sábado, octubre 01, 2016

EL IMÁN DE MI ALMA O CÓMO APRENDER LOS ÓRGANOS DE LOS SENTIDOS



Capilla de Camoruco
Valencia, Estado Carabobo
Venezuela

Hoy Zaira Andrade, la Maga, nos sorprende con uno de sus nuevos textos. Escrito a los 85 años, su memoria de 96 años lo recupera para trazar las enseñanzas a través de las cuales su hermana Esther le mostró a una muy temprana edad cómo distinguir los cinco sentidos y mucho más.

Un relato amoroso que se constituye en hermoso instructivo para enseñarle a un niño, de cualquier tiempo a distinguir, apreciar y reconocer los cinco sentidos, que en su esencia recogen toda la energía de que es capaz el cuerpo y el alma humanos.

Siempre y cuando no olvidemos que el verdadero aprendizaje es un ejercicio que cuando se realiza al aire libre, deja huellas que se quedan sembradas en el niño para siempre. 

EL IMÁN DE MI ALMA
O CÓMO APRENDER LOS ÓRGANOS
DE LOS SENTIDOS
Zaira Andrade

A mi hermana Esther

Hoy recordé cómo aprendí los órganos de los sentidos.

Estaba en Valencia. ¿De qué edad? No recuerdo, pero todavía caminaba agarrada de la mano de mi hermana Esther.

Alguien, hablando con ella afirmó: "Es que no sabes usar el sentido de la vista".

Cuando quedamos solas le pregunté: ¿qué fue eso que te dijo de la vista?

Ella, que al principio no recordaba, me dijo riendo: -Te voy a enseñar los órganos de los sentidos.

Esas enseñanzas quedaron grabadas en mí de una manera tan indeleble que hoy, de ochenta y cinco años (2005), las recuerdo, envueltas en las sensaciones que descubrí cuando las recibí.

Mi hermana y yo nos amábamos, diría mejor que nos amamos, porque estoy tan "fabricada" con sus enseñanzas, que no sé dónde comienza  ella o dónde termino yo.



Un día, cualquier día para el aprendizaje, señalándome una matica de Adormidera me dijo: - Pásale la mano por arriba y le dices: "Duérmete que te lleva el diablo".

Después de esa lección participé siempre de ese disfrute: Tocándola suavemente, le decía a la planta: "Duérmete que te lleva el Diablo" y ella cerraba sus hojas inmediatamente. 

Mi fantasía viajaba hacia los poderes del demonio que a través de mí podía actuar sobre las plantas y hacerlas  dormir.



Días después, igualmente en el jardín, me enseñó el nombre de otra planta: Incienso, me dijo. -Recuerdas que en la Capilla los monaguillos mueven unas  cadenas que tienen al final unas copitas plateadas que botan humo? ¿Quieres oler ese humo?

Cierra los ojos,-me dijo- y sosteniendo mi mano abierta me hizo pasar la palma por la superficie de las hojitas.

De inmediato mi nariz percibió el mismo aroma de la capillita de Camoruco. La matica, al acariciarla, despedía olor a incienso.

Esta vez pensé que también desde el patio de la casa yo podía hacer las veces de monaguillo y enviar incienso a Dios.



En otra de sus enseñanzas le pidió al señor Luis, el de la Bodega de la Esquina, el que siempre tenía todo lo que uno necesitara: un imán y limaduras de hierro. Al llegar a la casa, puso las limaduras sobre un papel, me dio el imán diciéndome: -Acércalo a las limaduras.

!Que sensación inolvidable! Al acercar el imán había un momento en el que las limaduras corrían hacia él. Nunca pude descubrir el instante en el que aún no se acercaban para, de inmediato, hacerlo.

Muchas veces después, mientras ella cosía... buscaba con el imán, las agujas y los alfileres de cabecita caídos por el suelo...Todavía disfruto de la magia de los imanes. Tengo varios. Con uno de ellos sostenía, sobre una lámpara de metal, en mi cuarto, algunos recibos por pagar.



Un día, íbamos por la Plaza Bolívar de Valencia.  Entramos donde Vilariño y compró Azucar Cande. Era un azucar cristalizado, los cristalitos se mantenían unidos por un cordoncito, una especie de pabilo.

-Métete uno en la boca -me dijo-¿Qué forma tiene?

-Es cuadrado-le dije

-¿Lo estás tocando?

-No. Le estoy pasando la lengua.

-!Ah! Con la lengua también puedes tocar ¿Y qué más?

-Es dulce. Es sabroso, Se parece al azúcar pero más sabrosa.

!Qué maravilla saber reconocer con los ojos cerrados, sólo con la boca, si era un pirulí o una "bola americana" además del sabor a menta, a limón...!

Después, con mis amigos, incorporamos eso a los juegos "Cierra los ojos". "Toca lo que tengo aquí". "Adivina lo que es". "Abre la boca" "!Dime que forma tiene...a qué sabe...qué es!" "Cierra los ojos:.." "Abotónate, desabotónate!".

Así creció mi mundo porque le incorporé la magia del descubrimiento.

El otro sentido sí lo encontré yo solita.

Por primera vez me encontraba  de visita donde una amiguita y vi que su hermano y su mamá no hablaban con la boca, se entendían haciendo arabescos con las manos: ella los hacía, él los veía y luego le respondía con otros movimientos…

-Qué le pasa a tu hermano? -pregunté. Cuando le hablé tuve que tocarlo para que me oyera y cuando se volteó no entendió lo que le dije.

-Mi hermano es sordo -me dijo- Con él hablamos por señas.

Eso me preocupó mucho. De regreso le conté a mi hermana y ella comenzó a explicármelo tapándome los oídos.

A ratos separaba las manos, yo oía pedazos y cuando me los tapaba dejaba de oír, por eso no comprendí la explicación.

-Es el sentido del Oído -dijo mi hermana- Tú debes agradecer a Dios porque tienes  tus cinco sentidos perfectos: Vista, Oído, Olfato, Gusto, Tacto. Hay seres, como el hermanito de tu amiga, que carecen de algún sentido y tienen que desarrollar más los otros para reemplazar el sentido perdido.

¡Cuántos años han pasado desde que aprendí los Sentidos! ¡Cuánto los he usado! Después, al transcurrir el tiempo, agregué el lenguaje: sentido de Fonación.

También después conocí ese mecanismo especial que hace que uno prepare el cuerpo para bajar un escalón y si no lo encuentra trastabilla y se cae, como si por dentro del organismo hubiera otros sentidos que se mantienen vigilantes para que esa cosa maravillosa que es el cuerpo humano esté protegido, se conserve íntegro, funcione perfectamente.

En este rememorar del pasado envío un hermoso pensamiento a mi hermana amada, la de los cantos místicos en la Capilla de Camoruco. 

Aquí estoy desempolvando recuerdos y regalándole el imán de mi alma que recogió sus trocitos de hierro, su azúcar, sus canciones, su risa, su humor, las parrandas valencianas, el corear del vendedor de mangos, el ruido del tranvía por el centro de la calle. Sus canciones que aún recuerdo, las que me enseñaba con tanta paciencia, con tanto amor y recuerdo este olor de cosas viejas y amadas que me acompaña como una caricia... cumpliendo 85 años.

Zaira Andrade
2005

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