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sábado, enero 20, 2024

DEL OLVIDO Y LA MEMORIA




Miro hacia fuera
sé que no estás afuera
porque adentro
laten pájaros
y canta un clavel
la esencia de tu ausencia


El pez danza su amor en el mar. Su rumor lo identifica entre todos los otros que respiran su misma sal. Y entre burbujas construye una memoria sin la cual no existiría música en los vastos océanos del vivir. El olvido se siembra en el pescador que lo atrapa. Y el amor brota de nuevo en la especie que no se extingue. El olvido es el envés del rumor, o el silencio de las turbulencias. Y sobre esas soledades se reconstruye una y otra vez una memoria que no se detiene y que escribe sus rumores en el lenguaje del agua que es infinito.

Así el olvido y la memoria no es más que un mismo talismán que se prende de nuestros días para bordar el tejido de una travesía que no cesa. Entre ambos construyen una estructura hecha de hierbas y oleajes marinos, de jacintos y astromelias, de pájaros que juegan a robarle su andar a las mariposas. En medio, rostros, gestos, caminares se entrecruzan dejando sus señales en los andenes del vivir.

De uno y otro estamos hechos como en la filigrana del trigo o los pliegues amorosos del maíz. Entre ambos el ámbito del suspiro es como una línea en espiral que va y viene de uno al otro nutriendo el amor y el desamor.


Olvida, no se puede escribir
al borde del abismo si uno no se ha lanzado aún
y no conoce, a fondo, el vértigo que pende
en el vacío o el vacío de caer
desde tus brazos hacia el olvido.


¿Y qué puede ser el olvido sino el rubor que se acantila al anverso de las mejillas? ¿Y qué puede ser la memoria sino ese rojo atardecer que desde las manos se esparce sobre todo lo que toca? La memoria tiene un sabor a duraznos. Y el olvido es un durazno sin morder que se arremolina sobre los ojos, aguardando.

La memoria y el olvido son como un concierto para dos instrumentos que se conjugan en una sola armonía, aunque jueguen a ir por compases distintos, para luego encontrarse y desencontrarse desde un andante, que se quiebra en un adagio hasta alcanzar un allegro, que se adhiere como una piel a las horas, como el testimonio de que hemos vivido.

Entre ambos somos este girar entre nebulosas y honduras que se mecen en los precipicios que aún no hemos recorrido. Somos ese asombro a orillas de un pozo que aún aguarda llenarse de agua y un horizonte extendido como una saeta en melancólica dirección al amanecer. Entre ambos, somos un diminuto intervalo en incesante procura de floreceres.


Introducción a la nota sobre Rumor de Pez del poeta 
René Rodríguez Soriano
publicada en Media Isla y en Embusterías en los siguientes enlaces.



Los dos epígrafes pertenecen a ese libro

foto / mery sananes
publicado inicialmente en Media Isla en el 2010
y en este blog en agosto del 2011
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lunes, junio 03, 2013

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO - A PEDRO MIR - OTRA LEYENDA DE COLORES



La libertad como un antiguo espejo
roto en la luz, se multiplica más...

Pedro Mir


 

Azar del azogue


No sé talismán dónde andará mi cuaderno azulito de finales del bachillerato, fue lo único que pude salvar del incendio de esos días. Los guardias y las bandas, desbandados, vandalizaban hasta a la barbarie. Yo venía de la escuela y escribía lo que no estaba en los libros de enseñanza. Nadie cantaba completas las estrofas de la oración de la patria, y ciertas letras habían sido escamoteadas de todos los manuales de historia y de geografía.

Eran tan largas las tardes, y tan lentos los olvidos... Aludir el oído de las paredes, en sí, ya era un delito. Yo venía de la escuela y, con un lápiz incierto, escribía en mi cuaderno las palabras prohibidas. La radio era un continuo parpadeo insensible lleno de letanías, un posible, un tal vez, instrumento vacío lleno de sierpes y lentejuelas. Yo volvía de la escuela y aprendía en los zaguanes, flirteaba en los interlineados para leer, para oír y anotar. Disentir no era un verbo, era ponerse a tiro. Leer u oír a Pedro Mir... ya lo era todo.

