sábado, diciembre 16, 2017

REFLEXIÓN AL PIE DE LA CRUZ DE LUZ


 



REFLEXIÓN AL PIE DE LA CRUZ DE LUZ
Héctor Silva Michelena

Desde que diciembre pisó nuestra senda, la escondida senda de las tribulaciones, que azotaron al Año Viejo – hambre, enfermedades, presos políticos, muerte – he orientado mis ojos hacia la cruz de luces allá arriba, en el Ávila de Manuel Cabré, nacido el 25 de enero de 1890, en Barcelona, España. Cabré acercó la montaña a nuestras vidas, en este valle donde aún canta el ruiseñor de Catuche, de Aquiles Nazoa, ave nos nos llegó de “El canto del ruiseñor”, un bello cuento que empieza así: “Una tarde, hacia el crepúsculo, el ruiseñor empezó a cantar. Su voz, líquida y pura, se elevó en el aire, armoniosa y dulce”. Deslizado el día, la noche iba absorbiendo los colores de mis tardes amadas.

Delicioso efecto decembrino. El cielo está limpio hoy por la mañana, y la muselina gris de la lluvia flotó sobre todo el circo de nuestras montañas. En este momento la banda azul de los azulejos, el arcoíris de las bandadas de guacamayas, que habían aparecido en el cielo de mi balcón, sube hasta el cénit, y la cúpula del cielo, casi limpio de nubes, deja caer sobre nosotros la plateada luz de la luna. El día fue benigno, nos benefició en esta estación del año.



Así, después de la estación de las lágrimas, puede volver aún la dulce alegría. Di tú, hombre, que entras en el otoño de tu vida que el gran Rubén Darío, como buen ave canora, lo cantó: “¡Juventud, divino tesoro, te vas para no volver!”. Así es, dicen las Escrituras. Pero di también, hombre, que el otoño tiene bellezas. Las lluvias, las nubes ensombrecen la estación tardía, pero todavía la luz acaricia nuestros ojos y los follajes enlunados. Es el momento de reunir las provisiones para el invierno cercano. 

 Cesare Pavese

Cesare Pavese, lo escribió en su dolor de dura vida: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, esta muerte que nos acompaña desde el alba a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento un absurdo defecto. Tus ojos serán una palabra inútil, un grito callado, un silencio. Así los ves cada mañana cuando sola te inclinas ante el espejo. Oh, cara esperanza, aquel día sabremos, también, que eres la vida y eres la nada. Para todos tiene la muerte una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Será como dejar un vicio, como ver en el espejo asomar un rostro muerto, como escuchar un labio ya cerrado. Mudos, descenderemos al abismo”. El gran poeta italiano se suicidó el 27 de agosto de 1950 en un hotel de Turín, ingiriendo doce sobres de somníferos.



Esa es una verdad irrefutable como el cero al cual ascienden nuestros labios. Pero no todos los poetas guardan silencio con los labios cerrados. Me llega la voz de Mery Sananes, esa que se brota desde su poema “Preludio a la esperanza”. Escucha, hombre, mujer, este dulce fragmento: “La esperanza es un palomar detenido en el umbral de los sueños, una pupila que se agiganta ante la visión de un mar inmensamente azul, la travesía que recorre la lágrima, desde el diafragma adolorido hasta el delta de unos ojos que no se abren, para que no se escape su sal por el rubor violeta de las mejillas. (…) La esperanza es el espacio de un preludio, por donde habrá de irrumpir algún día el aletea alborozado de las garzas, que beben el néctar de los días vividos, y transportan el polen de los días porvenir”. Mery, perdona mi puntuación. Su libro se llama Memoria de pájaros y hombres (agosto, 2017), y trae a la memoria del olvido a Pájaros (París, 162), de Saint-John Perse, nacido Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger, en la isla Guadalupe, dependencia del Imperio Colonial Francés en las Antillas (1887-1975), Nobel en 1960.


Saint John Perse

Mery se angustia por el destrozo del mundo, pero sostiene la esperanza de que el hombre es algo más que un ser prescindible, mortal, y que la vida es una realidad a conquistar. La vida verdaderamente humana. Alrededor de este bello libro – creo – e ha hecho un silencio deshonesto. La poeta propone aprender del pájaro esa conciencia que le permite al ser humano cumplir la función para la que fe creado. Perse, en su isla antillana, festejaba en largas secuencias el vuelo y de los pájaros de ultramar. El ave ejemplifica un tipo de observación y un gesto, una mirada aparte, dueña de sí, pero viendo desde lo alto una cierta eternidad, una certeza a la que está ligado. Avidez, hambre de existir y de cubrir distancias, capacidad envidiable de ensamblar meses en el único impulso de sus plumas.



