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jueves, abril 16, 2015

DE ARMANDO QUINTERO A CHARLES CHAPLIN

Cuando el hombre, como el abuelo, aprenda a leer en el libro de la lluvia, a reconocer en los astros su morada primigenia, a sumar que no a dividir y a convocar siempre la vida, por encima de toda muerte, entonces habremos comenzado en verdad a convertirnos en seres con pensamientos mágicos y en gente capaz de restituirle a esta triste planeta su condición jardinera, su dimensión de finita estación solar, su rúbrica de amor enastada en el bajel de la eternidad. Y en ese espejo sideral, por primera vez, nos reconoceremos como hermanos, capaces de desplegar en el viento el secreto de esa flor de sonrisas sembrada en el corazón de los abuelos y los niños. mery sananes


¿QUÉ HACES, ABUELO?

La abuela asevera que Sarita se parece mucho a su abuelo, en casi todo.

Mira, es como si él hubiera nacido de nuevo, pero con faldas – le dice, al alcanzarle una foto vieja - Ni más, ni menos.

Sarita piensa, al ver la foto de su abuelo cuando niño, que es verdad. Y lo disfruta.

El abuelo de Sarita tiene unas cejas pobladas y un bigote canoso y abundante. Como si al frente tuviéramos a Groucho Marx, en persona, teñido de blanco.

¿Qué quieres ahora? – le pregunta el abuelo, al sentir que los dedos de Sarita restriegan sus cejas y bigote y, luego, mira con cuidado su mano.

Nada. Sólo quería saber si los tenías pintados.

Una tarde lluviosa, el abuelo estaba muy cerca del ventanal abierto de la sala.

¿Qué haces, abuelo? – preguntó Sarita, que lo observaba desde hacía rato.

Escucho el libro de la lluvia – respondió el abuelo, con una sonrisa.



¿Escuchas un libro? Un libro se lee, por tanto se ve y no se escucha.

Ven, acércate y ponle mucho cuidado a los sonidos – sugirió el abuelo.

Y Sarita aprendió que las gotas de lluvia no suenan igual al caer sobre el agua, sobre las hojas de los árboles, las baldosas, el cubo de basura o los cristales.

Abuelo, ¡es música! – dijo Sarita, asombrada – La lluvia tiene una orquesta.

Una noche de luna, clara y estrellada, el abuelo estaba en el centro del patio.
Miraba al cielo y hablaba entre dientes.

¿Qué haces, abuelo? – preguntó Sarita, acercándose.

Llamo a las estrellas por sus nombres.

Y Sarita aprendió, primero, a reconocer a las estrellas porque titilan. Supo dónde están Sirius, Aldebarán, Arturo, Cástor y Pólux. Y supo de la Estrella Polar, y del nombre de muchas otras que ya ni recuerda. Luego aprendió a distinguir a algunas constelaciones.

Una mañana el abuelo estaba en la mesa de la cocina, como sacando cuentas.

¿Qué haces, abuelo? – preguntó Sarita, al verlo.

Estoy tratando de resolver un problema sin dividir.

¿No me digas que no sabes dividir?

Si. Pero no me gusta. Y si puedo evitarlo, prefiero no hacerlo.

La manga siempre larga de la camisa del abuelo estaba recogida. Sarita vio, por primera vez, algo que nunca había visto. En el brazo de su abuelo había unos números tatuados.

Sarita recordó esos sueños que a veces tenía, con los hombres de uniformes y cascos oscuros que persiguen los reflejos de una luz diferente en las personas.

¿Qué haces, abuelo? – preguntó Sarita - ¿Porqué los ocultas?

No, Sarita. No los oculto. Les pongo un velo para que la muerte sepa que no la olvido pero, siempre, voy a enfrentarla con más vida.

Sarita aprendió así del humor resistente, como una flor de sonrisas, de su abuelo. Supo de la ternura de su caminar y de lo constante y solidario de su hacer.

Y supo por qué, desde que vio una película muda de Charlie Chaplin, sintió que su abuelo se parecía, en casi todo, a él.


ARMANDO QUINTERO LA PLUME
Cuentos de la Vaca Azul
lavacaazul@cantv.net




Armando

No todos tus cuentos me gustan por igual. Y así debe ser. Sólo que hay algunos especialísimos, donde toda tu magia, tu sabiduría y tu amor, se te salen a rienda suelta. Y este cuento es uno de ellos. Tal vez porque siempre imaginé el libro de la lluvia, porque siempre he querido aprender a nombrar las estrellas, porque siempre he soñado en no tener que dividir. Y porque todos los días trato de parecerme más a ese abuelo, para que mis nietos algún día me recuerden así, como lo hace sarita. Torpe para las cosas útiles, difícil para cumplir un horario y llenar un formulario, pero siempre intentando leer el libro de la vida que está allí frente a nosotros aguardando que comencemos alguna vez a encontrar nuestro propio abecedario. mery sananes

29 de mayo del 2006
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martes, julio 21, 2009

CUENTERÍAS


 


Hoy las embusterías vuelven a tomar el cauce de las cuenterías, de mano de un mágico fabulador, capaz de convertir al adulto más serio, en un niño otra vez.

