miércoles, agosto 31, 2011

CAMINERÍAS





Antes  que el andar
están los caminos que
pueden volverse cautivos
de otros caminos si no
sabemos lo que es vivir


agustín blanco muñoz
serie caminerías
foto / mery sananes
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sábado, agosto 27, 2011

CARTA A PÍO TAMAYO - 1983


Esta carta a Pío Tamayo fue escrita en 1983. Entonces como ahora queríamos romper el cerco de silencio que se ha dispuesto sobre una vida y un pensamiento que están por rescatar en un tiempo cercado de pasado.

Hoy, cuando se pretende quebrantar su voluntad de quedar sembrado en El Tocuyo y trasladarlo al Panteón Nacional, cuando se quiere violentar el silencio al que ha sido sometido, no para aprehender el sentido de su vida, su acción y su pensamiento, sino como una nueva bandera a enarbolar en la triste y vacía historia de los héroes y caudillos, para sumar imágenes al santuario de un tal socialismo, muy distante de la idealidad avanzada que propuso Pío Tamayo, reeditamos esta carta.

Su contenido es un recuento de sus ideales, sus vicisitudes y sobre todo de su decisión de impulsar una historia cuyo centro fuese el pueblo, el colectivo. Ese que lo acompañó, pese a los esbirros gomecistas, cuerda en mano y voz en  viento, a la morada que él eligió, sin otro ornamento ni ritual, que su credo de justicia, belleza y libertad.

Ojalá despierte en sus lectores anhelos de conocer a este joven tocuyano que, armado con su idealidad avanzada, y en medio de una tiranía que no le perdonó ni su actividad política, ni su pensamiento de avanzada, supo sembrar en este continente infinitas semillas de porvenir que aún aguardan para germinar.

Sabemos, a ciencia cierta, que cualquiera sea el resultado de la imposición socialista que, con el visto bueno de las oposiciones, permitió aprobar por unanimidad este traslado, de Pío Tamayo al Panteón Nacional, pese a los deseos de sus familiares y a la protesta emitida por la Cátedra Pío Tamayo, Pío hace mucho dejó el ámbito de las sepulturas, de los amurallados canjilones de los espacios estrechos y las conmemoraciones inútiles, para erguirse como lo que fue y siempre será: una instancia para la vida, un proyecto para la sociedad, un código de deberes de ternura para con los suyos, y de entrega permanente a la labor de redención de la humanidad. 27 de agosto del 2011.


Pío


Es como si el mundo se hubiese convertido en una inmensa sepultura. En un oscuro calabozo. Y los hombres hubiesen olvidado que más allá de los muros amanece cada día renovada la vida. Que más allá de los ruidos, la naturaleza desgrana su concierto de hojas y alas. Que más allá del horror están los sueños. Y más allá de la quietud el corazón aguarda el territorio exacto en el que habrá de desplegar su oficio aventurero y peregrino.

Es como si el tiempo sólo hubiese servido para cambiar de traje a los tiranos, de nombre a los carceleros, de rostro a la opresión. El gallardete de la muerte que se quiso aferrar a tu nostalgia viajera, a tu nave de arcones piratas, a tu melancolía colmada de infinitos, se enseñoreó sobre esta tierra, sin que le hubiesen dado batalla. Ya lo habías intuido desde tu combate solitario y desigual. Y lo habías advertido para que se redoblara la pasión libertaria, la aspiración justiciera.

Pero adivinaste, más que la fortaleza del enemigo, la fragilidad de quienes lo adversaban, y pudiste prever el porvenir inmediato en el cual se acordarían los bandos opuestos y se reconciliarían las ideas en pugna. Por eso, Pío, sé que hoy no sentirías asombro alguno, porque vi muchas veces posarse en tus ojos, como pena de aguacero, la certeza de que los hombres no habían aprendido aún tu canción de guitarra y amapola.

