martes, mayo 31, 2016

WHITMAN POETA DE LOS TIEMPOS QUE VENDRÁN

WHITMAN, POETA DE LOS TIEMPOS QUE VENDRÁN 
31 DE MAYO DE 1819 / 26 DE ABRIL DE 1892

Whitman sabía que su poesía, sus Hojas, sus signos de advertencia, eran para el futuro, para el porvenir. Que eran su contribución a los tiempos que vendrán y que era el llamado a los hombres para que se incorporaran también a la construcción del nuevo orden. Sabía que de ese nuevo orden surgirían las canciones más vigorosas y entregó sus Hojas en nombre de ellas.

Sabía que prefiguraba un orden para ser instaurado y lo celebró de antemano, porque celebró al hombre que debía levantarlo, y porque celebró el orden interno de cada uno. Y Whitman sabía que aún cuando no fuera para él la alegría de entrar de último en la ciudad conquistada, perduraba la visión profética, la alegría de ser mecido en el bravo torbellino de su tiempo, con la orgullosa conciencia de que fuere cual fueren las nubes, las seducciones o las claudicaciones del corazón fatigado, no había desertado jamás, no había desesperado, jamás había abandonado la fe. (Perspectivas Democráticas, p 77)

Esa conciencia de la batalla que se da en nombre de una alegría que es sólo visión profética de una victoria que no se vivirá; esa entrega total a nombre de los tiempos que vendrán, y el no haber desertado jamás en los tiempos de tinieblas, en los tiempos difíciles en que le tocó vivir, el no haber perdido jamás la fe y haberse aferrado a su canción, que es la canción del hombre a través del tiempo, esa conciencia le otorga al hombre el sitio más alto que puede ocupar.

Es la plenitud que se alcanza no en la realización de nuestra propia plenitud sino en la conciencia de estar salvaguardando la plenitud de los otros.

Es la alegría de los tiempos difíciles, más alta que cualquier otra forma de alegría porque contiene su propia tristeza y sin embargo no claudica no desespera jamás. Es la plenitud de los tiempos de insurrección, más extraordinarios que cualquier otra forma de plenitud, porque es una entrega que se hace a cambio del porvenir para entregárselo puro y limpio a los hombres que vendrán.

Y en ese instante en el cual el hombre es capaz de colocarse en la entrega de sí mismo, la ofrenda más alta, en ese momento es ya el hombre que vendrá. Y es ya el anuncio y la presencia de la plenitud y la libertad, la alegría y el amor del porvenir. Es la plenitud y la libertad del hombre que elige ser combatiente para vencer hasta la muerte porque él se prolonga como la hierba, en los otros hombres, hasta los hombres de los tiempos que vendrán.

Ese es el signo del poeta y esa es su canción. Es hierba y colina, sonido de mar, fruta fresca, la sal de la tierra y es el signo de advertencia, canto de insurrección para fomentar toda rebeldía.

Walt Whitman cumplió su misión. Nos entregó las señales para subvertir y nos anunció el nuevo orden. Es tiempo de transformar el mundo para hacer ese porvenir posible. ¿Cumpliremos nosotros?

mery sananes
Whitman, poeta de los tiempos que vendrán.Caracas, desorden, 1973.

31 mayo 2007


Walt Whitman / Su voz
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viernes, mayo 27, 2016

LA RISA DE ANA DOLORES


Esta ventana la abrimos el 27 de mayo del 2014, para festejar la Risa de Ana Dolores. Dos años después sabemos que quien, como ella, anda por la vida derrochando amores y sembrando florerías, no se ausenta jamás. 

Sólo toma vuelo para acompañar a sus pájaros en ese hacer nidos en el bosque del vivir. Y allí la encontramos cada vez que giramos los ojos al mirar esencial. 

Tal vez no sea por casualidad que haya nacido el mismo día que Isadora Duncan. 

Hoy sabemos que su risa se multipla y esparce como polen sagrado, miel de mieles. A ella le cantamos y la celebramos un año más...

Y que:




Nunca llegaremos
al final de la rosa que ríe



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TU NOMBRE EN UN ESPEJO DE AGUA - CARTA A ISADORA DUNCAN


En este nuevo cumplevida de Isadora Duncan
vuelvo a subir a mis dinteles esta carta
escrita en el 2010, que aún no salda la deuda
que tengo con un personaje magico que, desde el dolor,
y las penumbras de su tiempo,
pudo establecer la humana condición
que nos pertenece y que sin embargo
aún aguarda su tiempo de florecimiento
colectivo y anónimo.



