jueves, marzo 26, 2015

¿CERRAREMOS ALGÚN DÍA EL LIBRO DEL HORROR?



Este texto lo escribimos en abril del 2003. Partimos de unas notas de Whitman en las cuales da cuenta de lo que significa la guerra. Y en ella seguimos estando. Si quitamos el nombre de Irak y colocamos hoy a Libia o cualquier otro, todo lo demás queda igual o es aún más doloroso. La guerra lejos de extinguirse se esparce  por todo el planeta, como un mal inextinguible. Y como dice Wright Mills, los llamados períodos de paz, no son más que breves intervalos entre guerras. ¿La detendremos alguna vez? 


Estas notas quizá permitan echar una ojeada muy fugaz sobre aquella vida y aquellos horrorosos pormenores que nunca serán transmitidos completamente al futuro. La parte que transcurrió en los hospitales del drama entre 1861 y 1865 merece por cierto quedar escrita. En aquel drama de tantas facetas, con sus repentinas y extrañas sorpresas, sus mentís a todas las profecías, sus momentos desesperados, el pavor a la intervención extranjera, las campañas interminables, las batallas cruentas, los poderosos ejércitos a la vez macizos y bisoños, las levas, las donaciones, los inmensos gastos de dinero, como una lluvia recia y constante, además del infinito duelo universal de los últimos tres años sobre toda la tierra, de mujeres, padres, huérfanos; la médula de esta tragedia concentrada en aquellos hospitales militares (a veces parecía que el interés total del país era un vasto hospital central y que todo lo demás fuese un reborde); todo eso formaba la parte no contada ni escrita de la guerra, infinitamente más grande –como lo es la vida.- que los pocos borrones y distorsiones que se escriban o digan jamás.

Pensad- y es importante que lo hagáis- cuánto ha sido enterrado ya, cívico y militar, en la tumba de la tiniebla eterna.

WALT WHITMAN[1]

Este es un texto escrito por Whitman sobre su experiencia con los enfermos y heridos, durante lo que él denomina el suceso primordial de su tiempo: la guerra de secesión. (1862-1865).

Tal vez lo que más valga la pena resaltar de esas páginas, transcritas de libretas teñidas de sangre y de dolor, es la afirmación de que la dimensión del horror, el tamaño de la degradación que alcanza el hombre, cuando emprende una guerra que lo enfrenta al hermano, sin saber a ciencia cierta por qué, llevado a los frentes de batalla por intereses, hegemonías y poderes, que nada tienen que ver su desvalida e indefensa humanidad, es la convicción de que el dolor es tal que no cabe en la palabra.

¿Qué diría nuestro viejo Walt, de las invasiones de hoy, si tuviera que cuidar a los heridos y desamparados, a los desalojados de sus tierras y a los lanzados desde tan lejos a zaherir y destruir a sus hermanos de otras latitudes?

¿Acaso ese soldado a quien han apertrechado con la última tecnología bélica y aquel hombre cubierto de miserias que resiste, tienen algo que ver con la disputa por el barril de petróleo que aún no se ha extraído o con la lucha de poderes que se desata a sus espaldas?

¿Será que el colectivo-hombre no podrá alguna vez detener la guerra permanente que le han impuesto?

La actual invasión, constituida en práctica aceptada, convirtiendo en prescindibles los hombres que habitan esas tierras  no es el inicio de una nueva guerra, es tan sólo otro episodio de la masacre que rige el planeta.

Es la máxima expresión de la sobreexplotación y la mayor evidencia de la humanidad que aún no hemos alcanzado.

Ojalá la palabra que el poeta no dijo nos despierte el alma  hasta hacernos centinelas de la vida y no simples y pasivos testigos de la muerte.

Ojalá algún día las madres no permitan que les arranquen a sus hijos para llevarlos a la guerra, cualquiera sea la frontera la razón o la justificación que se levante.

Ojalá algún día ninguna mano se levante contra otra y la bala pierda su recorrido de muerte para convertirse en encendedor de lámparas de tierra.

Ojalá y al final de un día luminoso de un amanecer distinto se encuentre el hombre para abrazarse con el hombre desprovisto de detonantes y de minas equipado con semillas y pájaros, estrellas y mariposas.

Ojalá la sangre deje algún día de verterse para que el hombre se dedique a vivir una vida digna de ser vivida para una muerte-transformación de sonidos de cuerda en timbales oceánicos y cascadas de hierbas.

Ojalá cerremos algún día el libro del horror y comencemos a escribir el primer verso de la historia del hombre.

Algún día entenderá la humanidad que lo que tiene que dilucidar es cómo construir una sociedad fraterna y solidaria, sin dueños ni propietarios, armados del almácigo de su pensamiento y la leña encendida de su corazón viajero y peregrino.

Más vale, con el viejo Walt, rescatar del mañana las palabras del futuro la canción que vendrá, anónima y colectiva, como quería León Felipe, que suene tan duro y tan alto que apacigüe para siempre la trayectoria de los misiles y el cauce de la pólvora.

Ojalá y nos quede vida para esparcirla como lluvia sobre los campos devastados y los rostros ennochecidos.

Ojalá y no se nos apague la pequeña lumbre que nos entregaron al nacer para que la propagáramos al corredor de relevo que seguirá nuestros pasos para hacer un camino centelleante de alegrías.

Ojalá y no se nos haga demasiado tarde para ir a edificar las aristas que perdimos en este tiempo de asesinos al que asistimos.

Ojalá y se desaten las furias del amor hasta arrasar con toda extensión del odio.

Ojalá y volvamos al pozo primigenio del que insurge la mirada primera que inventó la risa.

A esas tareas invitamos a sabiendas de que solos no podremos sino en rueda rueda cada vez más gigante y planetaria.

mery sananes
escrito el 03 de abril del 2003
publicado en embusterías
el 11 de marzo del 2011



[1] Días ejemplares. Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 1975, pp. 145-146.

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