Es como si se hubiese enterrado la esperanza. Y por eso, Pío, hoy he venido a buscarte una vez más, porque necesito las cuatro rosas de tu pecho, la banderola de tu amor, y tu palabra de tallo de maguey, para hacerme viajero de la noche hasta la mañana aurorada en que te encuentre de pie, celebrando la victoria.

Por eso te escribo hoy con la voz oscura de estos tiempos, pero con la dúlcima alegría de haberte conocido, de haberme detenido en tu tristeza, en tu pasión, en tus inmensas ganas de vivir. Y querer prolongarlas, multiplicadas en la vida que otros te inventarán, en la que repartiremos el saco de confetis de tus besos, las canciones que el sol dibujó sobre los ríos claros de tus años y los amaneceres que me construí moldeados desde tu puro corazón.

Pero ¿cuál carta habré de escribirte primero? ¿Cuál he de contestar? ¿La que me escribiste el día de tu partida, cuando recorriste los campos de tu tierra, los azahares de tu huerto, los muros de la vieja casona, el abrazo de la madre, los muebles de tu cuarto, para emprender la aventura de ser un hombre a la medida de tu corazón? ¿O las que me escribías, apoyado en el viejo piano del ‘Júpiter’ mientras soñabas a ritmo de brisa y colibrí? ¿O aquellas en que las letras saltaban al compás de las piedras del camino, mientras conducías camiones relucientes de polvo y metal? ¿O aquellas misivas pequeñitas, escritas a las orillas de los libros que devorabas en la biblioteca de Don Bartolomé?

Recuerdo las que enviaste desde la flor de la caña y la miel de su tallo, donde te colmaste de toda la dulzura que después te fuiste a repartir a manos llenas. ¿Contestaré a aquellos primeros versos en los que amoroso dibujaste versos de azúcar y confituras de amor? ¿O, Pío, a los primeros sonrojos de tu corazón enardecido de justicia, desbordante de libertad? Llevo grabada la dimensión del sueño, la decisión del combate, la convicción honda de que la vida triunfará sobre los tiranos. Y tengo envuelta entre hojas de membrillo y azahares tu mirada limpia, de lluvia y manantial, derramada sobre los tiempos, como una canción que no ha sonado todavía.

Son tantas las cartas. Pío, que es como si hubiesen llegado todas juntas. Como si de pronto una mágica y milagrosa solución hubiese mojado los papeles haciendo aparecer por doquier el trazado nervioso de tus letras. Cartas que me sabía de memoria porque cada noche me las recitaba la brisa. Cartas que algún menguante dejaba en silencio hasta la próxima creciente. Y cartas nuevas, venidas de todos los sitios donde sé que estás, repartiendo besos de caramelo y la rosa de los vientos de tu amor iluminado. Cartas que suenan a espigas que crecen, a zumo de caña que se destila, a vertiente de agua clara.

¿Cuál habré de contestar primero? ¿A las muchas que me escribiste desde cada puerto al que arribaste, cada casa amiga donde fuiste a hacer posada? ¿Desde cada bajel que te llevaba de nuevo, sin rumbo fijo, buscando conjurar los males, dejando la simiente siempre renovada de tu dulzura? ¿O aquellas en que hacías profesión de fe militante, en que entregabas tu pecho, como rosa abierta a los disparos del enemigo? ¿A las del poeta enamorado de todos los amaneceres de la vida?


¿A las del hijo que se detuvo en las embusterías de la madre para inventar viajes nunca antes imaginados? ¿A las del hermano amoroso, las del amigo oferente y solidario?  ¿O, Pío, aquellas desgarradas, terribles en que fuiste diseñando la medida de la muerte que otros quisieron entregarte, sin saber que no podrían destruir jamás la canción que salía inmensa de tu corazón?

