Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Sananes - Carta a mi hijo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Alberto Sananes - Carta a mi hijo. Mostrar todas las entradas
domingo, junio 21, 2015
ALIJOS DE COCUYOS
Para George Henrique
Hijo
Sabes bien que nunca he santificado los días, ni creído que en uno solo
de ellos puede recogerse el amor que navega durante toda la existencia. No creo
en esas horas que otros hacen suyas por unos instantes para celebrar un vínculo que sólo se gesta en el transcurso
de un vivir de entregas.
Pero, hoy, cuando muchos festejan con sus padres, y tú te acercas al
corazón de tu madre, mira a lo alto de las colinas donde quedé sembrado. ¿Sabes
cuántas semillas germinaron desde entonces?
No hay tiempo, hijo, que no haya estado en el envés de tus enseres,
dejando mis señales escritas en tus cuadernos, en el interior de los zapatos
que van construyendo tus caminos, en la algarabía de tus amores niños.
Y hoy, como todos los domingos, saldremos a celebrar la pervivencia de la
vida, el milagro de los abrazos y esas conversitas que dan cuenta de tu
crecimiento, medido en la corteza de los árboles, en la velocidad de las aguas
que colman el río, en esos tus ojos que van pincelando el porvenir.
Miraremos con reverencia ese lugar en el cual la montaña se le encima al
cielo para regalarle su verdor a la neblina, y jugaremos como siempre a bajar
la escalinatas de la risa, armados con escudos de viento y colibrí.
Ya sé que en este julio alcanzarás una de tus cimas. Y recuerdo con
precisión la geometría de la esperanza dispersa entre tus libros y el alto arte
de los números acicateando tus asombros. Y yo contigo descifrando el peso del
trinar de un pájaro, o tratando de explicar en qué clave la mazorca deletrea su
canto de pan.
Y desde mis aposentos de luna creciente, que cada estación me dibuja en
las madrugadas aquella niña de trenzas que jugaba conmigo en los patios de los nísperos,
te traigo ardides de vuelo, conjeturas de páramo y frailejón y el abecedario de
ese pueblo mágico que nos alberga, con olor a hierbas húmedas y neblinares de
resurrección.
No olvides que sólo basta que gires hacia el silencio que baja desde las
montañas donde se envuelve, en el verde de las hojas, la leche que se hace
queso en el polvorín de manos amorosas.
Desde ese territorio alado donde las nubes bajan a encontrarse con las
lágrimas para regalarle al río el rocío que habrá de cubrir la bella flor que
abre a las once de cada amanecer.
Y que allí estoy y estaré cada día buscando para ti alijos de cocuyos y cesterías
de ilusiones.
Cuídate y cuida a tu madre,
Tu padre
sábado, junio 15, 2013
ALBERTO SANANES - CARTA A MI HIJO
CARTA
A MI HIJO
MÍO FUE EL TIEMPO DE LOS SILENCIOS
Y LAS BÚSQUEDAS INCESANTES
George
Henrique
Sabes bien que nunca he cultivado los días inventados
por los otros. Me gusta celebrar los que inventamos nosotros, cada día, en el
trajín de las dificultades y en los resplandores de las alegrías. Todos los que
pasamos juntos desde el día que llegaste al regazo de tu madre a avisarnos que
venías en camino.
Y todos los que tuve que estar ausente sin poder ver cómo
iba creciendo el centimetraje de tu sonrisa. Mío fue el tiempo de los silencios
y las búsquedas incesantes. Mío este corazón que antes de tiempo me anticipó
una despedida que fue solo de espacio mas nunca de presencia.
AHORA TODOS LOS MINUTOS LOS PUEDO
PASAR CONTIGO
Ahora, que no tengo que preocuparme por llegar a
tiempo a parte alguna, que no debo andar
haciendo cálculos a beneficios ajenos, que ya no miro las noticias ni reviso si
el precio del gas subió o bajó, ahora
que puedo ir caminando a tu lado sin temor a que me tropiecen, que no tengo que
cerrar candados y puertas, ni salir corriendo a ver si los medicamentos llegaron
o no a la farmacia, ahora, hijo, todo los minutos los paso contigo.
