y esparcir. ¿Habrá acaso tarea más hermosa que ésta de trasmutar la palabra en grito, el grito en coro, el coro en canción (¡algún día!) de todos los hombres?

Esta fue la proposición poética de León Felipe. Y la expuso a través de toda su obra con luminosa claridad: no hay oficio de poeta. Hay una oscura y persistente labor de minero, hay un sostenido y oceánico oficio de navegante. Oficio de fundidor y de alfarero. Oficio de dinamitero. El trabajo duro del hombre de hoy, inmerso en las tinieblas, por ganar la luz. Y esa es la función de la poesía: esparcir señales de fuego para que sirvan de guía, como faros en la noche, a los aguerridos navegantes de la vida.

En su gesto encendido nos hemos enredado para juntar nuestro grito al suyo, nuestra lágrima a la suya, nuestra pequeña lumbre a su recipiente de pólvora y barreno, para contribuir al fuego grande que habrá de anunciar mañana los tiempos del hombre.

mery sananes*

MS, León Felipe. Poeta de pólvora y barreno. Caracas, Expediente Editorial, CPT/UCV, 1988, pp.9-11.


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miércoles, octubre 29, 2008

EMBUSTERÍAS DE JUAN DE MAIRENA


También quiero recordaros algo
que saben muy bien los niños pequeñitos
y olvidamos los hombres
con demasiada frecuencia:
que es más difícil andar en dos pies
que caer en cuatro.


Antonio Machado
Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena
y de su maestro Abel Martín



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lunes, octubre 27, 2008

MARCOS ANA - MI CASA NO TENDRÁ LLAVES


Marcos Ana, 1939
detenido por el franquismo en 1939 y liberado en 1962


Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.


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MARCOS ANA, EL QUIJOTE VIVIENTE





Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.

Marcos Ana

Por Cristina Castello

Almodóvar filmará la vida del hombre que más tiempo estuvo en la cárcel por la Guerra Civil española. Sin sueños de venganza, Marcos Ana sigue luchando contra el fascismo. Su historia es testimonio de los pájaros sin alas de aquella barbarie; y también una juerga de ternura que iza la Bondad por encima de todo horror.

Marcos Ana, poeta y Quijote. Emblema universal de la lucha por la libertad —88 años, hoy— estuvo en las cárceles del franquismo entre 1939 y 1961. Conoció el espanto en su piel, en su corazón, y a través de los ojos de sus compañeros; descubrió el oprobio en las manos de los torturadores: manos extranjeras a la vida que sólo los domingos cesaban de masacrar, pues entonces los verdugos rezaban en la Iglesia y con el capellán. Pero también supo de deleites: en las mazmorras del fascismo español, Marcos Ana «adoptó» —como se adopta un bebé— una flor inocente, nacida en la grieta tenebrosa del muro más cruel. Así como, aunque trepado a los barrotes y castigado duramente por ello, se extasió con cada plenilunio que —gracias a su obstinación— pudo gozar. Igual que contrabandeó, reja a reja, la poesía de Neruda y sus propios versos, como una letanía que invocaba la libertad. Tenía sólo 19 años cuando cayó en aquel infierno del Régimen, y veintitrés más cuando —como una salva de pájaros contentos— pudo dejar la jaula para abrazar la nitidez de la luz.

Luz cegadora para él, que no conocía más que las tinieblas. Pero la vida, que sólo le había ofrecido su mano mezquina, le llegaba por fin con la mano que da. Entre todos sus dones, le dio los viajes, el reconocimiento mundial —el abrazo de la humanidad— y la posibilidad de luchar. Le dio la poesía, y le descubrió el amor y el sexo... recién a sus 42. Ella era joven y morena, delgada, bella y sutil. Se llamaba Isabel Peñalba y tenía la mirada azul.

¿Serán los ojos de Penélope Cruz, la actriz fetiche de Almodóvar, los que lo mirarán desde aquel azul de Isabel? Quién sabe. Primero terminará la filmación de «Los abrazos rotos» y, quizás, rodará «La piel que habito». Y entonces se dedicará a «Decidme cómo es un árbol», el último libro de Marcos Ana; obra que recorre el mundo con sus memorias de la prisión y de la vida, flameantes de humor, de la poesía de su prosa y del sentido de la existencia como un hecho trascendente.