Ocurre Pío que también mis cartas han ido al encuentro de las tuyas. Y hasta he tomado prestado cartas y versos y palabras que he recogido para enviártelas prendidas de un anochecer, o adheridas a las grietas de los muros, para colarme hasta tus sitios con el olor de los campos. Cuántas no te he escrito, Pío. Cuántos mensajeros no he tenido para hacerte llegar señales de almíbar y cantos de guerra que sostuvieran tu vigilia, acompañaran tus horas. Cuántas veces, Pío, no me doblé hasta los pliegues de los ojos de la madre para junto con ella llevarte o mi modo de quererte y detenerme sobre las neuralgias que se asentaban en tu frente, esparciendo una canción de cuna para tus aventuras.

Cartas arrugadas y dobladas muchas veces para burlar la vigilancia y las requisas. Papeles mágicos y encantados que la alquimia transmutaba en un hermoso mapa de paisajes. Cartas que el fuego enemigo quiso volver cenizas y que convirtió en antorchas. Cartas de amor sin carceleros. Cartas que no fueron leídas ni escuchadas pero que anduvieron en el correaje del tiempo, tocando a tu puerta y a la mía, asomadas en las risas de los niños, en los ojos de la madre, en la melancolía de la novia, en la convicción del combatiente, a orillas de todos los sueños.

¿Sabes? Estuve entre los manifestantes reprimidos de Panamá y entre los rostros de los hombres de pueblo que recorriste, enastada en el pecho la banderola roja de tu amor. Contigo navegué el Mar de Dairén hice travesía por todos los puertos, con tu inquietud de poema comenzado. Te acompañé a las reuniones clandestinas, en las detenciones y las salidas apresuradas. Hice de aprendiz de tipógrafo y me anduve entre los inmensos rodillos que fabricaban los diarios, adherida a tus crónicas, tus reportajes, tu verso submarino y musical. Y contigo me fui hasta las fronteras, buscando una trocha, un piquete, que condujera al centro mismo de la tiranía.

Estuve en tus botas claveteadas de agricultor e hice mi aprendizaje de la vida en las hazañas de las que fuiste floricultor. Estuve mientras se cuajaba el maduro verdor de las sementeras en sazón, entre cañamelares y maizales, haciendo camino de arado, señal de azada sobre la tierra. Estuve en el agua del arroyo que bebió el campesino con sus manos y entre los versos primeros que manaron del Tonel de Diógenes. Estuve junto a ti cuando escuchaste, venida de la cresta del monte, resonar la melodía de la vida que hizo morada en la cima volcánica de tu corazón. Estuve entre los primeros libros socialistas, en las discusiones en las que tu emoción fue dibujando una historia del hombre distinta. Y estuve en tu convicción revolucionaria, en tu certeza de que la decisión significaba una entrega abierta y sin reveses. Y estuve en la alegría que siempre acompañó tu combate.

Estuve en las mismas alas del avión de Lindbergh. Y si no estuve en el cortejo de la Reina Beatriz I, sí estuve Pío en el silencio emocionado que recogió tu verso de indio tocuyo. Y estaba a tu lado cuando te prendieron y te llevaron y te encerraron. Estaba allí entre los estudiantes, en el castillo, recibiendo tus clases diarias, tus charlas al anochecer, tu lección de idealidad avanzada, haciendo de clavo y soporte para el paño rojo de tu carpa. Y cuando te dejaron solo, me oculté entre las telas desgastadas del viejo catre, para acompañar el ritmo de tu tos. Y estuve en el espasmo de tu respiración. Y me escondí en las ampolletas con las que dabas la batalla a las fiebres y las infecciones. Y ¡ay! Pío me aferré a la repisa aquella que se llevaron los verdugos y entre las cenizas eché a correr la pena de no ser fragua y vendaval. Estuve en el Toque de Animas de Alcides. Y me ovillé entre los grillos queriendo hacerlos más livianos.

Estuve sentada a la mesa de tus afectos los 24 de diciembre y nunca llegué tarde un año nuevo para ser mensajera de tus bienaventuranzas. Estaba, Pío, entre quienes prolongaron tu vida con el afecto que te derramaron. Junto a ti, en el banco del parque, donde salías a enviar recados de rocío. En el barrio Namur, bajo un candil que se agigantaba para no dejar apagar tu rumor. Candil que la muerte quiso secar que sólo pudo convertir en fogata. Y estoy, Pío, entre quienes hoy seguimos prolongando por siempre y para siempre tu claro sentido de la vida, tus sueños hechos a la medida del hombre, tus besos de caramelo y tus versos de cañamor.