Y hoy, hijo, nos vamos de paseo. Te llevo a donde tú
quieras. Tengo aún en mis zapatos algo de los arenales de Coro. Y el día que
estrenaste tu traje, me quedé toda la noche en el nudo de la corbata para
cuidarte. Me sentí muy orgulloso de tí y de tu madre. Y me di cuenta de pronto de
cuánto has crecido.
PODEMOS ADENTRARNOS EN LA INMENSA
VENTANA DE LAS ESTRELLAS
Podemos subir a las colinas que se divisan desde el
balcón de la casa de tu abuela Victoria. Allí donde íbamos a comprarle los
quesos a tu tía Mery. Podemos tomar el camino de los páramos y adentrarnos en esa
inmensa ventana de las estrellas, mientras amainamos el frío con un calentao. Podemos
ir a jugar pelota. Ya no me duelen los brazos, ni me canso al correr. Puedo
verte mientras te anudas la última cinta que te acabas de ganar.
Podemos ir a Torococo, para que yo vea cómo han
crecido tus sembradíos y cómo has aprendido el hermoso arte de cultivar la
tierra y los amigos que allí te aguardan con afecto.
O tal vez tomemos un avión y nos vamos a Caracas a ver
al tío Jeijei para que te lleve a correr al parque. O para que acompañes a
Agustín al Jardín Botánico a ver los lirios de agua y a los hijos de la palmiflora.
Y DESPUÉS NOS SENTAREMOS A CONVERSAR
Y después de todo eso, nos vamos a sentar juntos a
conversar. Echaremos cuentos. Yo te contaré de mis andanzas de niño y tú me dirás
de tus días de muchacho grande. Tu madre, como siempre, nos hará algunos de sus
deliciosos manjares. Y mientras otros corren a comprar regalos, a cumplir con
la formalidad de darle un abrazo al padre que poco han visto, tú yo, estaremos
inventando los días porvenir.
VOY POR LOS ESPACIOS ABIERTOS TOMADO
DE TU CORAZÓN DE HIJO MARAVILLOSO
Todos los días
converso con tu tía Mery ella y me tiene al día con tus vuelos. Quiero que sepas que estoy con la
Abuela Luna viendo los partidos de beisbol. Que ya no cargo equipaje ni maletín ni cables
de computadora. Que voy por los espacios abiertos abriéndote paso, hijo. Tomado
de tu corazón de hijo maravilloso.
NO OLVIDES QUE ME GUSTA MUCHO REIR
Ahora tengo más tiempo que nunca para quererlos y
protegerlos. Y quiero que así lo sientas y sepas cada día de tu vida. Y que me
nombres siempre con alegría. No olvides
que me gusta mucho reír. Y cumplir con todas mis tareas. Algunas noches
hasta me pongo a cantar, como me gustaba hacerlo. Y me pongo a
recordar la primera vez que te erguiste y comenzaste a caminar. Y aquel escalón
que tu tía Mery cuidaba con tanto celo, para que no te tropezaras con él.
AHORA QUE MI PECHO FUNCIONA CON LOS
LATIDOS DEL UNIVERSO
Ahora te toca a tí construir y guardar memorias para
que en los días de lluvia o en las noches de tempestad me las cuentes. Yo
mientras te entregaré a cambio pedacitos de nubes, diminutas fogatas hechas de polvo
de estrellas, amaneceres de mandarina, cestas
de golosinas de las que mandaba hacer la abuela Victoria para acompañar los
desayunos de arepa de maiz pelado, queso ahumado en hojas de frailejón y pizca andina. Y todos los suspiros que me
caben en un pecho que ahora funciona con los latidos del universo.
Te quiero hijo. Te abrazo. Te acompaño.
Muuucho
tu padre Alberto
15 de junio del 2013
Etiquetas:
Alberto Sananes - Carta a mi hijo,
MS Memoriales
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)