Porque siempre el niño está antes que cualquier otra cosa. Es el inicio de lo que somos. La estación primigenia. Donde los sueños son lo natural. El encantamiento lo cotidiano. El asombro el abecedario niño que se confunde con el lenguaje de las hormigas, los pájaros, los saltamontes y las mariposas.

Sólo que después crecemos, como si fuese obligado alejarnos de nuestras más profundas raíces, para comenzar a ser una pieza social que otros ubican y determinan.

El cuento es siempre un regreso al niño que somos. Es la memoria y la travesía. Es la invención que hace renacer la ternura. Desenvuelve los sentimientos más hermosos. Nos devuelve los lazos que nos hermanan con el otro, que también somos, con el aire, la lluvia, el paisaje y el universo.

Leamos pues este texto de Armando Quintero, el creador de La Vaca Azul, poeta y pintor, cuentacuentos, maestro y profesor, pero por sobre todas las cosas, un ser del que manan los cuentos como la miel de un panal. MS

-1-
Los cuentos nacen de las palabras vivas, sonoras, vibrantes y significativas. Poseedoras - aún - del aroma y del sabor del café o del chocolate que se expanden con ellas en espirales maravillosas, desde las tazas y las bocas, a los corazones enternecidos de los hombres y mujeres que las comparten.

-2-
Los cuentos nacen de las palabras que brotan en las hogueras, los patios, las reuniones, es decir, en todos aquellos espacios que comparten los que hablan y los que escuchan.

-3-
Los cuentos crecen, como los girasoles – siempre vivos y luminosos- de Van Gogh, para adornar los centros de las mesas en la sencillez de las casas, los apartamentos o los lugares donde el hombre vive, donde el hombre es.

-4-
Los cuento se donan desde adentro, como los frutos maduros y frescos de los bodegones de Cézanne: servidos para todos, en la mesa de todos.

-5-
Los cuentos son el corazón, son los pulmones, las entrañas todas de los que cuentan y de los que los escuchan. Y se dicen - “con toda la voz y con todo el cuerpo”- para verlos, más que para oírlos.

-6-
La gente que escucha los cuentos y la que los cuenta ha aprendido que se hacen más hermosos con cada cuento. Por ello, los cuidan mucho: desde el mismo momento en que los eligen, hasta más allá de los momentos en que los donan.

-7-
La gente que escucha los cuentos y la que los cuenta se divierte, por igual, en reinventar los cuentos para que los reinventemos. Como ha sido por los tiempos de los tiempos y, entre todos, seguirá siéndolo.

-8-
La gente que escucha los cuentos, y la que los cuenta, se despiertan con la llama viva que funde el esqueleto de cada historia, vibrando con sus sonidos en el viento y, asumen que “se improvisa sobre lo que se conoce, no sobre lo que se olvida o desconoce”, como nos ha aseverado Enrique Buenaventura.

-9-
La gente que los escucha y la que los cuenta conversan a través de la poesía de los cuentos, sabiendo que ninguno de ellos es inocente pero que están llenos de las posibilidades del amor, del humor, de la ternura.

-10-
La gente que escucha y la que cuenta cuentos forjan una conversación común - a su imagen y semejanza - con su tiempo, su espacio, su intimidad compartida.. A cada cual según se cuenta. Con cada cual según se sueña.

-11-
La gente que escucha los cuentos, y la que los cuenta, comparten sus miradas, sus movimientos, sus más pequeños gestos: compartiendo vidas para vivir más vidas.

-12-
A través de todos los lenguajes, la gente que escucha y la que cuenta cuentos, lee el relato que se hace, las historias que se reinventan, el cuento que revitalizan.

-13-
La gente que escucha los cuentos, y la gente que los cuenta, no perdonan a los que les mienten, o a aquellos que se mienten, ya que sus palabras - si es que las tienen - son cántaro roto, imposibilitados de servicio por su propia vaciedad.

-14-
Ante la complicidad de escuchar y de escucharse – que es su decir y su silencio preñado de palabras - la gente que escucha y la que cuenta devuelve multiplicada la voz de todos los cuentos.

-15-
Los cuentos fueron, son y serán creados, recreándose, para guardarse en la memoria de los que vienen y de los que se van.

-16-
Los cuentos serán narrados, cuantas veces la memoria los revierta, en el acto siempre vivo de la palabra que se dice.

-17-
La gente que escucha los cuentos, y la que los cuenta, sabe desamarrar los mundos fabulosos que les abren sus puertas y ventanas para abrir nuevas puertas y nuevas ventanas, que vienen de otras puertas y otras ventanas que se abrieron frente a alguien, en algún momento, en algún espacio, bajo alguna situación.