Nací a la orilla del mar.
Mi primera idea del movimiento
y de la danza me ha venido
seguramente del ritmo de las olas…

Isadora

Te encontré un día por azar, como se encuentran muchas de las cosas trascendentes. Un día en el que medía el fuego de los pájaros y la travesía de los rayos que dan de beber a las hojas. Una noche que me detuve a descifrar el viaje de las ondas luminosas desde la fogata del sol hasta los bosques de este planeta que resiste. Una tarde en la que, frente al mar, se desenvolvieron como en un delta inmenso todos los acordes que alguna vez había escuchado.

Perseguía el cometa que nunca aprendí a volar pero que dibujaba en el cielo una vorágine de movimientos. Iba tras un cangrejo que demarcaba su paso en un giro hacia atrás. Un mediodía en el que intentaba deletrear el misterio de las espigas que inundan la tierra con su danza interminable de susurros.

Te encontré mientras seguía la cambiante línea del horizonte sobre la metáfora de una tempestad. O en aquel amanecer en el que por primera vez me fue revelada la desmesura de un bajel de velas blancas, surcando los acantilados de un mar cuyo azul me escribió por vez primera tu nombre sobre un espejo de agua, una luna creciente o el hilo fosforescente de un cocuyo enamorado.

Me prendí de los pliegues de tu túnica, del color de tus ojos, del rumor que manaba de cada uno de tus dedos, en ascenso hacia el plexo solar del universo y supe que había llegado a una estación de la que nunca más partiría.



El movimiento de las olas, del viento,
de la tierra siempre
tiene la misma y eterna armonía

Busqué tus señas, indagué en tu historial de tiempo, hice el registro de tus andares, pero donde verdaderamente acampé fue en la volatilidad de tus pies descalzos trazando en el aire la respiración de un campo de hierbas o el susurro irefutable del mar. Entre tus manos la música adquiría una sonoridad inédita y en tus movimientos la armonía de la vida redefinía sus trayectos.

Parecías tan natural como una ola marina, una flor abriendo sus pétalos, una llovizna cayendo sobre verdes pastos, un tallo invocando la continuidad de la vida, el recinto de un suspiro o la residencia sonora de un jilguero. Trazabas arcos, espirales, como si pudieras hacer del viento un pincel que trazara en colores pasteles el derroche naranja de los atardeceres.

Lo que hacías, en verdad, era enhebrarle un adagio al movimiento natural y armónico de todo lo que vive. Lo reproducías y reinventabas en tu danza para que en su lenguaje pudiera comenzar a hacerse escritura del hombre.

Y en tí vi al pez mecerse en las aguas marinas, al colibrí enamorado del polen, al vuelo rítmico de los ganzos, el alborozo de los palomares, el allegro vivace de las mariposas, la risa de los niños cuando se despliega en sus párpados el asombro.

Y comencé a hurgar en tus propuestas, en ese arte de la danza que te dedicaste a explicar para dejarnos esa lección de vida que aún no aprendemos.

Tu visión, tu propuesta va mucho más allá del recinto del arte, va al centro del sentido más alto de lo vivo, reencuentra su dimensión esencial, rescata su sentido y lo reintegra como parte fundamental de un ser humano en libertad y en armonía con la naturaleza a la cual pertenece.




Si buscamos la verdadera fuente de la danza,
si vamos a la naturaleza, encontramos que
la danza del futuro es la danza del pasado, la danza
de la eternidad y ha sido y siempre será la misma.


No sé si alguna vez y en verdad te han entendido, Isadora. Tu propuesta está demasiado cargada de futuro para que los hombres de estos tiempos, tan domesticados y atados a todo tipo de cercas, seamos capaces de comprender la esencia de lo que dices. Como si hubieras podido desechar de golpe todo lo efímero y formal, todo lo accesorio e intrascendente de lo que estamos hechos.


