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domingo, agosto 03, 2014

A TU DIMINUTA ESTATURA DE GIGANTE




A TU DIMINUTA ESTATURA DE GIGANTE


Marc Chagall

Una carta para el Doctor 
Herman Wuani Ettedgui

SIEMPRE HE CREÍDO QUE ERES ETERNO

Me ha sorprendido la noticia de que algún quebranto te anda rondando. Y cómo no sorprenderme si  siempre he creído  y creeré que eres eterno. Que nada puede doblegar tu diminuta estatura de  gigante. Que ni sequías ni vendavales van a torcer tu camino hacia ese mágico consultorio, casi oculto entre ventas de todo tipo y gente vociferando sus mercancías y frutas, abalanzándose sobre la entrada del metro, deseosos de llegar a alguna parte.

PASABAS CON LEVEDAD DE PÁJARO POR TU CASA

Tú salías de tu Hospital, pasabas con levedad de pájaro por tu casa y de allí te ibas a esa larga lista de pacientes que te aguardaban, a sabiendas de que nadie más podría darles el diagnóstico que tu sola mirada encontraba, aun antes de auscultar la fragancia de su corazón.

Imperturbable en tu oficio, no le das rienda a los hilos de los que la gente se quiere sujetar para huir de la disciplina de tus rituales. Si el enfermo no coopera contigo, todo esfuerzo lo declaras inútil.

 UN FAROLERO EN MEDIO DE LA OSCURIDAD

Sabes que no existen fórmulas mágicas, brebajes encantados, ni milagros. Que tenemos que ser capitanes de nuestra vida para que nuestros estrechos bajeles no colapsen. Y tú eres como un farolero en mitad de la oscuridad que siempre encuentra las causas y das las respuestas.

TUS MANOS CONOCEN EL CUERPO HUMANO CON LA DEDICACIÓN DE LOS ENAMORADOS DE UN OFICIO

Nunca te dejaste convencer por las nuevas tecnologías. Sabes que ningún lente tiene la capacidad de tu pupila para detectar el más lejano intruso. Y tus manos, Herman, conocen el cuerpo humano en forma minuciosa, atenta y con la fe de los enamorados de un oficio.

Reconoces cada pliegue, los detalles, las colinas y las planicies. Y distingues, en un segundo, en el viaje de tus dedos por un abdomen si se trata de una hernia o un absceso, un tumor o una simple celulitis.

NO TE DEJAS ENGAÑAR POR LOS DOLORES QUE IRRADIABAN HACIA EL LADO OPUESTO DE LAS DOLENCIAS

No te dejas engañar por los espejos de los dolores que se irradian hacia el lado opuesto de las dolencias. Identificas la edad con sólo escudriñar el anverso de los pies. Te sabes de memoria, como si fueses un electrocardiógrafo, la estadística de los latidos y las reverberaciones de las sístoles.

Cómo entonces, Herman, podía yo pensar que un día algún ente extraño pudiera interrumpir tu meticulosa, disciplinada y ceremoniosa travesía hacia tus aposentos de sanación. 

 EN UN HOSPITAL JAMÁS FUISTE PACIENTE ERES  Y SERÁS SIEMPRE EL MAESTRO

En un hospital jamás fuiste paciente. Eres y serás siempre el maestro, el sabio, que nunca se preocupa si los demás se enteran. Son tus alumnos quienes beben sin límites, una enseñanza que se libra sobre el cuerpo y la mente, el espíritu y el corazón, más que en los libros.

Sabes que al médico no lo hace la lectura de muchos tratados, sino la pasión que se le desborda ante un síntoma, una enfermedad, una dolencia que le corresponde definir, precisar y sanar.

TUS ALUMNOS, COLEGAS Y PACIENTES DEL HOSPITAL VARGAS
CONOCEN EL SILENCIO DE TUS PASOS

Silencioso en tus pasos, podías pasar desapercibido en una multitud, pero, Herman, cómo saben de ti los pasillos del viejo hospital Vargas, tus colegas profesores y médicos, los pacientes acomodados simétricamente en largas salas, aguardando tus revistas,  y el corredor que lleva hasta tu consultorio.
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