Prendida estuve entre las cuerdas de tu garganta para sostener la voz rota en la que resonaban aún melodías maravillosas. En la delgadez de tus manos de sembrador y artesano. En el paso rápido de la madre que convirtió tus quebrantos en suspiros de brisa. Debajo de los almohadones que la ligereza de tu cuerpo apenas doblaba. Y estuve de pie entre tus risas primeras, en el gesto que regalaste a la novia y en el amor que ella te entregó como un estandarte que habrías de llevar a donde fueras. Estuve entre las ventanas abiertas por donde te asomaste al mundo. En el ruido de las multitudes, en tu tristeza y en tu esperanza. Signos clandestinos que sólo el corazón sabe descifrar.

Estuve, Pío, en los rayos del sol que se hicieron arcoiris para siempre en la cuenca de tus ojos. En las guirnaldas de flores que trenzó el amor de los campesinos. En la tierra que se hizo surco, nunca sepultura. En el largo llorar de la madre y en el lago vivo que nunca se hubo de colmar. Estoy en el futuro y en el camino que recorres. En la sonrisa con la que venciste el dolor. En la caricia, Pío, de balada. En los horizontes que no se cuajan jamás. En tus deseos infinitos de vivir. En los pechos socialistas que habrán de abrirse en macetas de rosas.

Y por todo eso vine hoy a escribirte, Pío, he venido a buscarte. Porque si otros tal vez quieren ejercer de sepultureros, yo indico los surcos por donde has de crecer una y otra vez. Los sitios en los que estás, altivo el rostro, oferente tus manos, dúlcima tu mirada. Los campos de batalla en los que están junto a los fusiles que disparan y junto a los que tus manos recogen para que sólo sirvan para construir la vida, que no la muerte. En las cárceles y las mazmorras donde tu presencia es arroyo claro y flor de caña. En los campos llenos de sol en los que eres espiga y colmena. En los espacios abiertos, iluminados de luna, en los que eres el amante para los hijos que habrán de nacer, para edificar la vida inmensa. Yo doy tus señas, Pío, para que otros como yo vayan a tu encuentro. Que necesitamos como nunca tu afán aventurero, tu templanza de indio tocuyo y tu dulzura de confitura de merey, para irrumpir en la oscuridad con los hilos de fósforo de tus días de yunque y fogata.

05 de octubre de 1983

mery sananes


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viernes, agosto 26, 2011

EL CORAZÓN DE LOS LIRIOS



En el vértice
de su nacimiento
los pistilos se asoman
a la noche
agitando su cabellera
de miel
mientras sus alas
se despliegan
en filigranas de cuerdas
enmudecidas
por el canto nocturno
de su corazón
en sístole
de enardecidos
floreceres



mery sananes / floreceres

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jueves, agosto 25, 2011

AMOR BRUJO



Una rosa
es una mina
de risas incendiadas
por la lumbre del amor
de los arcoiris




agustín blanco muñoz
amor brujo / manuel de falla
ofrenda musical

foto / mery sananes








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miércoles, agosto 24, 2011

DECIRES DEL BESO

Gustav Klimt


Entonces supe
del beso corintio
con que me tocabas


agustín blanco muñoz
serie / decires

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lunes, agosto 22, 2011

DEL OLVIDO Y LA MEMORIA




Miro hacia fuera
sé que no estás afuera
porque adentro
laten pájaros
y canta un clavel
la esencia de tu ausencia

El pez danza su amor en el mar. Su rumor lo identifica entre todos los otros que respiran su misma sal. Y entre burbujas construye una memoria sin la cual no existiría música en los vastos océanos del vivir. El olvido se siembra en el pescador que lo atrapa. Y el amor brota de nuevo en la especie que no se extingue. El olvido es el envés del rumor, o el silencio de las turbulencias. Y sobre esas soledades se reconstruye una y otra vez una memoria que no se detiene y que escribe sus rumores en el lenguaje del agua que es infinito.