Rompes los patrones de la vida que nos ha regido por milenios y devuelves lo humano al tiempo primigenio de un nacimiento que aún está en camino. Si aquel largo tránsito hasta erguirse vertical sobre horizontes que aún no vislumbraba y descubrir la magia incesante de unas manos humanamente móviles significó toda una evolucion de la especie, lo que tú ahora planteas, Isadora, es devolverle a la vida el ritmo vital que el tiempo de una historia ajena le arrebató a su cósmica condicion. Rescatar para los dedos la función de la caricia por encima de toda herida.

En otras palabras reencontrar el flujo del agua que nos recorre y trazar su cauce con las ondas del viento. Devolverle a la mirada su perspectiva de infinito. Y al cuerpo humano la movilidad de una gacela que en su armonioso tropel contiene toda la belleza de la danza, que aún el hombre no aprende a liberar.


La emoción no alcanza su momento de expresarse
a través de una acción que se apresura;
se madura primero, duerme como la vida en la semilla
y se desenvuelve despacio y con gentileza.

Desde los avatares de un destino insospechado, lograste encontrar en tu interior la clave en sol de una partitura aún no escrita que, sin embargo, deletreaste con tus movimientos, como una carta infinita de amor a la humanidad.

Y supiste desde un inicio que esa revelación de lo humano que buscabas, que define y precisa nuestra humana condición, estaba precisamente en la capacidad para ejercer una libertad que tiene como límites las propias leyes de la naturaleza, y como pentagrama el universo mismo del cual partimos y hacia donde vamos, en esta móvil y permanente transformación de los decibeles de los que estamos hechos.





Enseñemos primero a los niños a respirar,
vibrar, sentir e integrarse con la armonía general
y el movimiento de la naturaleza.
Primero produzcamos un hermoso ser humano,
un niño que danza.

Sabías que había que buscar en el niño la manifestación espontánea de esa fuerza vigorosa. Pero también estabas consciente de que en el mundo en el cual sobrevivimos hay que extraerla de las profundidades de los párpados que van descubriendo los milagros de todo lo que existe, del arpegio de la risa que brota sin razones de un corazón recién parido, de ese movimiento amoroso que acompaña las circunvalaciones del agua.

Lo supiste y lo viviste desde el movimiento primero de la vida brotando en tu interior como un vendaval de armonías. Dos hijos, un niño y una niña, que se hicieron continuidad de tu suspiro en sus risas en flor. Hasta la agonía interminable e infinita de ver sucumbir sus cantos en el cauce de un agua que no los aguardaba y que en su absurda y contradictoria insensatez, los tomó en su marejada hasta convertirlos en peces traviesos usurpando el vuelo de los pájaros, como colibríes marinos.

Nunca se iría de tí aquella imagen de sus rostros pegados del cristal del carruaje que los llevaba y que nunca los regresaría. Y sin embargo, de esa tristeza que se instaló como un silencio gigante en el curso lunar de tus imaginerías, brotó tu fuerza renovada para que ellos fueron la señal de los niños que soñabas, danzando el movimiento de la naturaleza, para rehacer este mundo deshecho.

Y así te fuiste a asentar tu escuela de danza, de vida, de futuro. Y lo hiciste en medio de un tiempo adverso, amotinado, dedicado a las tareas de destrucción que no a las de construcción. Tiempos de ‘postguerra’ que preludiaban los que habrían de venir. Sacudimientos históricos que ya transitaban con su carga de frustración y desenfreno.


Los griegos entendieron la continua belleza
de un movimiento que insurge, se esparce y concluye
con una promesa de renacimiento.

Ibas y venías de una Grecia antigua que no supo dejar sus frutos en las empalizadas florecidas sino en las instituciones hechas para deshacer los azules. Refutaste sin ser comprendida pero no cejaste en tu empeño por abordar la belleza que retrata la vida en el crisol de un escarabajo o la fiesta lúdica de un panal de abejas. Sabías que en todo niño se asentaba ese encantamiento y que bastaba dejarlo ser, con su carga de flor y de alas, para que el mundo girara sobre sí mismo y encontrara el rumbo que aún no ha tenido.

Te recostaste en las barbas frondosas, como nidos de aves, del viejo Walt Whitman quien en su propio universo dinamitaba la palabra como tú lo hacías con la danza, buscando el tiempo de vivir que no el verso, como tú, gigante del viento que amaina su recorrido sobre soliloquios de lluvias y estampidas de infinitos, para dibujarle al hombre la medida exacta de su recorrido, si alguna vez despierta a lo que en verdad tiene que ser.




