martes, marzo 08, 2016

MEMORIA PARA UN TIEMPO SIN CARTAS



A ella, cuyas pausas entre uno y otro
silencio me entregaron el río de palabras
con las cuales intento inútilmente
socavar la tristeza



Un nuevo marzo llega con sus silencios. Y yo decido otra vez, al filo de una noche de media luna, escribir una carta para la memoria de lo que aún es sólo conjetura y desolada predicción de porvenires.

Después de todo, sólo dispongo de palabras quebradas, hechas de una tristeza que no logra derramarse en filamentos de agua, sino que se queda detenida al borde de algún precipicio, a punto de convertirse en espejo. ¿Lograré con ellas alcanzar el horizonte ardido de sus soledades?

Ante el acantilado de un papel que persiste en su oficio de desarticular las palabras hasta deshacerse de ellas: ¿qué carta habré de escribir ahora, si ya todas las he escrito y enviado?

Desde aquellas cartas primeras escritas en una letra diminuta, agolpadas en estrechas veredas, en aquel futil intento de que cupiera el universo entero entre sus tremores, hasta las que nunca consigné, ¿cuántas cartas han escrito mis desmedidas ganas de ser repartidora de florerías en este mundo oscurecido?

Recuerdo aquel transeúnte que, sentado siempre en el mismo banco, aguardó durante años el día de su despedida, o a aquella mujer que se asomaba todas las mañanas a su balcón a poner al sol una amargura que le surcaba su rostro sin sonrisas. O el panadero que festejaba el aroma de las hogazas calientes que servían sin prisa sus manos generosas,

¿Habrán soltado sus esporas en los sitios en los cuales arribaron? ¿Habrá recogido alguien, en alguna parte, los acordes de que estaban hechas?

¿Habrán logrado, alguna vez, redimir el dolor, saciar la sed, iluminar los días desprovistos de todo resplandor? ¿Dejarían salir sus duendes para adherirse a los sitios donde el llanto borra una sonrisa?

No lo sé. Las he dejado allí, consignadas en un sobre sin escritura, colocadas en algún buzón imaginario, entregadas amorosamente a manos que no las aguardaban, introducidas clandestinamente entre las hojas de un libro para que pasaran las requisas, dobladas nerviosamente para que no se les escapara el amor que contenían al dejarlas a ras de un huerto o una sepultura.

Enviadas a móviles estafetas para que alcanzaran a los compañeros que entre los ríos y las montañas sólo tenían la ilusión de ser piedra pequeña de una nueva historia, y que nunca regresaron.

Escondidas en anaqueles y armarios para que alguien, en alguna hora, las tomara y devolviera al estanque del parque. Las que custodiaban la rosa que nadie supo hacer suya.

Las que nunca obtuvieron respuesta porque fueron etiquetadas antes de leerlas sin advertir que contenían itinerarios comunes.

Las que le escribí a mi padre para que fuera más leve su mirada sobre mis desaciertos. Las innumerables que escribo a los hijos para dibujarles amaneceres resplandecientes a sus días de agobio.

Las que le sigo inventando a la risa de mis chipilines, en el intento de sembrarles en sus manitos la noción de alegría que es capaz de descifrar intacta la pupila que discierne, más allá de los cristales, las claves más hondas del vivir.

Las que redacto silenciosa y obstinadamente en mi maquinaria de hacer inutilidades. Las que coloqué en las ventanitas de un ruiseñor.

Las que inscribí con estambres de fósforo en aquel tejado delirante de guayabas, o en el árbol de uva de playa que miraba hacia el porche de los regazos.


Todas son memorias para hacer barquitos de inocencia que siempre están en las travesías de los sueños y aventuras de los niños. O para trazarle el vuelo a la ilusión del pichoncito que aún no hace monte del viento.

Y las sigo escribiendo, como si de tanto esparcirlas por las oscuras veredas de mi casa y por lejanos continentes, por entre las rejas de los cercados y los rostros sin nombre, alguna de ellas pudiera prenderse del oleaje, de las tormentas, y alcanzar la mano del otro que, como yo, dejó de encontrarle sentido a las palabras que no comunican.

Y las escribo en nombre de quienes llevan la escritura dibujada en las pupilas, en la nervadura de los brazos, en la frágil envoltura de la que están hechos, para que mi tristeza hable por las suyas.

Para que la ausencia de todo, menos el suspiro, colme los alfabetos que aún no hemos creado, redima el canto que aún no resuena, cautive el odio y lo trasmute en abrazo.

Qué ilusoria vanidad pretender todo eso, con una simple y rota carta. Pero no tengo otra cosa que dar, ni amparo que entregar.

Sólo dispongo de estas letras deshilvanadas, que cada día trato inútilmente de ordenar. No tengo otro equipaje.

En mis alforjas apenas cargo tréboles de cuatro hojas, pétalos de crisantemos, la tintura roja de una rosa única, pedacitos de lumbre que se desprendieron de una estrella, espigas que llevan en su envés atrapada la lluvia y una piedra de cuarzo de cuyo interior salen talismanes para todos los rituales.

Los besos se escaparon un día de marzo. Pero queda la memoria de un tiempo de chicharras, del regazo de una abuela que destila confiterías.

Queda una madre que se quedó aposentada en un menguante, atrapada en el filo de una luna tan tenue como su canto. De un padre cuyo sombrero móvil pasa interminablemente sobre el eje de sus manos.

La memoria de un árbol de nísperos del japón que llenó mi infancia con su acidito. De un solar tan pequeñito que no cabían en él los sueños. De los regazos en los que no alcancé a refugiarme.

De las altas colinas que circundan el valle a las que nunca he dejado de ascender para luego hacer el camino a la inversa en diminutos cauces de agua, vuelta limo, musgo o neblina.

Queda la risa de los niños estampada en mis huesos como si de pronto girara el mundo y pudieran convertirse las palabras en las manivelas de un organillero que nunca ha cesado de sonar.

Queda la sal que esparzo de todos los linos, hasta que regrese al mar de donde partió y allí haga nido en el corazón de los cangrejos.

Queda el adagio que después de todo no es sino el preámbulo de un allegro que mis ojos no verán, pero en cuya desenvoltura, cada palabra dejada a la voluptuosidad del viento, reencontrará su cauce enamorado, en un tiempo sin cartas pero de una humanidad oferente aposentada en la casa abierta del planeta.

texto y foto
mery sananes

08 de marzo del 2010

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