Eran los años duros, los setenta. La vida era una sola sobre los fusiles, y el poema un aliento. Una escaramuza, un esguince para cruzar al siguiente. Una torcedura para enderezar el día, cada día. Y así, gigante y luminoso, entre las coseduras de los libros con portadas del catecismo, en los descampados y en las azoteas, se esgrimió el poema. Tomó cuerpo en las almas. Yo venía de la escuela aquella tarde y en la radio, una voz, quebró el azogue y la ceguera. Salió a la calle la inocencia. Aún no sé de qué sirve el poema, pero sé que, en un país pequeño y agredido, un poeta pequeño y aguerrido supo encender antorchas apagadas.

Amén de mariposas


Eran otras tardes, las recuerdo. La radio y los aires enrarecidos vivían poblados de turbios nubarrones, pero uno, aunque los sentía cernirse como filosas dagas, se hacía de la vista gorda. Era la mejor forma de oír la música y de leer los mensajes sin miedo a las sordas paredes o las patas de los briosos caballos y arrogantes cancerberos del abnegado y putativo padre de nuestras culpas y desgracias.  Es cierto que hubo quienes aprendieron a leer entre líneas. También quienes aprendieron a entresacar las mejores melodías de entre las filigranas de los aires viciados y mentidores.

Plumón de nido nivel de luna
salud del oro guitarra abierta
final de viaje donde una isla
los campesinos no tienen tierra.

Al margen de las inauguraciones de puentes, plazas y avenidas, otra ciudad se hundía en la ignominia, y en los programas con mayor audiencia cantaban los cantantes oficiosos dulces y aladas canciones de sopor. Fue una  de esas tardes que sintonicé, sin darme cuenta, otra frecuencia que ya estaba abriendo un amplio tajo entre los vientos enemigos; una frecuencia tierna y agresiva que venía a todo tren por los viejos raíles del ingenio, llena de azúcar y de savia para cantarnos la canción.

Los que la roban no tienen ángeles
no tienen órbita entre las piernas
no tienen sexo donde una patria
los campesinos no tienen tierra.

Pienso, ahora lo pienso, es verdad, que despertamos y vimos, nos vimos a los pies, atados, uncidos al yugo del cínico hombrecillo que cada tarde caminaba por el mirador con su sombrero en las manos, ocultando de vez en vez sus afilados colmillos. Multiplicada, parida de retoños, la canción se fue adueñando de las tardes, de la semana y los asuetos, hasta que ya no fue secreto para nadie de que había un poeta en el mundo colocado en el mismo trayecto del asombro y de la luz, sencillamente ínfimo y liviano, capaz de enarbolar la más dulce y tronante voz de rebeldía, y sin embargo, franca e incisiva para hacernos entender quiénes éramos y qué nos pertenecía:

País inverosímil.
Donde la tierra brota y se derrama como una vena rota,
donde alcanza la estatura del vértigo,
donde las aves nadan o vuelan pero en el medio
no hay más que tierra...

Y así fue, a pesar de las pateaduras, de los borbotones de sangre, de las rejas, las desapariciones, de las madres sin hijos y los hijos sin padres y los tiburones y los acantilados y las persecuciones y el llanto y la rabia reprimida, la voz, curtida con guarapo, melao y alcohol, comenzó a tomar calle, abandonando los estrechos conciliábulos y comités, prendiendo la canción y sus retoños por todos los confines de la isla llena de abogados que no son más que placas y silencio, a los poetas que no son más que nieblas y silencio y los jueces silenciosos...

Faltan hombres que arrodillen los árboles y entonces
los alcen contra el sol y la distancia.
Contra las leyes de la gravedad.
Y les saquen reposo, rebeldía y claridad. 
Y hombres que se acuesten con la arcilla
y la dejen parida de paredes.
Y hombres que descifren los dioses de los ríos
y los suban temblando entre las redes.
Y hombres en las costas y en los fríos
desfiladeros
y en toda desolación.
Es decir, faltan hombres.
Y falta una canción...

Eran otras tardes, lo confieso, ya no escucho la radio y, aunque no he dejado de orar porque la bala emplumada del delirio le destemple la risa al penitente solterón de palacio y sus secuaces –que aún siguen pasando las cuentas de su rosario de cruces bajo el ala del sombrero-, sé que no han florecido los camellos en el desierto ni han salido los trenes a las calles, pero el poeta, fatigado tal vez del tufo de los años y la mentira, pidiendo para él, poco menos que “Un nido de constructiva paz en cada palma. Y quizás a propósito del alma el enjambre de besos y el olvido”, volvió al ingenio una madrugada de julio.