¿Cuántos filmes podrían hacerse con cada latido de este Quijote? En cualquier caso, Almodóvar eligió tomar la historia de Marcos, «un superviviente», cuando era ya un pájaro en vuelo libre que surcaba cielos a la salida del infierno. Al cineasta le impresiona que, después de haber respirado tanta muerte, el poeta sepa de justicia y paz, de fraternidad y siembra, de imaginación y esperanza, y no de rencor. Le sorprende su pasión por la vida del prójimo. Se emociona porque en «Decidme cómo es un árbol», nuestro autor cuenta que —a causa de un compañero que lo denunció— recibió una de sus dos condenas a muerte; y, aun así, no da su nombre para evitar un daño a la posible familia del traidor.

Curiosa audacia la de Almodóvar, artista de un lenguaje cinematográfico barroco y brillante, cuyos temas habían sido hasta ahora el amor por su madre y por las mujeres, la sexualidad, el maridaje entre el amor y la muerte, y la transmutación del alma. Y si bien algunos hechos de la historia que filmará justifican a primera vista su elección —ya se verá— hay algo central, más novedoso que todo. «Marcos Ana es lo más parecido a un ángel —explicó el director—, no he conocido a nadie tan bueno». A partir de esta experiencia, ¿podremos sumar entre sus razones para elegir un guión el valor infinito de la Bondad?


LA MIRADA AZUL
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.

Marcos Ana

Después de 23 años tras los muros, lo más difícil fue la libertad. Aprender a ser libre. Marcos sabía vivir en la cárcel, donde el cariño hacia (y de) sus camaradas fue su sostén y su motor. Aunque fue torturado hasta casi morir; aunque vio asesinar tantas vidas y también su juventud, tiene grabadas en la piel y en todo su ser las risas de sus amigos y su generosidad. Con ellos compartía el hambre y el pan, los sueños y los homenajes con que —en las sombras de la sombra y con ingenio— honraban a los grandes poetas. La cárcel era una «universidad democrática», un hogar. Marcos fundó las tertulias literarias, a pesar de que la imaginación era salvajemente perseguida. Los guardias debían evitar la fuga física de los prisioneros; y el capellán, la fuga espiritual. Había que impedir la poesía, pues era enemiga del sistema, era un ser más a encarcelar. ¿Encarcelar el sol? ¡Vaya!

En la década de los ’50 y a una celda de castigo infrahumana sus compañeros le acercaron, ellos sabían cómo — ¡oh, qué gracia la imaginación!—, una lapicera y poemas de Neruda y de Rafael Alberti. Los leyó más de mil veces y... ¡empezó a escribir! Pero... ¿cómo guardar su palabra escrita? Y aquí otra vez la creatividad. Sus «colegas» de prisión aprendían de memoria sus versos, y los que recuperaban la libertad eran poemarios parlantes de Marcos Ana, conocido aún como Fernando Macarro Castillo. Tiempo después, recibió un librito impreso con sus poemas... ¡Hombre, qué felicidad! Eran las dos primeras ediciones de «Te llamo desde un muro», publicado entonces en México y en el Perú.

Como un juego interminable de espejos reflejados en sí mismos para multiplicarse, la cámara de Almodóvar mostrará a los espíritus inquietos del mundo, la vida de nuestro personaje y conciudadano suyo... ¡sí! Vaya sucesión de casualidades: el cineasta nació en La Mancha, igual que la obra suprema de la literatura universal: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha»; igual que Don Miguel de Cervantes Saavedra, su autor, quien había abierto los ojos a la vida en Alcalá de Henares, ciudad de la famosa región, donde Marcos vivió desde sus nueve años y padeció su primera prisión... ¿Es que existe el azar?

Virgen hasta los 42, para Fernando Macarro el mundo exterior era una leyenda, una fábula, una ficción. No había muros sino cielo; ¡había tocino! —tocino, aquel sueño suyo de hambreado durante los 9.000 días y noches de su encierro—; había coches, carteles luminosos, tiendas... ¡mujeres! Había una vida «normal» y él la había olvidado después de tantos años tras los muros. Habituado al horror y a la necesidad, las luces lo mareaban, devolvía la comida que había ansiado: se sentía en otra galaxia... hasta que llegó su noche azul.