La bandada de guacamayas, los azulejos en las ramas y algún capanegra furtivo, sirven de maquinaria a esta reflexión, con la mirada en los aires. Veo desfilar a los caídos por la libertad, escucho la sangre que corre en las calles, me indigna la risotada de los guardias, su abominable orgullo de decir que perseguirán, hasta debajo de las piedras, a quienes piensan distinto, que los encerrarán en estrechas celdas militares. Esos “terminators” y su manejadores exigen rescate por la libertad de sus pesos. Ese día llegará, en sus propias conciencias, aun malignas, los ahogarán.

La Justicia, la diosa de la justicia lleva una venda en los ojos, pero es sabia y llega siempre. Era la encarnación del orden divino, las leyes y las costumbres. Cuando se le hace caso omiso, Némesis trae el justo y colérico castigo. Temis no era colérica: ella, “la de preciosas mejillas”, fue la primera en ofrecer a Hera una copa cuando volvió al Olimpo afligida por las amenazas de Zeus.

 Arthur Rimbaud

Se ha ido la luna, la cruz de luces me habla. Sufrimos a medida que más amamos. El hombre es como su amor, y sigue la suerte de su amor.  Termino esta reflexión preguntándome con Rimbaud: “¿Tuve una vez, una juventud agradable, heroica, fabulosa, como para ser escrita sobre páginas de oro? - ¡demasiada suerte!.  ¿Cuándo iremos más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, la nueva sabiduría, la huida de los tiranos y los demonios, el fin de la superstición, para adorar - ¡los primeros! – la Navidad en la tierra?

De la memoria del olvido rescato una copa de vino, y escucho a Mateo (XX, 31): “En verdad os digo que pecadores y prostitutas irán antes que vosotros al reino de Dios”. Nosce te ipsum, quod ipsum liberum sit. Conócete a ti mismo, es la verdadera libertad. Tomemos nuestras armas, la verdad, la lucha, la pluma, y la vida tendrá nuestros  ojos.

Héctor Silva Michelena
16 diciembre 2017

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sábado, diciembre 09, 2017

¡AVANCEMOS O NUESTRO SUEÑO HABRÁ TERMINADO!



¿No será ya tiempo de romper las partituras impuestas, los papeles asignados y echar a correr nuestra voz y nuestros pasos hasta hacerlos sinfonía de libertad y justicia? ¿No será ya el tiempo de la gran audiencia para alcanzar las grandes ganas de vivir en una sociedad con inmensos sueños por hacer? ¡Avancemos o nuestro sueño habrá terminado!

Agustín Blanco Muñoz
Investigación, alfarería y carpintería.
Caracas, CPT-CEHA-UCV, 1988.






21 de febrero 2011
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jueves, diciembre 07, 2017

LÁGRIMAS DE APLAUSOS





LÁGRIMAS DE APLAUSOS
Para Héctor Silva Michelena


Un arranque de alma
en medio de imborrables  sonidos
que se vuelven pedazos de silencio

Avanzar hacia duras  dimensiones
de boca amarga y fibras
en plena quiebra de adioses

Esto hemos sido en las señales
desprendidas del recuerdo
y nunca habrá en este mundo
Incendio de penas

Qué alcance puede tener esta manera
de restregar la vida
y obligar los hombres a emprender
vuelo en el escondite de las noches

Ya no hay salvación donde todo
es un grito de lamentos desde  que
pertenecemos a las campanas
de las terribles entregas

Ahora sabemos que no hay contemplación
porque nunca hubo espacio para
el  dolor que en este instante toca
las cuerdas sobrevivientes de lo que
se sigue llamando hombre

Y se mantiene en el olvido  que aquí
ya ni siquiera hay refugios para pájaros
ni espíritus de los tiempos de geranios y
sales benditas


Por eso ningún adiós alcanzará para
despedirnos en medio de todas las navegaciones que concluyen en el mismo acto de pesar que nos seguirá aplastando a lo largo de la existencia

Pero dejemos constancia en esta hora
que aquí nadie  podrá aplaudir
mientras  las manos sigan llenas de lágrimas
sin esperanzas

Aunque de esas mismas cuerdas de soledad
se tendrá que  levantar un grito de laúdes
y trombones para la magia que sacará vida
de la manga de los dolores que acompañan
hasta los transeúntes de los ritos del amén
que no se quedan en el ayer

¿Aplausos para Hiroshima Nagasaki holocaustos
las grandes marchas y las muertes de todas las
guerras de los hombres?

