viernes, julio 15, 2016

EN LA PUNTA DE UN DEDAL

 


Hoy he venido a escribir una carta. No un poema, ni un escrito, ni una reflexión sobre materias trascendentes. Ni un verso que deslumbre.

Sólo una carta sencilla, que no cuide la concordancia ni hurgue en el país de los sinónimos.

Una carta manuscrita, con sus tachaduras y con una letra en espiral que aproveche las mayúsculas para dibujar un beso en su trazado.

Una carta colmada de aromerías que enamore al transeúnte que la encuentre por azar en las estanterías de la noche.

Una carta como un soplo de brisa que pudiera escurrirse por debajo de las puertas hasta alcanzar el horizonte de unos rizos o el remanso de unos párpados a los que se le han sembrado veleritos de alegría.

Una carta de esas que ya no se escriben, porque se ha secado la tinta que dibujaba filigranas de azul sobre un tapiz de nubes.  O porque se han quedado solos los buzones que alguna vez fueron recintos de melancolía y parajes secretos de una palabra-suspiro.




Una carta que hable del día y del sabor del vino que se escancia en los viñedos de la memoria, del jade de las colinas que se cuela por entre las rejas, o del rumor de agua que se quedó detenido en el giro de las ramas que se mecen.

Esas cartas que se escriben sobre las puntas de un dedal y que luego se vuelcan sobre un papel impregnado de hierbas y que llevan siempre en su sobre algún talismán invisible a los ojos.    

Una carta color violeta que lleve en su interior algo de la noche y mucho del sol. Que llegue derramando florerías, como si en vez de una carta fuera un vergel.

Una carta marinera, como si fuese una caracola, que tuviera en su interior las honduras del agua, en cascada de acordes.

Una carta escrita en el lenguaje de los pájaros como quien pone en palabras el asombro que se anida en las pupilas de un niño.

Una carta que no diga nada,  que se asemeje a los papelitos que solemos dejar bajo las almohadas de los hijos, para que no olviden que existen los encantamientos.

Una carta escrita sobre el ala de una mariposa, en vuelo de infinito hacia el territorio de los siempre.

Una carta que diga, por ejemplo, hoy el sol amaneció empapado con la lluvia de la noche. Y las hojitas de los árboles brillan engolosinadas mientras aguardan el paso de los espejos.

O que diga: qué maravilloso azar, que coincidencia tan extraordinaria que en un julio se produzca una conjunción de limonares y guayabos, de geranios y azahares, de aguas vertidas sobre los lechos de las semillas y ríos que escancian la sed de la risa.



Que diga: ellas están hechas del mismo cordaje de amor. Una riega sus flores, otra macera sus confituras. Una escancia la leche, otra enjuga las lágrimas sobre un mismo recinto de epopeyas silenciosas.

Una deja su estela de flor, otra esparce sus bienaventuranzas como si pudiera abrirle surcos al cielo. Ambas están hechas de azúcares vertidos de una caña color de atardeceres.

Una carta que no está escrita para espantar dinosaurios sino para convocar la alegría de ese lejos que se convierte en cercano, porque todo aquello que se deposita sobre esta tierra,  con la dulzura de una simiente, se convierte, se extiende, se continúa para siempre, por más sequías y devastaciones que se acometan.

Una carta que certifique esa estancia de donde venimos, ese milagro de convertir el grano en pan, aún sin el surco, de endulzar el guarapo, de hacer de los duros trajines una memoria de la alegría que se construye silenciosa y persistentemente sobre los días, para que no se apaguen nunca los candiles de los sueños que se tejen en el corazón de las flores de baile y en los pétalos de los geranios, de las extrañas y de las azucenas que aún no han nacido.

Una carta que diga por ejemplo: algún día este será el lenguaje que los hombres hablen entre sí y éste será el cantar que perdure como la señal de lo que somos: hijos de hortelanos, enamorados peregrinos de la vida que se vive, trasegadores de lo amargo en dulce, esforzados mineros de mar en labores de coral.



Una carta que establezca que, más allá de todo testimonio de la tristeza y los tormentos que nos ha tocado sumar, del expediente al desamor que ha levantado una humanidad empeñada en la muerte, sobrevivirá en nuestra geografía celular, en la exacta estructura de las moléculas, en el incesante aleteo del corazón desasistido,  la fragancia de la flor,  como férrea armadura, frugal equipaje, instrumento de labranza con la cual construir la historia de lo que en verdad somos.

Una carta que conserve en sus pliegues la ternura que nos viene de esa escuela de milagros, como el equipaje que nos permite sobrevivir estos tiempos sombríos, que no parecen cesar de tanta muerte como contienen.

Una carta hecha con sonidos de laúd y travesuras de píccolo.

Una carta que retome siempre el hilo del melado en el que se cuaja la confitura, o el corcel de los tiempos niños en los que cabalga la ilusión.



Una carta para guardarla en el vuelo de las tórtolas, el canto del petigre,  en las enredaderas de jazmines, y que se pueda deshojar cuando haga falta  una brisa fresca llena de fragancias.

Una carta que no concluye porque alguien la seguirá escribiendo en los cuentos que le inventen a los nietos.

Una carta que recoja las claves mágicas de todo lo que vive, más allá de las ausencias.

Una carta que dejo en las sístoles del día, en las comisuras salobres de los peces, en el ángulo de las caricias que aguardan quedamente la sagrada resurrección del abrazo.

Una carta niña de esas que se entregan escondidas en un cesto lleno de gajitos de mandarina y fresas maduras. Una carta, en fin, con sabor a duraznos.

mery sananes
en este otro julio
16 de julio del 2012

fotos / ms




2 comentarios:

El Toro de Barro dijo...

La escritora que llevas dentro parece una muchacha en flor a la que a punta están de nacerle los barrillos. A veces, tu escritura es como una lluvia de pétalos blancos, como la que en otro tiempo -hace ya más de treinta años- yo mismo me encargaba de extender sobre una mujer morena, al abrigo de una hoya rodeada de cerezos. Diga lo que diga, tu palabra conforta, como si fuera un hecho independiente a todo cuanto cuentas. Eres un lujo inesperado para el oído, tanto como para el corazón

Contracorriente dijo...

Y picotea y picotea, en su dócil laborar que cincela el leño en que nos hemos convertido los hombres.

Una carta que no diga nada, reclama de pronto la carta, pues aspira a volar sin letras humanas que secuestren alas.

Y es una carta que no es carta, es pleamar de luces tocando el palomar en cada uno de los habitáculos de nuestros acallados corazones.

Una carta que no es carta porque lo entrega todo, porque está escrita con el lenguaje de las flores...
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Gracias Carlos, curtido cazador de joyas, por haber puesto esta prenda en nuestra mesa... Un abrazo entranhable para ustedes !
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