Ella. Ella creía que él estaba borracho e intentó devolverle el dinero; el que él debía pagarle, como prostituta que era la muchacha. Fernando Macarro no sabía qué hacer, a solas con una mujer y en un hotel; se sentía torpe, extraño, desorientado, hasta que le contó la verdad: los 23 años de cárcel y su inexperiencia sexual. Y ella se dedicó a él con amor: lo llevó a pasear por la Gran Vía de Madrid y fueron a cenar, mientras él hablaba y hablaba, como una semilla que encuentra tierra fértil después de la sequedad.

La mirada azul lloró. Lloró tanto, al tiempo que él le contaba el único mundo que conoció. Lloró por todas las cosas que merecen lágrimas (Jorge Luis Borges). Isabel Peñalba —era ella, sí— lo llevó después al hotel y logró que Fernando hiciera el amor. Quería renacerlo, inaugurarlo. Ya en la mañana, chocolate con churros juntos en la cama, y cuando el poeta amanecido «varón» llegaba de vuelta a su casa encontró en el bolsillo las quinientas pesetas de la paga que ella no cobró. Y un papel, un llamado, una solicitud de amor: «para que vuelvas esta noche».

Él pensó en ella todo el día con deseo y emoción, pero el miedo de ofenderla con la paga —que además era dinero de la joven— se mezclaba con su deseo viril y con el temor de destrozar el recuerdo de aquella noche de pureza y magia. No sabía si ir o no, y otra vez fue una flor la que lo salvó de nuevo, para decidir. Compró docenas de flores tan luminosas como aquella que, nacida en el muro más cruel, había adoptado como a un bebé. Las 500 pesetas —el precio de la paga— se convirtieron en un bouquet de pimpollos con orquídeas y magnolias. Las dejó en la conserjería del hotel, con una tarjeta: «Para Isabel, mi primer amor». Franz Kafka escribió que cuando uno se empeña en subir, los escalones brotan debajo de los pies, anhelantes. Isabel fue el escalón al amor.

Almodóvar se regocija en este recodo de alba y de tal embeleso de ternura que su cámara ansía traducir.

Antes, mucho antes, el faro de Marcos había sido el cariño absoluto hacia sus padres, en quienes pensó para elegir el seudónimo con que lo conocemos. Escogió Marcos, por su papá: ¡ay!, aquella imagen de una gorra solitaria prendida en la rama de un árbol roto, cuando un bombardeo lo asesinó; los ojos desolados del hijo tenían 17 años. Decidió apellidarse Ana, por la mamá. Abnegada bajo su siempre pañuelo negro en la cabeza, ella había ido a verlo a la cárcel, una vez más, pero no la dejaron entrar. Con su calvario interior por haberse enterado de que el hijo estaba condenado a muerte, comenzó a volver sobre sus pasos. Mamá Ana cayó al suelo, los guardias la golpearon y humillaron y ella murió en una zanja, en aquella Navidad de 1943: «...que murió de rodillas, me contaron / crucificada en un leño de llanto, / con mi nombre de hijo entre sus labios / pidiendo a Dios el fin de mis cadenas»

CANDILEJAS
Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre

Marcos Ana

Desde su liberación en 1961, gracias a la presión internacional, pues estaba condenado a sesenta años de rejas, recorrió Europa y gran parte de la América morena. Conoció a Louis Aragon, Pablo Neruda, por fin a Rafael Alberti y María Teresa León, a Salvador Allende, Nicolás Guillén, Picasso, Yves Montand, Michel Piccoli, Prévert, Jean-Paul Sartre, Joan Báez, Miguel Ángel Asturias, Pedro Vianna y tantos más. Convirtió su vida en una defensa de la libertad, en contra de todo autoritarismo. Fundó y dirigió en París, hasta el final del franquismo, el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE), que presidió Picasso. Y cada persona que lo entrevistaba, y aún hoy, le repite una pregunta: ¿Vio en prisión al enorme poeta, alma de cristal, Miguel Hernández? Sí, lo había visto. Al «Fuego azul de la poesía» —como lo llamaba Neruda—, el franquismo lo había asesinado a los 31 años, con una tuberculosis ponzoñosa a la que sus verdugos jamás atendieron.