¿Aplausos para  las maquinarias montadas por el mismo terror para alcanzar más formas de asesinar con todos los odios de la vida de las manos y hasta  del propio aliento?

¿Hubo algo de  humano que ya no está
en el hombre que conoce la perversión de
los crímenes que llenan los días del sin vivir?

¿Seremos lo suficientemente incapaces y destructores para poner por siempre a un  lado las lamentaciones acusatorias y el grito de vida y libertad de un Henry Górecki?

Agustín Blanco Muñoz
Ofrenda Musical (inédito)



Henry Gorecki / Sinfonía de las Lamentaciones

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miércoles, diciembre 06, 2017

EL PROYECTO NAGUARÁ EN POST PRODUCCIÓN



A quien no le gustaría ver todas las posibilidades que se puedan presentar en la vida, cuando tus deseos más profundos se realizan?  

De aquí nace “Naguara”
realizador y guionista
Jesús Alejandro Acevedo Cedeño



¿Qué quiere decir “Naguara”? 


Naguara es una palabra del dialecto venezolano, que escogió Jesús Alejandro Acevedo Cedeño (realizador, co-autor) en honor a sus orígenes. Es una palabra que puede expresar la sorpresa, la alegría, la cólera y mismo el miedo o temor, todos los sentimientos que  a través esta historia, Jesus Alejandro desea generar en el público. Este proyecto también representa para el realizador, la oportunidad de poder narrar una historia que no hubiese podido realizarse en su país de origen. 


En el siguiente enlace pueden ver un album de fotografías tomadas durante algunas de las
grabaciones



Aquí pueden leer la historia de este 
proyecto y la biografía de su joven productor




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domingo, diciembre 03, 2017

POCILLO DE ORO




Hoy un pocillo de oro
se derramó sobre el cielo
y como mandarina desgajada
fue soltando el dulzor
de su ubre madura
sobre la sequía de besos
de un planeta que extravió
la vida




texto y fotos
mery sananes
luna del 03 de diciembre del 2017
que desde lejos me alcanzó michelino


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viernes, diciembre 01, 2017

¡QUE LA MUERTE ESPERE HASTA QUE LA LLAMEMOS!



¡QUE LA MUERTE ESPERE 
HASTA QUE LA LLAMEMOS!
mery sananes


Aún en el instante supremo
de la muerte, yo quisiera sonreír.
Pío Tamayo


Mi queridísimo Héctor

Tal vez sería más fácil no responder tu escrito. Pero nunca hemos elegido ese camino ni lo haremos ahora, cuando –como dices- ya le faltan estrellas al cielo, luz a los ojos, movimiento a las extremidades, vida a un planeta devastado y hay un dolor que se nos clava en el costado como el filo de un cuchillo enastado en el corazón.

Y me detengo en esta afirmación: “Creo que la vida me ha dado poco; no hablo de riquezas, sino de la vida feliz.” Héctor, hermano de alma y canción: ¿cuándo la vida de lo que se conoce como humanidad ha estado unida a la felicidad? El mundo que conocemos no nos entregó ese manjar.

Las alegrías nos las inventamos y seguimos inventando nosotros, auscultando la muerte que se derrama continuada, despedazada toda ternura por el odio.

Y de esas fibras estás hecho. Envejece el cuerpo, adquirimos enfermedades curables e incurables, quedamos lacerados de dolores de todas las formas, y sin embargo, Héctor, nunca hubo un día que desistiéramos de levantarnos a mirar el sol, a soñar que detrás del ruido sordo de la metralla, hay un niño a quien no se le quebró su sonrisa.

Y sí, poeta aciertas plenamente cuando insistes en tu convencimiento de que la vida humana, en todas partes, es un estado que tiene más de sufrimiento que de dicha. Nada que nos asombre ni nos sorprenda. No hemos visto cristalizar la dicha colectiva en parte alguna.

Sólo conocemos las ráfagas fugaces, el estallido de un hilo de fuego en medio de la penumbra. Como asomarse a la catedral de luz que guarda en su interior la flor de baile, que se le entrega sólo a quien por esos breves instantes se asoma a ver su florecer.