Miro un brusco tropel de raíles
son del ingenio
sus soportes de verde aborigen
son del ingenio
y las mansas montañas de origen
son del ingenio
y la caña y la yerba y el mimbre
son del ingenio
y los muelles y el agua y el liquen
son del ingenio
y el camino y sus dos cicatrices
son del ingenio...

Otra zafra vendrá –lo presiento, aunque no encuentre mi cuaderno azulito de finales del bachillerato-, blandiendo sus aperos por los desfiladeros de azúcar y cristales marineros para mostrarnos la tarde americana en la que, entonces sí, Pedro Mir con su guitarra abierta, frutal, fluvial y material, podrá decirnos sin ambages, con palabras, lo que no se puede decir con las palabras... |A Pedro Mir, en las alas de las mariposas

René Rodríguez Soriano, Tientos y trotes, Santo Domingo, Editora Nacional, 2011, p. 163.

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domingo, enero 29, 2012

ANGIE GAONA, ANTICIPO DE SOL



ANGIE GAONA
ANTICIPO DEL SOL

Pero si pones en tu lengua una gota de este dolor
    destilarás quizá un extracto de la admonición:
    una masacre nunca es la última
    todavía no estamos sentados como hermanos y
    sigue siendo un obsceno misterio
    el Mal con mayúscula -
    pero si pones en tu lengua una gota de este dolor
    sabrás que el cabo es también para ti
    la culpa final, cierto, a quién atribuirla
    pero sí es nuestra la culpa finita sí
    y mientras te creas al margen no tendrás las manos
                                                         [limpias.
    No busques culpables, tú mismo has de cambiar
    antes que las manos están los corazones
    y mejor es no ensuciarse que pensar en la colada.
  
Jaime Vandor
Por qué Janus Korszac no llegó a Jerusalem



UNA ESTOPA EN LA GARGANTA

Estas palabras estrujadas unas con otras, como los niños con Janus, quiebran todos los moldes. Se salen de las clasificaciones, se desbordan de los papeles y de las nomenclaturas. Y es lo que queda de pie como estandarte, hasta que alguna vez, -si alguna vez será- que nos sentemos como hermanos y el Mal con mayúscula deje de ser ese obsceno misterio que nos engulle, destroza, inhabilita, trastorna, hasta convertirnos en meros espectadores.

Aquí no hay nada que distraiga. Todo el texto es esa gota de dolor que hay que colocarse en la lengua, hasta que de tanto arder, entendamos que mientras nos creamos al margen no tendremos las manos limpias y que seremos culpables hasta que podamos hablar de la última masacre del hombre contra el hombre. Esto no es literatura, y como diría León Felipe, es una estopa en la garganta.

LA INMENSA TRAGEDIA
DEL HOMBRE

Un hombre muere tras 50 días en huelga de hambre en una celda de castigo de una cárcel cubana.  En la Sierra Tarahumara 50 personas se lanzaron a un barranco al carecer de alimentos para llevarles a sus hijos. Una niña se suicida cuando en apenas unos días iba a parir a su hijo. Seis millones de judíos fueron exterminados por los nazis. Pero ocho millones más, también fueron masacrados, por las mismas fuerzas, en negociación con las fuerzas opuestas, sin que al parecer los números digan algo de la inmensa tragedia que sacude al hombre. Este 23 de enero se inicia el juicio contra la poeta colombiana Angie Gaona acusada de rebelión y narcotráfico. 

UNA MASACRE QUE NUNCA
ES LA ÚLTIMA

Y Angy exclama: “Somos llama / anticipo del sol / aún oculto en esta noche fría / lodazal donde vemos cruzar la luz / cuando nos juntamos.” Y uno sólo tiene la palabra para bordarle un inmenso expediente a un mundo en el cual, dice Vallejo el dolor crece a treinta minutos por segundo. Un tiempo en el cual una masacre nunca es la última, porque todavía no estamos sentados como hermanos y el Mal con mayúscula sigue siendo un obsceno misterio.

Un mal que hemos minimizado a tal altura que convive con nosotros, y ni siquiera nos damos cuenta. En una esquina un niño lo atraviesa una bala que jugaba a ver qué blanco hacía entre dos bandas. Un mendigo desfallece en una acera sin haber logrado reunir lo suficiente para saciar su sed y su hambre. Un hombre dispara porque fue enseñado a matar. Y otro dispara para defenderse hasta convertirse a su vez en alguien que mata.