Así el olvido y la memoria no es más que un mismo talismán que se prende de nuestros días para bordar el tejido de una travesía que no cesa. Entre ambos construyen una estructura hecha de hierbas y oleajes marinos, de jacintos y astromelias, de pájaros que juegan a robarle su andar a las mariposas. En medio, rostros, gestos, caminares se entrecruzan dejando sus señales en los andenes del vivir.

De uno y otro estamos hechos como en la filigrana del trigo o los pliegues amorosos del maíz. Entre ambos el ámbito del suspiro es como una línea en espiral que va y viene de uno al otro nutriendo el amor y el desamor.

Olvida, no se puede escribir
al borde del abismo si uno no se ha lanzado aún
y no conoce, a fondo, el vértigo que pende
en el vacío o el vacío de caer
desde tus brazos hacia el olvido.

¿Y qué puede ser el olvido sino el rubor que se acantila al anverso de las mejillas? ¿Y qué puede ser la memoria sino ese rojo atardecer que desde las manos se esparce sobre todo lo que toca? La memoria tiene un sabor a duraznos. Y el olvido es un durazno sin morder que se arremolina sobre los ojos, aguardando.

La memoria y el olvido son como un concierto para dos instrumentos que se conjugan en una sola armonía, aunque jueguen a ir por compases distintos, para luego encontrarse y desencontrarse desde un andante, que se quiebra en un adagio hasta alcanzar un allegro, que se adhiere como una piel a las horas, como el testimonio de que hemos vivido.

Entre ambos somos este girar entre nebulosas y honduras que se mecen en los precipicios que aún no hemos recorrido. Somos ese asombro a orillas de un pozo que aún aguarda llenarse de agua y un horizonte extendido como una saeta en melancólica dirección al amanecer. Entre ambos, somos un diminuto intervalo en incesante procura de floreceres.

Introducción a la nota sobre Rumor de Pez del poeta 
René Rodríguez Soriano
publicada en Media Isla y en Embusterías en los siguientes enlaces.
Los dos epígrafes pertenecen a ese libro
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domingo, agosto 21, 2011

DECIRES DE SOMBRAS



Hoy amanecí
con la sombra
embriagándome
dentro de tí


agustín blanco muñoz
serie decires
fotos / mery sananes
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sábado, agosto 20, 2011

ADAGIO INCONCLUSO



En el temblor de tu sombrero
reverberan los luceros que
un mediodía fugaste hacia el
escampado de mis ojos
para que yo no olvidara
aquel escudo en los que
fundaste tu linaje sobre
estos tiempos sin balanza
ni contrapeso

Y con ellos padre he dibujado
la estatura del fuego en la
levedad de los espejos
que le devuelven a la
tempestad la finitud de su
estampida

En el ojal de tu pecho
un rumor de sales deja
sus huellas en la simplicidad
de los días en los que solo
la hierba atestiguaba la risa

En el envés del pañuelo que
doblabas como un ritual para
luego deshacerlo como el
cometa de una flor en la
trastienda de un país jardinero
trajiste como un talismán
aquel trebol de cuatro hojas
que un día recogiste para mí
en los confines de la ausencia

Me dejaste aquellas palabras
construidas con los signos de
un abecedario milenario que
cuando tú las pronunciabas
los deseos se escanciaban
sobre el cristal de un abrazo

Y ese ha sido mi equipaje
en este tránsito sin tu sombrero
con el que he recorrido los enigmas
de la uva y los candelabros
y de aquel reloj de eterno
movimiento que en el aire
hace girar las horas sin vivir

Cuántas veces me he detenido
en aquel menguante de luna
que dejaste en mis orillas
para descifrar los designios
sin compás de calendarios
ajenos y el hilo de una ternura
incrustada en el lino de las
mortajas que se despliegan en el
viento como bajeles sin proa