¿A qué dicha podíamos aspirar si todo a nuestro derredor es una condena permanente en odio mayor y destrozo de amores?  ¿Y no es con este material, Héctor, con lo que has trabajado siempre, desmenuzando la miseria, recapitulando las ganancias, clasificando los niveles de explotación, contemplando al hombre morar, sin que aún le hayan atravesado la cabeza con un disparo?

Si alguien puede entender la tristeza del mundo y la personal, la que se anida en las noches insomnes, eres tú. Sembrabas vida en tus clases, en los libros que escribiste, en los poemas que dibujaste sobre cuartillas de papel aún no recuperadas.

Y me detengo en otro de tus decires: “Estas líneas surgen de una necesidad personal que grita la búsqueda de un trago que pudiera consolarme y mitigar los dolores de la vejez, los de la pérdida de seres queridos y esos que azotan por la lucha, sin fortuna, contra una maligna enfermedad.”

¿Y quién alguna vez nos ha consolado Héctor? Si hasta donde recuerdo nosotros hemos sido los consoladores por excelencia. ¿Cuándo tuvimos donde apoyarnos sin que esa viga se quebrara y nos dejara sin respiración?



No tengo memoria de eso Héctor. Envejecer es además la posibilidad de haber vivido mucho más que tantos que ni siquiera llegaron a abrir los ojos a un creciente de luna.

Un trago jamás es un consuelo. Y yo, en particular, Héctor, hermano, no te ofrezco consuelo, te ofrezco compañía, y ese amor que nos ha juntado desde que nos conocemos. ¿Y para qué vas a querer tú que te consuelen?

¿Qué es el consuelo sino ese instante en que alguien se asoma a adornarnos el dolor con una palabra que conocemos de sobra? No, Héctor amigo del alma, no. De amor requerimos, no de consuelo.

Y continúas afirmando: “Envejecer es más difícil que morir, por la razón de que renunciar de una vez y en conjunto a una vida que vive con poca esperanza, cuesta menos que un largo adiós. Soportar la propia decadencia y aceptar la segregación es un trance más amargo que desafiar la muerte. Hay una aureola en la muerte muy dulce, y solo hay una larga tristeza en la caducidad creciente. La madurez del alma no vale nada en esta tierra de gases lacrimógenos. Sin derechos humanos.”

Y con tu permiso, Héctor, voy a citarte a un poeta que conoces mucho, Vladimir Maicovski, en un poema que le dedica a Serguei Esenin. “En esta vida / morir es cosa fácil./ Hacer vida / es mucho más difícil.”

¿Y cuándo ha sido fácil? Envejecer Héctor es un atributo del que disponen hasta las flores. Y jamás, al arrugarse sus pétalos, la rosa pierde la esperanza de renacer en otra rama. Hay una belleza en ese oscurecimiento de su piel, en ese desprendimiento de sus hojas, que hace suspirar más que cuando está en la plenitud de su belleza.

Cuando a uno se le atrofia un sentido los otros se multiplican. Cuando uno ya no puede correr, descubre lo que nunca vimos al andar siempre apresurados hacia destinos que no eran los nuestros. Caminar con una andadera, es casi volver a aquella estación en la que éramos niños y nos parábamos en cada esquina a buscar una flor que llevarla a la madre que nos aguardaba.

¿Lo has pensado así alguna vez? Decadente es aquel joven que sólo sabe acumular tantas riquezas como destrozos causa en el hombre que habita a su costado. Decadente es quien carece de sueños y esperanzas. Decadente es quien quiere regirlo todo, hasta nuestra muerte.

No, Héctor, tú jamás serás decadente. Sí, puede haber a veces una aureola en la muerte muy dulce. Pero la madurez del alma no se mide en su resistencia a las bombas lacrimógenas. Se mide precisamente en vivir en los tiempos sin derechos humanos, que han sido todos lo que conocemos.



Y citas a Salomón: “Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. Al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente. Caerá con el tiempo nuestro nombre en el olvido, nadie se acordará de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de nube, se disipará como niebla acosada por el sol y por su calor vencida. Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte, porque se ha puesto el sello y nadie regresa”.

Mi dulce Héctor, me quedo con el Salomón del Cantar de los Cantares, con ese recorrido por el amor. Porque te pregunto Héctor: ¿acaso alguna vez lo que hicimos, lo que sacrificamos, las huellas que hubiésemos podido dejar era para que no nos olvidaran? ¿Para evitar ese paso de una sombra?