Ese mal está en el niño que no regresó a su madre. Al que le robaron la sonrisa. A los que no han nacido y a los que languidecen bajo toda forma de hambrunas, como si ese no fuera un holocausto mayor. En el que fabrica, distribuye y consume las drogas. El que mata en nombre de una fe y en el que lo hace sin fe alguna. El que se dedica a contabilizar el horror sin advertir que está inmerso en él.

UN MAL EN MAYÚSCULAS
QUE NO HEMOS PODIDO DETENER

Describir el horror es entonces pasearse por este planeta de fronteras cerradas y mares abiertos a la aventura de huir. De riquezas insólitas y  miserias indescriptibles. Por el dolor del ensañamiento y del ensañado. Por las cárceles de castigo. Por el hacinamiento. Por la pérdida de toda humana dignidad. Por los soldados que pisan los cadáveres de sus enemigos. Y por el niño que carga una bomba a su cinto para producir a su vez decenas de cadáveres.

Por los aherrojados del mundo y por los que cuando pueden comienzan a fabricar sus propios hierros para dejar idénticas huellas. Un planeta en el cual todo se ha convertido en mercancía. Revoluciones, democracias, tiranías, dictaduras todas formas distintas de ejercer un mismo mal.

 LA NIÑA DE HIROSHIMA SIGUE
CORRIENDO DESESPERADA

El hombre común, el hombre a solas, está al margen de las decisiones, y de sus propios destinos. Paramilitares y guerrilleros se juntan en ver quien lleva el horror a un más alto grado. Los tiranos y los defensores de una tal democracia que aún no existe esgrimen argumentos para proceder con permiso a lanzar sus misiles atómicos. Y la niña de Hiroshima sigue corriendo desesperada buscando un lugar seguro que nunca encontrará.

Un cacique llora la decisión de una mandataria de expropiar 400 mil hectáreas a los pueblos ancestrales. Y se recogen firmas. Una mujer será lapidada por un adulterio. Y se recogen firmas. Otro hombre es sentenciado a una cámara de gas o a la horca y las firmas van y vienen.

FIRMAR PARA NO ESTAR
AL MARGEN

Y hay que firmarlas. Hay que hacer algo por conmover la opinión de quienes tienen acceso a estas tecnologías para que hagan bulla, para que le griten en el oído al masacrador, al asesino, al carcelero y a todos los que se convierten en sus cómplices, que hay quien quiere que eso cambie. Que hay multitudes que quieren detener el Mal con mayúsculas, que no queremos estar al margen.

Que hoy seamos apenas una firma en un papel es una señal de que vamos creciendo, aquí, allá, más acá de nosotros mismos y más allá de quienes creen dominarnos, y que hay la esperanza sembrada en un papel de que alguien detendrá la mano, el mazo, el disparo, la arbitrariedad, en alguna parte. Y hay que empujar.

El 23 de enero de este 2012 está previsto el comienzo del juicio de la poeta colombiana Angie Gaona, por protestar contra la injusticia, por afirmar el derecho a disentir de los poderes, por tratar de detener una violencia incontenible que toca todos los estamentos del hermano país, como ocurre aquí y en tantas partes de este desasistido planeta. Por aspirar un mundo distinto, por reclamar libertad.

Firmamos porque la fuerza de estas rúbricas, de estos nombres estampados en papeles, representan las luchas de todos los que al igual que ella,  quieren ser silenciados, ignorados, desaparecidos, domesticados, inhabilitados.

PARA HACER SENTIR UNA VOZ
COLECTIVA

Firmamos para hacer sentir una voz colectiva que está en contra del terror, de la opresión y de la muerte. Un sentir que quiere avanzar hacia una realidad distinta, en la cual el hombre deje de ser una mercancía, un objeto negociable, un ser prescindible.

Y hoy, con esa gota de dolor en la lengua, con esa estopa encendida en la garganta, con la convicción de que el silencio nos hace cómplices y responsables, que nos hace partícipes de un mal, en mayúscula o minúscula que queremos erradicar del vivir, queremos gritar alto, muy alto, como si estuviésemos en el fondo de un pozo.

