Jesús
Hace más de dos meses me dijiste que querías que conversáramos sobre un tema en particular: la verdad y la mentira en la literatura. Desde entonces hasta acá, muchos motivos involuntarios, ajenos, han impedido que podamos intercambiar ideas sobre esta temática. Pero no por eso he dejado de pensar en ella. Tú eres alguien muy especial para nosotros. Alguien por quien sentimos un afecto de esos que se anidan en el corazón y allí se queda, como un equipaje cálido que nos acompaña.
Y a falta de haber podido, hasta el día de hoy, hilvanar las palabras para preguntar y repreguntarles si son guijarros que el río hace danzar en su cauce o sin son saetas disparadas al interior del hombre, para irrigar la vida, te escribo estas líneas que dibujan sobre el papel una diminuta espiral que tu deberás tomar para hacerla girar y girar, hasta que alcance la dimensión de la armonía.
En verdad ¿cómo hablar de la verdad y la mentira? ¿Abordaremos acaso la literatura como si fuese un discurso especial, con sus propias leyes, su ámbito de realidad-irrealidad, que podemos desde afuera, dirimir y definir? Esto es tan difícil como calificar la palabra que inventamos para que el paso tenga un lecho de tierra húmeda donde sembrarse.
¿De qué verdad podríamos estar hablando? ¿De qué mentira? ¿Podrá alguien, en algún sitio, establecer el límite exacto entre una cosa y otra? Tocamos el propósito de la palabra, el peso de su materia, la dirección de su vuelo, la específica densidad de su vulnerable y frágil estructura.
Porque si decimos mentira ¿acaso no estamos jugando a quebrantar la ruta de los aterrizajes para adentrarnos en el espeso bosque que cubre los agujeros por donde se asoma el canto de las chicharras? Y si decimos verdad ¿no se trata acaso de que hayamos hecho el recorrido desde los copos más altos al pozo hondo y vertical que invoca las más cristalinas fuentes de agua?
La palabra es un bajel de velas blancas, el espacio diminuto entre los pétalos aromados de un jazmín bañado de rocío en el amanecer. Es el trino que se adhiere a la flor y la estelita de plata que dibujan las caracolas en el océano inmenso de la tierra cuando despierta.
Tiene el don de los ojos que la ven, de la caja de resonancia de quien la recibe como un talismán y la devuelve al viento, enhebrada en hilos de hierba. Tiene la dimensión del infinito cuando la toca el amor. O puede volverse pequeñita, para recostarse en la corteza de los árboles viejos, para marcar allí el círculo del tiempo en las señales del siempre.
Esa es la palabra que cultivamos. La que construimos callada y solitariamente desde nuestro taller de ilusión. Es la palabra vegetal que trepa sobre los muros para pintarlos de verdiazul. Y es la palabra mariposa que hace su viaje desde la oruga hasta el vuelo vertical de las cascadas, tan sólo para describir el arco de una luz.
Es la palabra suspiro que nadie puede atrapar entre sus manos, pero que resiste en su ingeniería sideral la fuerza de todas las tempestades. Es la palabra silencio hecha a modo de cuenca, vasija o ritual para que se convierta en el espejo de los mapas estelares y el paisaje sagrado de las pupilas encendidas. Es la palabra honda que se dispara como un barreno de fuego sobre los espacios deshabitados de ternura.
¿Pero será acaso verdad todo eso, Jesús? ¿O será el anhelo que quiere hacer de la palabra una arcilla moldeable a los sueños? ¿Tendrá la palabra realmente el poder mágico que le otorga el sentimiento? ¿O aparecerá en medio del océano, materia fulgurante, para distraer a los Ulises? ¿Verdad o mentira?
La palabra no es sino el espejo que te mira, para que tú te veas en él. ¿Cuál es la imagen verdadera? ¿La que se estampa sobre el espejo de agua cuando te vuelcas sobre él? ¿O la que el agua te devuelve? ¿Y qué ocurre entre ese trayecto entre tú el espejo? ¿Cuál de las imágenes atraparemos? ¿La que se detiene inmóvil o la que se arremolina, cuando el pez muerde el aire, haciendo con sus aletas un discurso oceánico y musical?
¿Sabe la garganta acaso cuando emite un sonido que es un arpegio o cuando deja salir un grito hondo y largo que se quiebra al final en infinitas aristas de cristal?
La literatura existe porque el hombre un día tuvo que inventar la palabra para atrapar con ella todo lo que había perdido al levantar la primera cerca de la historia del mundo. Entonces creyó que poniéndole límites a las cosas se hacía propietario de ellas. Y se equivocó. Jamás volvió a recuperarlas.
Perdió el vehículo del viento y el equipaje frugal de las montañas. Extravió el movimiento de la mano que construía arcos para que pasaran por ellos la luz y se dedicó a levantar ladrillos para hacerle muros a su corazón. Se le escapó el don de la mirada donde la poesía fluía como un incesante manantial, para quedarse sumido en la oscuridad.
Y allí en ese pozo hondo e incesante, como un orfebre fue fabricando la palabra. Con ella reinventaría la vida que truncó desde su propio nacimiento, para postergar para el futuro la verdadera humanidad.
Con ella se hizo un abrigo, la hizo color y movimiento, grito destemplado, sonido silbante de una bala homicida, piedra de amolar, canción rota, concierto de lluvia, océano de lágrimas, granada que estalla en fruto ácido, compuerta que se cierra, ventana que se abre, amuleto que se hace ritual, caricia breve que recompone el universo en su sola marejada, aluvión o estrépito, golpe de ataúd, pena de penas, solar de jazmines, resaca de todo lo sufrido, sinfonía del universo.
¿Verdad o mentira? El mago siempre serás tú.
mery
noviembre / 1999