Y entre mis manos padre
cada agosto vuelvo a verte
descalzo sobre el lomo de tu
rocín vadeando nostalgias
mientras  envuelves en papel
estraza tus suspiros aventureros
venidos de un abuelo que encontró
mar adentro el destino de
una espada con la que jamás
rasgó ni siquiera el cintillo
de la niebla

Y así padre voy soltando las
señales que inscribí en los
septiembres de tus sístoles
y en la frondosidad de los pinos
que aroman tus sierras para
que nunca dejes de acompañar
los soliloquios que emergen
desde las cuerdas de un cello
rasgando sobre la piel
la melancolía de un adagio 
inconcluso

21 de agosto del 2011


texto y fotos / mery sananes 
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jueves, agosto 18, 2011

MELANCOLÍA

MELANCOLÍA

Leer en un gajito
naranja del cielo
la carta de amor
que no recibiste



texto / mery sananes
foto / anala 2011
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miércoles, agosto 17, 2011

CUENTERÍAS III



Gustav Klimt


Cuando le preguntaban a Sebastián
por su decisión de morir, respondía
que no tenía tiempo para eso. Pero
un día amaneció sin saber qué hacer



agustín blanco muñoz
serie cuenterías


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martes, agosto 16, 2011

DE LAS PALABRAS - JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


YO NO SOY YO 

Soy este
que va a mi lado sin yo verlo; 
que, a veces, voy a ver, 
y que, a veces, olvido. 
El que calla, sereno, cuando hablo, 
el que perdona, dulce, cuando odio, 
el que pasea por donde no estoy, 
el que quedará en pié cuando yo muera. 

De Eternidades


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lunes, agosto 15, 2011

EL TIEMPO ETERNO DE LOS GRILLOS



a jaced


En agosto
¿en qué dirección
giran los peces?


¿Van o vienen
de sembrarle jazmines
al mar?



¿Qué susurros escriben
con su abecedario
de burbujas?



¿Hacia dónde van
a dirimir
los designios del sol?



¿En qué atarraya
de algas y corales
se enredan
sus alas de pájaro?



Sé que perdura en el aire
un frenesí de olas
un aroma de sal que
lame las piedras
un espejo invertido
en el corazón de los
cangrejos



Y aún así el hombre
no recorre
la distancia oceánica
de sus tristezas
ni asciende por la curvatura
del horizonte
hasta la incandescencia
sutil de los bajeles



Remonta sus naufragios
en el suspiro
de un pez espada
y acampa en el desierto
de sus ojos
como un hortelano
de sequías



Por ello en este agosto
a tí
marinero sin isla ni vela
pasajero ensimismado
en el canto sonoro de los
charcos
atrapado sin querer
en la fiereza de los muros
y la estampida de las
perseidas
he venido a traerte
el tiempo eterno de
los grillos
el humus que nace
de los columpios de
la risa
y la alegría brevísima
del niño que atrapa
en sus pupilas
el arrullo de los palomares
y las fogatas que enciende
la luna sobre la copa
de sus asombros



16 de agosto del 2011


texto y fotos / mery sananes

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domingo, agosto 14, 2011

MATEO MANAURE ENCANDILÓ LOS CIELOS DE CARABALLEDA


Foto tomada por Agustín Blanco Munoz
en Caraballeda el domingo 07 de agosto del 2011

El sol se ha empeñado en dibujarle paletas de colores al cielo. En estos días, tan oscuros de nuestro expaís, ofrece una sinfonía de tonalidades, un derroche de pasteles, un lienzo cambiante.

En sus horas recoge los sepias de Armando Reverón, los naranjas de Mateo Manaure, los violetas de Claude Monet, los azules de Joan Miró, y toda la gama de colores que anidan en las pupilas de los niños que sueñan.