Alzar la voz, como si fuese un poema recitado, un murmullo de flor, una imaginería desbordada, con resonancia de trombón, acordes de clave y la irisada dulzura de una flauta dulce, para que nos escuchen quienes pretenden culpar de terrorismo y narcotráfico a quien sueña ser anticipo del sol, luz entre lodazales, mano extendida de amaneceres, y para que el poder sepa, dondequiera que esté, que hay un conglomerado, un colectivo, un hombre innumerable que esta allí atento, para detener el horror donde quiera se encuentre y en su lugar sembrarle maticas de amor al porvenir.

mery sananes
caracas, venezuela
22 de enero del 2012



Este texto fue publicado inicialmente en
Media Isla, revista digital dirigida por
René Rodríguez Soriano, en el siguiente enlace
el sábado 28 de enero del 2012.

 Invitamos a visitar la siguiente página en Facebook
que recoge la multitud de adhesiones, mensajes de solidaridad, 
poemas, textos dedicados a la poeta colombiana Angye Gaona
en momento en los cuales se adelanta un juicio en su contra,
en el hermano país de Colombia.

La mayor parte de este trabajo se debe a la incansable 
y persistente labor de la poeta y comunicadora social 
quien ha coordinado este inmenso esfuerzo
para hacer conocer internacionalmente el caso
y para convertir el gesto de apoyo en una
solidaridad activa y una verdadera toma de 
conciencia colectiva 


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lunes, diciembre 12, 2011

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO - SOBRE TIENTOS Y TROTES

 
ESTOS TIENTOS Y TROTES
VAN POR LAS CALLES MÁS HONDAS DE NOSOTROS


LEER PARA CRUZAR SIN TEDIO
LOS PASADIZOS DE LA SOLEDAD

Sólo quien escribe en las aristas del vértigo, nadando en claves de agua, algas, piedras, arena, sal y sed que, a veces cortan de duras, mientras pastan a sus anchas las más tiernas olas de la luz, y quien lee para cruzar sin tedio ni sobresaltos todos los pasadizos de esa soledad más triste que la muerte, puede armar un libro como éste.

Una travesía abrupta como la historia que se lee, porque lo que queda en la memoria es el fuego que se atiza entre sus letras, el verso que atravesó la piel hasta dar con el anverso de la lágrima.

Quien haya leído a René Rodríguez Soriano no se sorprenderá de este texto. Comulga con su desenfado que no es otra cosa que la cobertura de aquel rubor inicial que nunca lo abandona. No pasa leve por parte alguna. Se hunde en cada sitio en el que acampa para hurgar hasta sus raíces, en todo aquello que lo conmueve y mueve. Y así pasa por las historias de los otros que hace suyas de pura pasión. Y con ello invita, sin decirlo, a convertir el acto de leer en otra forma de inédita e indetenible creación.

 UN ANTES QUE ES UN SIEMPRE

Escribe porque un día se le quedó su caballito melao atrapado en la mirada de una niña que nunca se fugó de sus dedos. Y lee porque se secaron los yaguarales cundidos de rocío en los cuales sabía distinguir el origen de la lluvia y el tormento de las tempestades.

Y lee, lee sin piedad buscando el poema que se bebe o se vierte hasta el filo de las tardes, hasta alcanzar las ráfagas de luz que desatan unos versos sobre la piel de un libro al que él entra para leer o leerse.

Este texto es el de un poeta que descubrió el primer verso en la mirada de la madre o en los limonares del padre, y que fue lanzado de pronto a un mundo baldío, donde él asume la ternura por el mango, dejándose llevar por la corriente, subiéndose hasta la más profunda espesura de su gracia.


Un poeta que escribe o sueña que escribe y se ve en los sueños, soñando que escribe cosas. Un niño que con las palabras entre sus dedos las empuña para transmitirlo todo o nada, o para corretear por los patios de la tarde sin alborotar las palomas de la plaza. Alguien que escucha la música que rubrican los seres y las cosas. 

LEER PARA UNTAR LOS DÍAS CON
ZUMOS DE PASIÓN

¿Y quién que así sea no habrá de convertirse en un lector apasionado en busca de  los mensajes cifrados que le anuncian las nubes, las estaciones y el clarear o el oscurecer de las tardes? Lee para untar los días con zumos de pasión y goce, lanzándose hacia la exploración de pardas y arriesgadas zonas del amor y sus melenas, que es su territorio preferido.