La danza es el ritmo de todo lo que muere
para que pueda volver a nacer,
es el eterno amanecer del sol.

No sé, Isadora, si te comprendieron. Pero aquello de lo que tú hablabas, las lecciones de danza y de vida que dejaste enastadas en las comarcas del suspiro, tienen la vigencia de las constelaciones, el resplandor de los luceros del alba, el rumor sinfónico de los tejeritos. Y sólo aguarda su tiempo de derramarse como un río caudaloso sobre un océano de días, hasta instalarse al fin en el recinto de lo posible.

Y lo hiciste desde el dolor y la tristeza, desde los desencantos y la incomprensión de quienes no entendieron la estatura de tus brazos erguidos hasta la cima de un vivir resplandeciente. Se fugaron tus niños en el torbellino de aguas mansas, e hiciste tus hijos a los niños del mundo. Y a ellos legaste la fantasía imperiosa de tu danza.



No hay manera más simple y directa
para dar arte a la gente que transformar
sus propios hijos en vivientes obras de arte.

Y por ello, Isadora, dondequiera que un niño conjugue en brisa el verbo vivir, que columpie su risa en los engranajes de las nubes y respire mar adentro su pertinencia de pez, estarás tú con tus brazos extendidos, tus pies descalzos y tu rostro amoroso, señalando el porvenir. Aunque te hayas ido tú misma, en el movimiento rítmico de un telar que giró de improviso sobre tus lágrimas, para que al fin pudieses ir al encuentro de tus caballitos de agua y cabalgar desde los astros una danza cósmica y eterna.

Y te digo, Isadora, en estos tiempos, cada vez más llenos de dolor, marcados por el terror y la angustia, por el monótono tableteo de las máquinas de muerte, por la propia convicción de un hombre que no sabe de su destino y de su propia condición, tomamos tu mensaje que hace de los movimientos que se vuelven niños, el propio acercamiento a los dioses que han venido a estas tierras a decirnos que es la hora de comenzar el vaivén sin fin del amor, para que, hasta el propio cielo lleguen los pasos de tus amaneceres, tejidos en danza y sonido por la humanidad que alguna vez será.

mery sananes
septiembre 2010



Publicado en Media Isla
el 16 de octubre del 2010

Publicado en Cartas en la noche
el 23 de julio del 2011

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jueves, mayo 26, 2016

EL REFLEJO



A veces 
el reflejo es la advertencia 
de un mirar que se nos escapó 
de las pupilas




texto y fotos
mery sananes
mayo 2016

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lunes, mayo 23, 2016

HACIA UN VERSO COLECTIVO Y ANÓNIMO



En esta madrugada
insomne
en la cual me amanece
el planeta más triste
que nunca
busco un verso
anónimo y colectivo
que le de un viraje a las sombras
que alumbre con la lumbre
del anafre o del candil
que salga libre como las hojas
de un árbol
por su sola dulzura sostenido
un verso que se troque
en diapasón
que venga guaraleando
auroras
y quitando soledumbres
que haga del granado trigal
de la noche
un pasto de hierbas
azules y un río con olor
a duraznos


que cancele el horror
dé al traste con la muerte
se reconcilie con la vida
y le abra compuertas
a la alegría
un verso que siembre pólvora
en la rosa
que arome de azahar
el recinto de los sueños
dinamite los geranios
para que puedan esparcir
en el corazón del hombre
su botánica condición
un verso que no espante
que reconstruya el lenguaje
de las mariposas
tan semejante al que debió ser
el de esta devastada humanidad
un verso-almácigo
que venga cargado con su cosecha
de abrabesos
que abra trochas en el intrincado
bosque del terror
un verso fraguado en madera
con color a miel marina
que nos devuelva la risa
arrebatada del hombre



que venza la congoja
con un telar de hilos de fósforo
que trace la geometría
de la pomarrosa
y la descendencia exacta
de los milagros
que restituya la circunferencia
del abrazo
restablezca el diálogo
que nos enseñan los pájaros
rescate las huellas de luz
que el aprendiz de hombre
ha dibujado sobre la noche larga
de su penuria
que devele el poder de las palabras
que mienten
y de las palabras
que socavan la noche
en busca de los días que vendrán
un verso que desvíe la bala
de su recorrido de muerte
para convertirla en lámpara de tierra
que nos despierte el alma
hasta convertirnos en eternos
centinelas de la vida
que desate
las furias del amor
hasta arrasar con toda extensión
de odio