No, mi Héctor. Jamás lo pensamos ni lo hicimos así. Lo único que queríamos y aún queremos es inscribir nuestro hacer en El Libro de la Vida. Es decir esa canción anónima y colectiva que se va construyendo con todos nuestros lamentos y todas nuestras ilusiones.

No hemos buscado escapar al olvido. El olvido es de los otros. De nosotros la memoria. Y por eso jamás le hemos dado espacio a la muerte para que se adelantara. Hemos batallado siempre contra ella, aunque nos tengo sujetos los días y las noches. Y resistirla es celebrar la vida que nos queda, cualesquiera sean las heridas recibidas.

La medida de tus días, Héctor, y la medida de los días de cada uno, es una cuenta que trazamos nosotros. Y es nuestra tarea llenarlos de instantes o derrumbarnos ante ellos, inmóviles. Y eso no es lo que somos, Héctor, ni lo seremos jamás.

Cada día y cada aventura que nos haya tocado vivir o estemos viviendo tiene, si se la buscamos, su belleza, aún en medio de los dolores insostenibles. Y esa alma que allí se agita es una cinta elástica que se quebrará cuando sea su tiempo.

Y yo también me quedo con los versos de Miguel Hernández: “Espérate, muerte, espera/espérate a que me muera/cuando te lo pida yo”. Y nunca la pidas.

Cuando llegue la recibiremos con la misma fortaleza con la que hemos vivido. Y en el aire se diseminará lo que fuimos y lo que somos, como un abrevadero de agua dulce y cristalina. Porque así encontrarán nuestro corazón, por más fatigado que esté.

Héctor eres un ser maravilloso, un amigo de los adentros, un persistente buscador de la verdad detrás de tanta farsa y mentira. Y tus huellas están allí para quien quiera recogerlas y resembrarlas en los paisajes resecos en que se ha convertido esta tierra.

Y sabes mejor que nadie que en este tiempo de complicidades y corruptelas, de destrozos y masacres, a muy poco les interesa detenerse en una señal que los refleje como son.



Nuestras labores siguen perteneciendo a los silencios. Nuestra presencia a las soledades. Pero en ella, Héctor, la vida cobra un tono violeta que hay que cultivar como una flor. En ese recinto solitario no hay límites.

Y allí en esos predios, Héctor, toma el papel y revélales a quienes vendrán después de nosotros, todo el fulgor que tu cuerpo cansado, aún retiene en las casillas del vivir.

Y los que te queremos, no permitiremos que te gane el desaliento. Porque es también nuestra la historia que escribes. Y aún vencidos seguiremos sonriendo. Porque conocimos la alegría y en su nombre hicimos y hacemos todo lo que hemos podido.

Te entrego mis manos y mi abrazo. La candidez de un verso niño. La franja del alba que junta la noche con el amanecer en ese poema cósmico que reinventa el horizonte cada día. Mis ojos de mirar pléyades cuando solo hay penumbra.

La risa nocturna de los grillos. Las sonatas de los sapitos en las riberas de la noche.  Y la eterna travesía subterránea de la chicharra para regalarle a las madrugadas el fugaz silbo de su melodía.

Te entrego todo aquello que no tuvimos y por lo cual las noches se nos hicieron insomnes, sin que jamás se quebrara en nuestro interior el espíritu lúdico de las estaciones de la luna.

Caminamos juntos en esos pasos, Héctor. Y levantemos una copa, para brindar por la vida vivida y para repetirle a la muerte que se espere hasta que nosotros la pidamos. Mientras, la seguiremos enfrentando, invocando la ternura y derramando semillitas de amor en los territorios del desahucio.


mery sananes
30 noviembre 2017
fotos de HSM / roberto mata



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ANTES DEL LARGO ADIÓS

Foto Roberto Mata

ANTES DEL LARGO ADIÓS
Héctor Silva Michelena

Creo que la vida me ha dado poco; no hablo de riquezas, sino de la vida feliz. Las dos últimas décadas han sido de noches insomnes. El hambre, la muerte el terror policial. El latrocinio hecho ley. Yo, que he amado la vida, me he convencido de que la vida humana, en todas partes, es un estado que tiene más de sufrimiento que de dicha.