Hace unos días nos sorprendió un amarillo tostado, como si Armando Reverón, desde sus talleres cósmicos, hubiese decidido armar un lienzo con la totalidad del cielo y desde allí perfilar sus lineas cromáticas.

Esta vez fueron los Suelos de mi Tierra de Mateo Manaure quienes hicieron aparición como una ofrenda gigantesca a estos tiempos de destrozos y tristezas. Como si de esa amalgama de sentimientos, pudieran brotar las semillas que requerimos para repoblar los suelos de este expaís con florerías.

Mateo Manaure / Serie Suelos de mi tierra

Y esto nos hace pensar que hay que mirar al cielo para leer en él los escritos inmemoriales que dan testimonio de nuestra estructura celeste, de la dimension de la ternura que albergamos, de la noción de raiz que abriga el planeta en su totalidad, de esa genética olvidada, preterida, que nos hace a todos hermanos. 


Y que hay que observar los suelos de esta tierra y de todos los territorios donde habita la esperanza de un hombre atormentado, fraccionado y subvertido en su capacidad de ser.  Allí en esa lectura profundamente amorosa que le da Mateo Manaure, que le pemitió derramar toda la gama de color en ese sueño de ver la tierra florecer en sus majestuosos primores.

Nada es casual ni por azar en el breve ciclo de la vida en el que nos toca estar presentes. Y estos cielos son escritura esencial para comprender quienes somos.

Ese gigantesco espejo que cada día nos deletrea la vida, hay que mirarlo, masticarlo con pasión, engullirlo con avidez, para que nos revele el entendimiento capaz de aprenhender lo sencillo por encima de la complejidad de todo lo intrascendente. La vida más allá de tanta muerte que se ha enseñoreado sobre estas tierras. La tarea de ser y hacer lo que somos sobre esta pesadilla en la que nos han convertido la existencia, en esta poca cosa en la que hemos devenido, plegados como estamos a cualquier vanidad, horror o desparpajo.

Que no sean los blancos y negros del Guernica de Picasso los que remonten nuestros cielos. Invoquemos ahora los girasoles de Van Gogh, los verdes de El Ávila de Manuél Cabré, los rostros de niños y los cellos de Rafael Franceschi, las líneas geométricas de Carlos Cruz Diez, las paletas de Joan Miró, y todos los que quieran añadir a una lista innumerables de creadores de sueños, y tal vez comencemos a irrigarnos de esas semillas, y comenzar a fundar un tiempo distinto.
mery sananes



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sábado, agosto 13, 2011

CUENTERÍAS II



La semilla confiaba en tener
maticas como ella, sin darse cuenta
 que todo nacer tendría como siembra
 los crepúsculos que nunca más
volvieron


abm / serie cuenterías
foto / mery sananes
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jueves, agosto 11, 2011

DISPARERÍAS 13





El hombre sin disparos
al fin será hombre


agustín blanco muñoz
serie / disparerías
foto / anala
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miércoles, agosto 10, 2011

ATRILERÍAS IV



Es hora de reinventarle
canales violetas al sueño
porque alguien otra vez negociará
la estampida de los suspiros



mery sananes / floreceres


Dimitri Shostakovich
http://www.epdlp.com/asf/shostakovich4.wmv
Sinfonia No. 13 / Babi Yar / 1er movimiento
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martes, agosto 09, 2011

DESPEDICIONES XV - ISADORA DUNCAN




Isadora duncan no
se despidió de sus
hijos porque siempre
los llevó clavados
en su danza de
eterna alumbrería




agustín blanco muñoz
serie / despediciones
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lunes, agosto 08, 2011

EL VUELO AGOSTO DE UN PAÑUELO




En un agosto como éste
lejos de tus enseres
de la silleta donde jugabas a contar
los almendrones y las uvas de playa
  en la acera de aquel solar aromado
de azahares y pan de avena
en un instante inatrapable
de un tiempo sin medida
de improviso y sin que se meciera
uno solo de los estambres violeta
de la espiga de la caña
desde el alero de tu delantal
y el movimiento de adagio que
surcó tus ojos alzó vuelo aquel
pañuelo mágico que giraba entre
tus dedos como un molino de sueños
mientras guarecías en él los dolores y
las penas de los transeúntes que se
asomaban a tus costados con un
desvelo adosado a  su pecho