el verso trueno que no ha encendido
aún su fulgor sobre las nubes
un verso volantinero
tan gigante
que quepa en la pupila de un niño
un verso saeta que se abra paso
hacia la palabra humanidad
que venga apacentando bosques
detrás de los luceros
con sus ansias de arbolas
y sus ribetes de lumbre
un verso topo
que venga cincelando
en la piedra
la casa florecida del hombre
aunque el suspiro se cuaje
desde las honduras de un pozo


mery sananes
escrito en el 2003
publicado en abril del 2010
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viernes, mayo 20, 2016

LA ESTACIÓN DE LOS ADIOSES




Hay días que te busco
en las notas de una ofrenda
en fuga hacia la estación
de los adioses
en el claveteo de un pájaro
sorprendido de verse a sí mismo
horadando la corteza de un
cristal irrebatible
en la impasible brevedad del agua
que aguarda la herida en espiral
que el guijarro escribirá en los
dedales de su piel
y en esa travesía que acorta las
distancias de la noche que quiebra
los anaqueles de las nubes que se
desliza sin prisa sobre la heredad
de los naufragios la espera
se dibuja en ventanales sin luz

mery sananes
27 julio 2010


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lunes, mayo 16, 2016

LA VERDAD Y LA MENTIRA EN LITERATURA





Tal vez pueda afirmar que la forma de escritura que más se aviene a mi templanza es el papel que se redacta sin otra métrica que la respiración ni otro límite que el aire. 

Hurgando en mis memorias, encontré estos textos. Dos cartas dirigidas a Jesús, amigo y alumno de aquellas aulas de la Escuela de Letras que alguna vez fueron mi residencia. 

Uno habla sobre la verdad y la mentira en literatura. El otro sobre los libros y la palabra. Ambos pretendían responder inquietudes planteadas, más allá o más acá, de las definiciones convencionales y el conocimiento cercado. 

Y mis reflexiones apuntaban entonces y hoy, a convocar el asombro con el cual cada quien pueda nutrir su propio conocimiento del mundo, y alcanzar el más hondo sentido de su vivir. 


mery sananes 
mayo 2016


Jesús


Hace más de dos meses me dijiste que querías que conversáramos sobre un tema en particular: la verdad y la mentira en la literatura. Desde entonces hasta acá, muchos motivos involuntarios, ajenos, han impedido que podamos intercambiar ideas sobre esta temática. Pero no por eso he dejado de pensar en ella. Tú eres alguien muy especial para nosotros. Alguien por quien sentimos un afecto de esos que se anidan en el corazón y allí se queda, como un equipaje cálido que nos acompaña.

Y a falta de haber podido, hasta el día de hoy, hilvanar las palabras para preguntar y repreguntarles si son guijarros que el río hace danzar en su cauce o sin son saetas disparadas al interior del hombre,  para irrigar la vida, te escribo estas líneas que dibujan sobre el papel una diminuta espiral que tu deberás tomar para hacerla girar y girar, hasta que alcance la dimensión de la armonía.

En verdad ¿cómo hablar de la verdad y la mentira? ¿Abordaremos acaso la literatura como si fuese un discurso especial, con sus propias leyes, su ámbito de realidad-irrealidad, que podemos desde afuera, dirimir y definir? Esto es tan difícil como calificar la palabra que inventamos para que el paso tenga un lecho de tierra húmeda donde sembrarse.

¿De qué verdad podríamos estar hablando? ¿De qué mentira? ¿Podrá alguien, en algún sitio, establecer el límite exacto entre una cosa y otra? Tocamos el propósito de la palabra, el peso de su materia, la dirección de su vuelo, la específica densidad de su vulnerable y frágil estructura.

Porque si decimos mentira ¿acaso no estamos jugando a quebrantar la ruta de los aterrizajes para adentrarnos en el espeso bosque que cubre los agujeros por donde se asoma el canto de las chicharras? Y si decimos verdad ¿no se trata acaso de que hayamos hecho el recorrido desde los copos más altos al pozo hondo y vertical que invoca las más cristalinas fuentes de agua?

La palabra es un bajel de velas blancas, el espacio diminuto entre los pétalos aromados de un jazmín bañado de rocío en el amanecer. Es el trino que se adhiere a la flor y la estelita de plata que dibujan las caracolas en el océano inmenso de la tierra cuando despierta.