Estas líneas surgen de una necesidad personal que grita la búsqueda de un trago que pudiera consolarme y mitigar los dolores de la vejez, los de la pérdida de seres queridos y esos que azotan por la lucha, sin fortuna, contra una maligna enfermedad. ¿El medicamento específico? Monopolio del gobierno, y le pregunto. Respuesta: “No hay”. Los días a pan y agua, las noches sin pan.

El título de un cuento de Ernest Hemingway, Mientras los demás duermen, sugiere en su plural que el insomne es alguien que está solo. El insomne sale de una circulación cotidiana, aunque sueñe con los ojos cerrados o para dormir despierto. ¿Es lo mismo estar desvelado y no poder dormir que despertar en medio de la noche y no volver a conciliar el sueño? ¿Cómo hemos pasado del sueño al insomnio?”.

Hay quien arriesga una respuesta y la sitúa en dos obras de Shakespeare. Un indicio proviene de Macbeth: “Hemos asesinado al sueño”; otra verdad proviene de Hamlet, cuyo padre ha sido asesinado mientras dormía. Estamos en medio de la noche, sin estrellas. ¿Se ha ido el sol para siempre?

Solía ir a un café a meditar y escribir. Un día era tarde y todos habían dejado el café, excepto un anciano –tal vez yo– sentado a la sombra que las hojas del árbol hacían con la luz eléctrica. De día la calle era polvorienta, pero en la noche el rocío abatía el polvo y el anciano gustaba de sentarse hasta tarde porque necesitaba muletas. Y ahora, de noche, todo estaba tranquilo y él sentía la diferencia. Los dos meseros en el interior del café sabían que el anciano estaba un poco bebido y, aunque era un buen cliente, sabían que de beber demasiado no podría usar sus muletas y caer. Y así fue. Ese otro era yo.

Envejecer es más difícil que morir, por la razón de que renunciar de una vez y en conjunto a una vida que vive con poca esperanza, cuesta menos que un largo adiós. Soportar la propia decadencia y aceptar la segregación es un trance más amargo que desafiar la muerte. Hay una aureola en la muerte muy dulce, y solo hay una larga tristeza en la caducidad creciente. La madurez del alma no vale nada en esta tierra de gases lacrimógenos. Sin derechos humanos.


Leía el Eclesiastés, un libro del Antiguo Testamento, en hebreo llamado Qoheleth, o cohélet, según la traducción alejandrina judía. Esa palabra se identifica como “el hijo de David, rey en Jerusalén”, tradicionalmente atribuida al rey israelita Salomón. Significaba orador o predicador ante una asamblea. Este es mi libro favorito de los que componen la Biblia. Encontré una estructura en la que alguien se va conociendo cada vez más a sí mismo, con un Yahvé que estará ausente cuando uno está asenté. Y esta obra, la más sabia de toda la Biblia, no nos concede solaz, si aceptamos dicha sabiduría.

Dice Cohélet: “¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?”. Quiero citar ahora algunos versículos de la sabiduría de Salomón: “Corta y es triste nuestra vida; no hay remedio en la muerte del hombre ni sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. Al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente. Caerá con el tiempo nuestro nombre en el olvido, nadie se acordará de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de nube, se disipará como niebla acosada por el sol y por su calor vencida. Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte, porque se ha puesto el sello y nadie regresa”.

¿Es esta la sabiduría de la aniquilación? No lo sé, no lo creo. El siglo XX conoció la “sabiduría” de Mi lucha, en alemán Mein Kampf, receta para la “solución final”; es decir, la exterminación de los judíos. O uno de los mayores genocidios de la historia: el exterminio deliberado, por hambre, de siete millones de ucranianos. Fue una decisión política de Stalin que pretendía así “disciplinar” al díscolo campesinado de Ucrania.

Sabemos que Némesis, hija de la Noche, era una diosa venerable del panteón griego. Es nuestra mortalidad, nuestra mala suerte, nuestro flagelo. Creo que la ausencia de sabiduría se centra en ella.

Yo me pregunto como el Salmista: “¿Cuál es la medida de mis días?” De los ocho primeros versículos del capítulo 3, copio: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo”. Antes del fin, Cohélet: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos y se echen encima años en que dirás: ‘No me agradan’; mientras no se nublen el sol y la luz, la luna y las estrellas, y retornen tras la lluvia”.

Y antes del largo adiós, recordaré al poeta Miguel Hernández: “Espérate, muerte, espera/espérate a que me muera/cuando te lo pida yo”. Cuando la guerra haya terminado.

30 de noviembre del 2017


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