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lunes, mayo 31, 2010

EL BOLERO: HUERTO DE IMAGINERÍAS





a rafa galindo

El bolero es como la colmena a la abeja, la oruga a la mariposa, el nido al pájaro cantor. Es la casa donde habitan las nostalgias de esa perplejidad que somos. La guarida de las pasiones que nos nacen en los linderos de una comisura o en el andén de un suspiro.

El escondite de la melancolía y el paradero central de los amores que van y vienen, sin saber que su solo aletazo deja en el costado una herida que no sana.

El territorio donde todo es posible, la compleja conjuncion entre el olvido y la memoria, el arribo y la partida, el derroche que alcanza el encuentro y la tristeza mayor de las ausencias y las despedidas.

El bolero es el amor que baila y es la danza que se fragua en el espíritu, cuando cesan los acordes. El espacio geográfico del estremecimiento. Y es el regazo donde descansan los sueños que jamás se realizan.

Puede adquirir la majestuosidad de las grandes sinfonías y la ternura del verso más dúlcimo. En un bolero se llega hasta a navegar el mundo entero y aún quedarse en un muelle a la espera del bajel que no ha llegado.

Es la siembra mayor de ese ejercicio inclemente de recordar lo que al fin no fue. El solar de las renuncias. Y el albergue de las esperanzas. El insomnio de las pasiones que no se cuidaron.

Es la melodía que se queda grabada en la estancia de los deseos y que se vuelca como una atarraya sobre los párpados de aquel a quien se ama.

Es el huerto de todas las imaginerías. El telar que mide la longitud de las lágrimas y recoge la musicalidad de los primeros rubores. Es el lugar de todas las camaraderías. Porque el bolero no tiene más horizonte que el corazón desbordado de florerías que pone en manos de los transeúntes del amor.

Su origen está en la primera canción de cuna y conserva aún la fragilidad del sueño que se arrulla. Desviste al rostro de sus corazas y deambula sonoro entre los pliegues del alma.

Quien lo cincela en su voz se hace dueño del aire que nutre las respiraciones y de las sístoles que invaden la sed. Quien lo recibe se hace cantor a su vez y resplandece en su garganta un torbellino de luminarias que van dibujando los infinitos pliegues del amor.

Un bolero es una carta que depositamos en el viento para que alcance el cántaro que alguna vez nos dio de beber. Es una fragancia contenida en una melodía que cuando toca sus raíces se derrama sobre las horas como una enredadera.

Es un espacio sorprendido, una conmoción que registra todas las tonalidades de la caricia cuando traza en el vacío los arcos de su laberinto. Es la palabra en tiempo de congoja y el verbo sacudido de una noche que no concluye.

Es el refugio de la desazón y a la vez la floresta donde crecen silvestres los imanes del abrazo. Es el dictamen absoluto del frenesí y el itinerario de la lluvia que moja las recaderías de amor.

Es el campanario donde se mecen las ilusiones niñas que se niegan a crecer. Un alfabeto que no requiere de consonantes porque su lenguaje es un murmullo de aguas sobre un continente extinguido. Un adagio sin allegros. Un compás que se repite como una tolvanera de pétalos.

El éxtasis de un instante que se fuga sin que podamos detenerlo pero que renace cada vez en la sonoridad de una guitarra que busca sus cuerdas en la altivez de los pistilos.

El desbordamiento de un tiempo que perdura en el breve porvenir de los pelícanos y en la intrincada ingeniería de los andantes.

Una marinería que viene y va del mar a los ríos, que trasvasa las piedras, se detiene en los guijarros, le borda luceros a cuerdas hechas de hiedras, que se derrama de las islas para irse tierra adentro, como un son que nunca se repite, porque cada vez que ancla sus pasajes en la cosecha de besos que inventamos, las embarcaciones surcan rutas inéditas en compases del más alto frenesí.

Un bolero, en síntesis, es la vela mayor de un tiempo que embriaga de amores las estaciones de un vivir que no se vive, sino que se sueña sin tristezas, en la conjunción de los colibríes danzando su algarabía en el diminuto mosaico de una flor.

Este bolero, no ha terminado aún.

texto y foto / mery sananes
25 de mayo del 2010


Publicado en Media Isla
el 29 de abril del 2010




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jueves, mayo 27, 2010

NOCHE DE MAR - RAFA GALINDO




La noche se hace mar de la luna
cuando hay un cantar que se
vuelve besos del amén que busca
quebrar la lejanía que dejan los
recuerdos que están obligados
a regresar al titilar que esconde
el adiós en el sitio de las entregas
que se inscriben en las aguas que
se convertirán en floreceres de un
tiempo que siempre nos devolverá
a los pasos de las huellas que se
sintieron puritas estrellas para los
recados de las olas que se nos vienen
en sal de púrpura y amor


abm



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RAFA GALINDO Y LA CANCIÓN QUE NUNCA SE DESPIDE


Rafael Ernesto Galindo Oramas
EL TROVADOR DE LA RADIO
24/10/1921 - 25/05/2010











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