Leer para René Rodríguez Soriano es llenar de pájaros sus cielos, darle nombre a la tristeza que lo acompaña desde que el mal del tiempo le dio al viento una migración de balas. Alguien que ha aprendido a manejar con torpes aleaciones, puntadas y vadeos, los sonidos y el tiempo. Alguien que invita a quien le plazca a bañarse con él en las aguas que bailan cerca del remolino.

Y así y sólo así nace este texto que pasea sobre las páginas de sus lecturas preferidas, sin otro acercamiento que el de la piel y el del aire que mueve las hojas, mientras en su interior dibuja sus propios duendes. 


JUGAR AL BORDE DE UN BARRANCO
 
Si algo conmueve es el listado de sus lecturas. Allí no hay propuesta crítica alguna, ni anhelo de dictar cátedra. Es un compartir de pasiones que se deslizan entre sus propios ajetreos pero que dejan tras de sí una huella que toca definitivamente a quien se acerca a ellas. No hay otra elección que esa página que se abre y no se vuelve a cerrar, porque en su madeja se recorre la vida en un solo instante.

Allí el lector de este lector empecinado encontrará referencias a Fernando Delgado, Manuel Salvador Gautier, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Fornerín, Roa Bastos, Fernando Despradel, Alessandro Baricco, Abel Posse, Carmen Posadas, Roberto Marcallé Abréu, Dionisio de Jesús, José Saramago, Marcio Veloz Maggiolo, Antonio Gala, Antonio Tabucchi, Máximo Vega, González Viaña, Sally Rodríguez, Plinio Chahín, Sergio Ramírez, Ángel Garrido,  José Mármol, Fermín Arias Belliard, Médar Serrata, Ramón Tejada Holguín, Luis López Nieves, Pastor de Moya, y sobre una Marguerite Duras que recorre todo el libro incesantemente; un libro duro, fuerte como un aullido.

En un intervalo. RRS incorpora una “Botella al mar, una entrevista en la que suelta sus dedos de leer, sobre un papel que nunca se llena del agua que mueve el vacío de un objeto en viaje sin destino hacia las orillas de uno mismo. Porque a través de todos estos Tientos y Trotes (Editora Nacional, RD 2011), aparece el autor, ejerciendo el oficio mayor que conoce, una vez que tuvo que dejar las yaguas en las que leía los vaticinios de todas las estaciones y la escritura acuática de los ríos en  los murmullos de los peces.

Y así lo dice: “Además de leer las solapas de los libros, leer a Sara, y la morfosintaxis de los clasificados del domingo, me cautiva jugar al borde del barranco. De niño, con mis primos —que vivían al borde de un barranco que daba al arroyito—, solíamos deslizarnos en una yagua que se atajaba en el cafetal. A veces llegábamos hasta el fondo, incólumes sobre la yagua… Me gustan los colores, como me deleitan los olores. A veces, cuando llueve, trazo rectas y curvas en el cristal de las ventanas. No sé qué es. Siento que al leer me atrapa alguna música”. 

DESCIFRADOR DE MÚSICA Y ACORDES
 
Y ese descifrador de música y acordes, es el que se desliza sobre los cafetales de la palabra en busca cada vez de una aventura que no se repite. Ningún hombre es una isla, afirma. Un archipiélago le vibra en cada palmo de la piel, y su canto enciende las paredes y las cosas que le circundan y le dan razón de ser y estar. Tampoco es el nombre, que reduce y aniquila. El hombre es todo lo que evoca y provoca con sus gestos y sus actos; la ciudad crece y se aniquila a su alrededor, y el poeta lo advierte y lo sugiere. Igual el barrio, lugar donde extraviamos “un lirio de mayo” o la escafandra para bucear en las profundidades de la torpe memoria repetida, de la que hablara Benedetti.

Aquí están las claves de este escritor convertido en hacedor de los escrutinios que aparecen registrados en cada palmo de la piel, en busca de de esa razón de ser y estar que persigue el hombre perennemente. Por eso va con los pulmones como esponjas, bebiéndose el aire y el entorno, lanzando sus toscas redes para ver si pesca florecillas del bosque o pizquitas de fusas y semifusas. 