Tiene el don de los ojos que la ven, de la caja de resonancia de quien la recibe como un talismán y la devuelve al viento, enhebrada en hilos de hierba. Tiene la dimensión del infinito cuando la toca el amor. O puede volverse pequeñita, para recostarse en la corteza de los árboles viejos, para marcar allí el círculo del tiempo en las señales del siempre.

Esa es la palabra que cultivamos. La que construimos callada y solitariamente desde nuestro taller de ilusión.  Es la palabra vegetal que trepa sobre los muros para pintarlos de verdiazul. Y es la palabra mariposa que hace su viaje desde la oruga hasta el vuelo vertical de las cascadas, tan sólo para describir el arco de una luz.

Es la palabra suspiro que nadie puede atrapar entre sus manos, pero que resiste en su ingeniería sideral la fuerza de todas las tempestades. Es la palabra silencio hecha a modo de cuenca, vasija o ritual para que se convierta en el espejo de los mapas estelares y el paisaje sagrado de las pupilas encendidas. Es la palabra honda que se dispara como un barreno de fuego sobre los espacios deshabitados de ternura.

¿Pero será acaso verdad todo eso, Jesús? ¿O será el anhelo que quiere hacer de la palabra una arcilla moldeable a los sueños? ¿Tendrá la palabra realmente el poder mágico que le otorga el sentimiento? ¿O aparecerá en medio del océano, materia fulgurante, para distraer a los Ulises? ¿Verdad o mentira? 

La palabra no es sino el espejo que te mira, para que tú te veas en él. ¿Cuál es la imagen verdadera? ¿La que se estampa sobre el espejo de agua cuando te vuelcas sobre él?  ¿O la que el agua te devuelve? ¿Y qué ocurre entre ese trayecto entre tú el espejo? ¿Cuál de las imágenes atraparemos? ¿La que se detiene inmóvil o la que se arremolina, cuando el pez muerde el aire, haciendo con sus aletas un discurso oceánico y musical?

¿Sabe la garganta acaso cuando emite un sonido que es un arpegio o cuando deja salir un grito hondo y largo que se quiebra al final en infinitas aristas de cristal?

La literatura existe porque el hombre un día tuvo que inventar la palabra para atrapar con ella todo lo que había perdido al levantar la primera  cerca de la historia del mundo. Entonces creyó que poniéndole límites a las cosas se hacía propietario de ellas. Y se equivocó. Jamás volvió a recuperarlas.

Perdió el vehículo del viento y el equipaje frugal de las montañas. Extravió el movimiento de la mano que construía arcos para que pasaran por ellos la luz y se dedicó a levantar ladrillos para hacerle muros a su corazón. Se le escapó el don de la mirada donde la poesía fluía como un incesante manantial, para quedarse sumido en la oscuridad.

Y allí en ese pozo hondo e incesante, como un orfebre fue fabricando la palabra. Con ella reinventaría  la vida  que truncó desde su propio nacimiento, para postergar para el futuro la verdadera humanidad.

Con ella se hizo un abrigo, la hizo color y movimiento, grito destemplado, sonido silbante de una bala homicida, piedra de amolar, canción rota, concierto de lluvia, océano de lágrimas, granada que estalla en fruto ácido, compuerta que se cierra, ventana que se abre, amuleto que se hace ritual, caricia breve que recompone el universo en su sola marejada, aluvión o estrépito, golpe de ataúd, pena de penas, solar de jazmines, resaca de todo lo sufrido, sinfonía del universo.

¿Verdad o mentira? El mago siempre serás tú.
                                                      
                                                                                        mery
noviembre / 1999




Jesús
                        
Los libros no son más que accidentes geográficos, en los que algún muro de contención delimita el cauce de las aguas, y les construye un camino que solo es temporal.

Las palabras siempre vuelven a escaparse por entre las rendijas de las piedras para regresar a su residencia de viento y de rocío.

En realidad, siempre he creído que la palabra se inventó el día en que el hombre dejó de comprender la relación de hermanos que existía entre él y el otro. Desde entonces, ha llenado el universo de palabras para tratar de explicar esa incomunicación, que nos dejó absortos en el  mayor de los silencios y en la más terrible soledad.