Era un pañuelo hecho de besos
y de pétalos que se confundían
en tus manos con las semillas de
granada y la corteza de las guayabas
con las que hacías las confituras
          que obsequiabas a todo el que
se acercara a tus predios encantados

A veces guardabas entre sus pliegues
racimos de hojas que desde el
patio inundaban la casa con sus
esencias de gajitos de naranja

Con él recogías el llantén y la hierba mora
para preparar guarapos que curaban
todo mal y sorteabas la maleza en busca del
cilantro de monte con el que iluminabas
tus manjares con ese sabor a mordedura
de hierba y a río de verde menta




Cuando te lo pasabas por el rostro
tus ojos encandilaban de tanta transparencia
y en aquel gris de honduras que prevalecía en
tus cristales se podía llegar hasta los recodos
de un corazón estremecido de amores que
repartiste como si aquella diminuta
tela blanca doblada sobre sí misma
pudiese al abrir sus compuertas
convertirse en un inmenso alpistero

Era el mismo pañuelo que secaba
la sal de las faenas en las que te volcabas
sobre el fogón para que tus manos 
trazaran la geometría del maíz 
endulzaran el guarapo aliñaran  con
los vergeles de tu alma los milagros
de tus empanadas en las que todo guiso
cuajaba y todo anhelo de amor se saciaba

Era la tela que te resguardaba mientras
extenuabas las paletas de madera en
el mango verde hasta que el hervor
lo moldeara como un camino de
huertos corriendo alegre
al interior de  los recipientes



El pañuelo en el que guardabas los secretos
más dúlcimos de la vida en el triángulo
indescriptible de tu sonrisa
y en la tristeza que siempre se vislumbraba
en el fondo de tu andar como si aún llevaras
entre tus brazos a ramón

En el que cupo todo el mar que pintan
 de azul los cielos cuando te llegó
la noticia de aquel andamio que no supo
de alturas y se precipitó sobre tu ojos
como un campanario quebrado





El pañuelo que convertiste en una cesta de
mamones y jobos para ir a endulzar las heridas
del hijo en aquella ventana convertida en
campo sonoro de una sinfonía que nunca ha
cesado de irrumpir en el silencio con su
continuo de cuerdas y sus arpegios de viento

El pañuelo con el que cubriste a toda prisa
el dedito atrapado entre metales que dejó en
la acera su pedacito de canto

El que usabas hecho caricia cada sábado
para acurrucar entre sus pliegues los
encantamientos de una niña que en tu regazo
conoció la ternura y la urdimbre
del amor que como un delta se derramaba sin
estruendos para que los peces conocieran el
sabor a papelón de los ríos de tu pueblo

El que dejaste a orillas de aquel golpe que
cavó un pozo en el nido de los tejeritos
como si se hubiesen robado los mediodías
secuestrado el cordel de la luna atrapados
en un redil los cocuyos que alumbraban
tus noches de velar el camino hacia la
molienda azafate vacío para plenarlo de
panes con el tesoro de tus dedos


El que depositaste a orillas de nuestro
desespero para que con él continuáramos
tu trabajo jardinero tus labores de maga

Y cómo nos hemos aferrado a ese pañuelo
en cada hora de los desencantos
las ausencias las ramas quebradas
de árboles que aún no han nacido

En él escribimos cada jornada en la que
hemos batallado por reconstruir los hilos
de una alegría que reside en el palomar
de tu vestido del cual siguen saliendo
sin cesar trinos de paraulatas cantos de
turpial y las cuenterías de tu risa
navegando en la catedral de luz de las
flores de baile encendidas en tu nombre
por siempre y para siempre
en los agostos de tus abrazos







mery sananes
08 de agosto del 2011

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