CABALGANDO SOBRE LOS CAUTIVOS
PRADOS DE LA LENGUA

Por ello, quien se autodenomina frustrado timbalero, sabe que un libro es un lago en el cual hay que sumergirse como un buzo, si se quiere alcanzar el canto de las ranas. Que hay que cabalgar a rienda suelta por los cautivos prados de la lengua, contar historias sin historia y bañarse en las ardientes aguas del fuego del infierno donde, en verdad, todos hemos nacido.

Lo dice y lo repite para que no quede duda: “Intento un decir que sale de mis dedos, que piensan o sueñan que piensan… luego escriben. Mucho menos crítico, entendido, analista y diseccionador de contenidos, significantes e insignificantes. Lector sí soy. De esos que, seducidos por el percutir de la palabra, resbalándose sobre el páramo de papel o cristal, danzan la melodía interminable de aquel placer del que, alguna vez, hablara Barthes…” 

CADA TEXTO ES UNA RUTA,
UN CONTINENTE  


Tampoco, afirma, intento “transformar el mundo” —ni siquiera “entenderlo”, como dijo el casi ni citado ya, Carlitos Marx, que pretendieran Hegel y demás pensadores de otros tiempos—, con sentir es suficiente. Leo con placer y en el placer que da leer un texto que fue escrito con placer. Amo el fuego, los puentes y los pasadizos –de Heráclito, de Paz o Efraín Huerta–, los juegos de Cortázar, los chicos en los parques, los caballos pastando y, mientras enarbolo mi pancarta, mi no rotundo contra la ignominia, vuelvo a Plinio”.

Ese es su credo, su propuesta y su andar,  con esa convicción de que cada uno de los textos es una ruta, un continente, por los cuales él navega, a sus anchas, a favor o en contra del viento, a todo velamen por el naranja de las  vibrantes auroras de sus sístoles.

Y así lo propone y dispone: “Bebamos sin asepsia de las limpias lecturas de Aurora (Molina, Pizarnik, Blanca Varela, Ida Vitale, Fernández Moreno, Girondo, Zaid, Huerta y ese Pellicer de “Los azules que se caen de morados”, como los pezones fructuosos de la Zulamita del Cantar de los Cantares). Transitemos las vías sin semáforos y sin puentes. Abordemos la arena misma y sus canales en su Guagua lírica”.

¿Y qué propuesta mayor que esta apertura total que invita a cada lector a encontrar sus propios pasos?  Es ese estremecimiento del lector el que le otorga a un texto su carácter infinito. Cada pupila le abre un horizonte distinto. Y allí en ese mágico vértice escritura y lectura se convierten en el derecho y anverso de un mismo oficio sin fin. Sólo es necesario enamorarse de una palabra que no es mera caligrafía sino bajel para recorrer los ríos de la tierra. 

NO TIENE RUMBO ESTE VIAJE
SIN RUMBO

Y a esto invita rrs, con sus pretextos, textos y contextos, a un antes y otro antes, un después y otro después que se detiene en el intervalo de un paréntesis, para un final que no concluye y en espiral vuelve al sitial de donde parte que es su propia escritura ofrendada al lector que vendrá, como él lo ha sido y seguirá siendo, de lo que será.

Es el acercamiento que desea todo escritor, el que transgrede las normas, olvida los prólogos, deja a un lado las conjeturas de los otros o los vaivenes de una política cultural en la que jamás ha creído ni creerá. Es entregarse al deleite que muerde los ojos hasta hacerlos llover. Es como montarse en un caballito de papel e irse cabalgando a los vastos territorios de la magia o el dolor, de la pasión o el desenfreno, de la ternura que es un enigma, de la cercanía que se vuelve lejanía.

Y éste es su credo: “El agua, como el ojo, es luz que moja los cuerpos. Como la ventana, uno mira a través de ellos, no con ellos. La sed es otra cosa: temblor que irriga el iris, la retina; leer a pecho abierto la relampagueante claridad que nada en las aguas del poema”.

Y ese es el oficio que asume rrs en estos Tientos y trotes que dejan al lector con ganas de leer y de asumir su propia aventura a lomo de cualquier libro, sin fronteras, sin otra pretensión que develar lo que en su interior no alcanza a traducirse en palabra. Por ello se entrelazan lectura y escritura en una sola madeja de hilos estremecidos labrando memorias sobre el dintel del agua.

mery sananes

Publicado inicialmente en Media Isla
el 26 de noviembre del 2011



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