Como si una cuadrícula gigantesca hubiera hecho añicos el paisaje, quebrándolo en pedazos, hasta exilar de la vida los arcoíris.

A veces, sin embargo, somos ilusos, y tomamos la palabra como si fuera arcilla que pudiéramos moldear a la medida de nuestros sueños. E inventamos cántaros y tinajeros, para con ellos esparcir de jazmines los corredores del alma.

Por eso, mi querido y dulce Jesús, cuando pongo en tus manos estas hojas de papel, que quisiera más bien  estuviesen hechas de hierbas olorosas, lo hago como quien abre las puertas de un huerto que sólo fructificará cuando de nuevo la palabra recobre su condición de talismán, su oficio volandero de cometa, su esencia de bajel.
                        
Mientras, sé que en tus manos, tendrán el cobijo de quien también es ilusionado  peregrino en medio de estas tierras devastadas, y de quien dibuja en el silencio melodías que la brisa transporta como polen de futuros amaneceres.
                                      
                                                                    
                      
mery 
                       mayo de 1999


Escuela de Letras
Universidad Central de Venezuela




          

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sábado, mayo 14, 2016

CÁNTICO SIN CANTOR



Hoy se me vino encima la noche
ataviada de un azul de primavera
y sin embargo aún el invierno retenido
en la cúspide de los quebrantos
no se desprende del sortilegio
de sus glaciares ni de la helada
que tiñe de desasosiego los diminutos
espejos de las aguas que no se vierten
en dirección sur de los lagos




Las tempestades y los aluviones
aún hacen crujir las delgadas celosías
que resguardan las tristezas
un solo de flauta escribe su travesía
por el filo de una lágrima
que perdió su cauce
el aire queda aterido al metal
que viaja de regreso a su lecho de
piedra detonando el adagio
hacia una brusca despedida




Sé que en estos tiempos de inconstancias
el beso se extravía en el sedal de un silencio
y la dulzura derramada que nadie recogió
regresa sobrecogida al laberinto de la colmena
para labrar en ella un cántico sin cantor




Algún día de esos en los que el hombre
recobre su estatura de agua su estructura
de hierba su solemne candor de niño
quizás entonces retorne el amor a ejercer
su inescrutable función de partera de la vida


mery sananes
21 marzo 2010


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miércoles, mayo 11, 2016

ARMANDO REVERÓN - EL LOCO DE LUZ


Un día me preguntaron tuyo
y apenas pude decir que eres
alguien que siempre andas
colgado de un pincel de confituras
y geranios que te sirven para
escribir en cada amanecer
un pedazo de tu vida en la ronda
de los arcoiris de cocuyos que te inventas
en cada uno de los trazos regidos
por la desesperación de quien va
de luto en luto por no poder alcanzar
la huella de luz que ve nacer
en cada uno de los recuerdos
que fueron sembrados más allá del tiempo
y más acá de la humanidad

Entonces supe que eras el loco armando
y que construías locomotoras de amor
que nadie se atrevía a tocar ni manejar
por temor a convertirse en viajantes
de los eternos esplendores de los anocheceres
supe también de tu necesidad de incendiar
cada uno de los mares para sembrar
en sus inviernos pedacitos de soledades
que se vuelven olas de dioses y relicarios

Me enteré un día de mayo de tus
muchos años sin sentir el sueño
porque tu vida está en el pincel de un lienzo
y en la mirada que anda por las hendijas
de los luceros de los mediodías haciendo
cofradía con los torditos de la marinería
para que siguieran en su empeño de
multiplicadores de luces y centellas
de canela y pan y supe finalmente
de tu cuerpo dominado por los cristales
jazmines y caracoles de la alegría
y que inventaste tantos espacios
que llegó el día de la grande
y terrible angustia porque
por ninguna parte conseguías gente
para llenar tu mágico mundo

Pedías nada menos que un tiempo
de hombres de luz y amor que pudieran construir
morada y destino en todos los aposentos del vivir
hoy sé que juanita lo entendió
aunque tu luz no ha llegado aún
al más acá y el más allá de nosotros pero
todo no está perdido maestro de deletreos
y vestigios algún día florecerá el brillo en
los caminos y los hombres serán constructores
de las luces musicales que alumbrarán
la naciente humanidad
sólo entonces se entenderá
a un loco de luz como tú

agustín blanco muñoz
memoriales / 2010


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