sábado, enero 07, 2017

DESDE LAS RENDIJAS DE LA NOCHE


Las palabras se llaman
unas a otras de noche
y a escondidas
Miguel Veyrat


Ciertamente, de noche y a escondidas se llaman las palabras, para que las que salen del alma, nadie las pueda expropiar, confundir o hacerlas blanco de un mortero. A veces se llaman a pleno mediodía, porque ellas no se enceguecen con el sol, se derraman como rayos, sin que nadie lo note. Hacen fiesta a la hora del alba, porque pocos se detienen a mirarse en esa mágica línea que le da continuidad a la noche en la explosión violeta de sus rubores.

O las que en el atardecer se confunden entre los sembradíos de mandarinares para que otros  crean que es apenas una fruta que se mastica, cuando es su alto fuego el que convoca la luz de los astros y la fúlgida belleza de la luna.

Pero es en las noches cuando encuentran su mágico remanso. Porque mientras otros aceitan sus maquinarias de muerte, la palabra se solaza en los cielos poblados de pájaros, la lluvia de estrellas fugaces, para rubricar sus significados con ese trinar cósmico, el polvo de los cometas y la risa de los principitos.

En esa jardinería estelar la palabra adquiere la fuerza para resistir, la audacia para decir, la dulzura para apelar. Y aunque aún en estos tiempos sin humanidad ella deba refugiarse en el trazo de un pincel sobre el lienzo de la vida, el acorde de una cuerda sobre la madera de los bosques, el verso estremecido de un poeta enamorado, el rostro de un niño a quien le han robado su abecedario de asombros, o en la deslumbrante belleza de la madre que balancea sobre el amor la cesta de peces, la vasija de agua o los frutos recogidos, sabemos que algún día, esa palabra clandestina, ese verbo silenciado, ese gerundio obligado a ser inmóvil, se hará colectivo.

Y por ello, las palabras, en un mundo mudo, nunca desisten de la esperanza, ni se dejan vencer por las derrotas. Siempre encuentran nuevas formas de expresarse, aunque tengan que ocultarse tras musgos y enredaderas y a veces hasta en el copo de los árboles más altos, o en la abrupta caída de los acantilados.  

Porque  esa palabra es la que resguarda, rescata, conserva, la vida que le ha sido arrebatada al hombre, en todas sus dimensiones. Y por ello, es permanentemente asediada, perseguida, tomada por quienes no tienen ni lenguaje, ni pensamiento, ni ideas que  no obedezcan  un plan mezquino, utilitario,  reducido a sus intereses y poderes. No se reconocen en la especie a la cual pertenecen.

O aún peor, es asimilada, domesticada, confundida, amurallada, para que nadie pueda advertir en ella su poder subversivo, su contenido de porvenir. Son quienes han convertido el lenguaje en un  ovillo sin punta, un disparo de repetición, una hoguera para que no quede ni remanente de aquella que aún sobrevive toda tragedia.

Y nosotros, los que militamos en el silencio más reverente,  mientras consagramos y ejercemos el derecho a réplica, a la rebeldía y a la protesta, que asumimos el deber de contribuir a ser conciencia, desde las rendijas de las noches y los sismos solares, seguiremos siempre en ese oficio de ser orfebres de palabras que no espantan, como quería Camus, altavoces del canto que permanece en el interior de la lágrima, esperanzados sacerdotes de la alegría. 


texto y foto
mery sananes
07 de enero 2017

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