A los dos años de su libertad, Marcos conoció a Vida Sender, quien fue su mujer por muchos años. Hoy están separados, pero conservan una amistad cada vez más honda y el amor de los dos hacia «Marquitos», con quien vive. Es el hijo de ambos —hoy camarógrafo, fotógrafo y documentalista—, la ofrenda mayor que recibió de la libertad.

Pero hubo otras más. Como el reencuentro con aquella música de acordeones y violines que, de una orquesta lejana, había escuchado en la cárcel de Burgos en la Navidad del ’60. Nunca supo el nombre y, aunque la buscó con obsesión, sin ese dato y sin poderla tararear, no era posible hallarla.

Después, el vértigo de los viajes lo llevó a Copenhague, donde le habían asignado para hospedarse la casa de… Karen. Alta, bella, fascinante, la diosa nórdica no podía entenderse con él más que por señas. Marcos no hablaba una palabra de inglés, y ni pensar en el danés. Desde un sillón, la miraba, cohibido —más aún cada minuto—, sin poder pronunciar una palabra; y ella lo percibió: lo acomodó en el canapé, apagó las luces para crear un ambiente tenue que ayudara al reposo, puso cierta música en el tocadiscos y se dispuso a dejarlo descansar.

Entonces, la sonrisa de la vida. El milagro. La melodía que el poeta estaba escuchando era la de la película «Candilejas», la misma de aquella Navidad; la que tanto había buscado. La música le provocó un sobresalto que hizo a Karen volver, inquieta, y sentarse con él, casi en él. El resto fue el abrazo en silencio, la vibración al unísono, y el lenguaje del amor y la pasión. En los cinco días de su permanencia en Dinamarca y en tantos otros de su vida libre, el encantamiento pobló de estrellas al héroe que llena de estrellas el corazón del hombre.

«Decidme cómo es un árbol», clamaba Marcos Ana en el poema que dio el nombre al último libro. Hoy, ya todos los bosques, todos los pájaros y todos los ríos le contaron su historia. Hoy se reconoce como un «árbol milagroso», porque sigue dignificando la condición humana. Y se abraza a la palabra de su admirado Paul Éluard: «Y serán recompensados los que ríen de horror».

Cristina Castello
Poeta y periodista
Artículo publicado en «Lyrsa editores» -
México, octubre 2008
http://www.cristinacastello.com



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UN MANJAR DE AGUARROSAS

para ciput


Llegó un día muy lejano
olorosa a leño encendido
y a café recién colado

El único lenguaje que conocía
era el de los pájaros y con ese
vocabulario emprendía monólogos
con las matas de ciruelas
y con el pilón de donde manaba
un pan que sabía a panela

En sus ojos traía un mapa
de las estrellas que su padre
le había enseñado a través
de las noches largas en los que
ambos descifraban los misterios
de la cosecha y de las aguas

En sus manos traía como doblada
en un pañuelo diminuto la sonrisa
hacia adentro de la madre
que se derramaba siempre como
una miel sobre los días tumultuosos
y las horas menguadas

Y se vino a anidar en estos campos
sin montes ni granos ni noches ni
luceros sostenida en su estatura
de versos atrapados en el redil
de una nostalgia que jamás ha perdido

Y de pronto un día se le soltaron
los hilos entretejidos de sus manos
y la sonrisa de la madre se convirtió
en un manjar de aguarrosas una alacena
de confiterías un solar de membrillares

Y comenzó a hablar un lenguaje
que desgranaba vocablos como los cascabeles
del maíz desde la mazorca tierna
para hilvanar cuentos como los del padre
desde los cuales cualquier sueño se hace posible

Desde entonces acompaña nuestros pasos
con tesón alfarera y persistencia de horizonte
para regalarnos cada día una mañana
que no se parece a ninguna otra porque
viene aliñada de la magia de sus silencios
y las filigranas de su corazón

En su regazo siempre hay una estampida
de risas de niños que se duermen sobre
sus suspiros y en sus ventoleras siempre
hay un despliegue de inocencias que dibujan
el mundo como si estuviera naciendo
por primera vez aunque nadie lo note
ni lo observe

Tiene el don de la ofrenda que se amasa
como si fuera una vasija para que en ella
quepa toda la sed de la que estamos hechos
a la que ella da de beber aguas de toronjil
y hierbabuena

Ya el planeta se habría caído de su órbita
si no lo sostuviera ese afán suyo de asemejar
la vida a un solar de frutos frescos a una
estancia de jardinerías a un episodio confitero
y en ese vértice volandero anclamos por siempre
nuestras ansias de ser sembradores de alegría
en el anverso de sus plantas bordadas
de peonías y cayenas para no alejarnos
jamás de sus predios de encantamientos
floreceres y porvenires


26 de octubre del 2008



foto / danielita barrolleta
texto / ms
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domingo, octubre 26, 2008

RAÚL SEGNINI - LEVÁNTATE Y MIREMOS




Raúl Segnini es un poeta de aquellos que surgen cada cierto tiempo para dejar testimonio de una palabra única. Pero como suele ocurrir, cuando la palabra trasciende los ruidos metálicos de las griterías sordas, lejos de gravitar en los arpegios del viento, encuentra su hospedaje en el silencio. En ese Otro silencio (Caracas, CPT-UCV, 1996, 98 p.), que se construye el poeta, y en aquel que se levanta para amurallar los destellos que se escancian en su interior.

De allí que sus versos sean casi clandestinos, subrepticios, silentes. Sólo que la terca persistencia de quienes conocimos la materia exacta de que estaba hecho este poeta, y fuimos tocados por el ardiente acantilado de su diáspora, regresamos cada octubre de su encantamiento, a sembrar de nuevo en las especies del corazón, el canto apesadumbrado de una ternura que sin piedad nos nombra y nos designa en ‘la abertura herida de la tierra’.



LEVÁNTATE Y MIREMOS

Levántate y miremos el dragado interno
mostrando la filosofía
de cada elemento vital de subsistencia.

Nada nos ocultará en su origen
el por qué de las varillas doradas
que irradian fibrillas hidrógenos
calcinando hasta el último hoyuelo
grabado alrededor de todo extremo interminable.

Miremos la abertura herida de la tierra:
ella no tiene aún una base que suspenda
los huesos despegados de la tróclea,
ni las cajas vacías en el ápice
de una tumba proletaria.

Nada nos avasallará,
ni el humo esparcido por las venas
para estrechar con paliativos de musgo
las articulaciones recias del tejido
esponjado de la carne.

Levántate y miremos
que no ha mudado las escamas el viento.
Aquí, atisbando
hasta el último ojo ennegrecido
los alvéolos de arcillas derretidas;
contágianse de vértice a vértice
la pobreza regada en el humus
de las columnas geográficas.

No ha pasado del todo el invierno.
No han mudado del todo las hormigas corales
las arterias en los facsímiles
del contiguo pensamiento.
Se han mostradp para sí
los encarpados parajes,
escindidos en los agujeros
de las voces e complementadas peñas.
de falseadas dimensiones.

No ha pasado aún el por qué de los rostros seniles.
No han llegado todavía las arterias del humo.

Levántate y miremos
el dragado interno de los brazos
caminando hacia el limítrofe esquema del país.



27 de octubre del 2007

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sábado, octubre 25, 2008

SERIE SUEÑERÍAS



entonces supe
que tus ojos
consumieron el
poquito de sueño
que me quedaba


Arvo Part
Canto a la memoria de Benjamin Britten


foto / ml
texto / abm / serie sueñerías
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jueves, octubre 23, 2008

FUGA



Y alzaste vuelo por primera vez
en fuga hacia los intersticios
de un suspiro detenido
en cuyo equilibrio milimétrico
colgaste el andén de tus travesuras
hasta alcanzar el descenso ritual
de tu risa en contrafuga de pasos
hacia la nomenclatura sin gravedad
de la alegría




Johann Sebastian Bach
Suite Inglesa Nº 2 / Primer Movimiento / Ivo Pogorelich

foto y texto / ms
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martes, octubre 21, 2008

FLOR DE TENTACION



Aquella flor en tentación
fue el desespero del sueño
enardecido que se clavó
en la punta del horizonte
de un hortelano cualquiera


Gabriel Faure / Aprés un reve
Barbara Hendricks / soprano


texto y foto / agustín blanco muñoz
serie / decires

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