-18-
La gente que los escucha, y la que los cuenta, agradecen el amor de todos. Como agradecen la maravillosa existencia del Credo de Aquiles Nazoa, los cuentos de Luís Luksic, las tonadas de Simón Díaz, los colores y los matices de Armando Reverón, entre otras maravillosas realidades de lo posible y lo imposible.

-19-
Es desde el amor de donde nacen los mejores cuentos, las historias más grandes, las más pequeñas narraciones: las que todos aceptamos que nos dicen, porque dicen.

-20-
La gente que escucha los cuentos es hermana de la que los cuenta, o viceversa. Aún más: son uno, porque son entre ellos con los otros.

-21-
La gente que escucha y la que cuenta aprendieron que contar es fundar un único corazón no solitario: un corazón solidario, multiplicado y multiplicador. Como siempre lo ha sido, y lo será, por los siglos de los siglos.

-22-
La gente que escucha y la que los cuenta ha sido, es y será como la rosa blanca de Martí: cultivada y cultivadora, en todo tiempo y para todos, entre las palabras de cada cuento.

-23-
La gente que escucha y la que cuenta los cuentos sabe que no sirven a la tecnología. Ella les sirve, entre tantas posibilidades, para hacer correr el viento más aprisa y dibujar arco iris con las palabras que se dicen.
-
24-
La gente que escucha los cuentos, y la que cuenta:
“quebrarán las distancias
con el hilo mágico de la poesía
inscrita en las alas
de una fibra óptica
que tal vez nunca sospeche
la calidad de los pasajeros
que se cuelan entre sus redes
para irrigar la esperanza”

como algunos lo leyeron en un documento poético de estos tiempos, y que han hecho como suyo, por pertenecerles.

Texto de Armando Quintero. Tomado de ¿Cómo contar cuentos?

http://cuentosdelavacaazul.blogspot.com
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sábado, marzo 14, 2009

ARMANDO QUINTERO: EMBUSTERO MAYOR


No basta con decir que Armando Quintero es un cuenta cuentos. Esa es apenas la consecuencia lógica de la materia especial de la que está hecho. Y no porque el camino se le abriera fácil a su innata ternura, o a un corazón capaz de colapsarse cada vez que el amanecer le deletrea la historia de una melancolía.

Nació en el pueblo de Treinta y Tres del Olimar, en Uruguay. Un nombre extraño en un espacio geográfico al que, por razones diversas, hizo que acamparan en diversos momentos poetas, cuenta cuentos, titiriteros y hasta la opresión. Salió de su país perseguido, pero nunca ha abandonado su aldea.

En su peregrinaje se detuvo en todos los andenes, en las orillas donde arribaban pequeños bajeles, en las encrucijadas de carreteras que aún no se han construido, para recoger siempre alguna tonalidad de los colores del arcoiris.

Cuando nosotros lo conocimos, sabíamos que era cuenta cuentos porque no cesaba nunca, ante los niños, de contar historias que los hacían reír o llorar, preguntar o saltar, siempre verle el lado más hermoso a todos los tropiezos.

En aquel tiempo derramaba su poder creador sobre lienzos que dejaron cuadros maravillosos en los que el color se derramaba sobre los pinceles para dibujar una primavera o una luna. Los rostros se hacían difusos en las líneas de sus carbones, sin que por ello perdieran la sonoridad de sus miradas.

Pero un buen día conoció, entre los cuentos de una niña gris, a La vaca azul, que comenzó a darle nombre a su itinerario de contador de cuentos. En su batola blanca siempre hemos creído que si se lo propusiera, podría salir volando en cada una de sus presentaciones.

Sabemos sí que sus escuchas de todas las edades emprendíamos cada vez vuelos más altos, viajes más extraordinarios, simplemente desandando la ruta de la lágrima de nuevo hasta el párpado, el tiempo del olvido hasta el corazón de la memoria, la hora de la tristeza hasta el paisaje claro de la alegría.

Supo entonces, entre sus aventuras, que no quedaría en él esa magia para contar que le salía espontánea desde cada uno de sus gestos. Decidió compartir y enseñar y encontró esforzados y maravillosos alumnos, en el marco de la Universidad Católica Andrés Bello, que hoy se han convertido a su vez en maestros.

Al día de hoy ha cosechado premios y satisfacciones, alegrías sin dejar de recolectar sinsabores. Ha escrito libros, ha ilustrado textos, su poesía tiene el poder del alma de los niños.

Hoy, al celebrarse el 20 de marzo, el Día Internacional de la Narración Oral, nos ha enviado la invitación para los actos con los cuales lo celebrarán. Nosotros nos unimos a su júbilo, para convocar a la vez a niños y grandes a que asistan a estas maravillosas representaciones y a conocer la magia de Armando Quintero y su equipo.

Día Internacional de la Narración Oral
Narracuentos UCAB y parte de sus amigos lo festejan en la Plaza del Estudiante


Hora 12 m.
Fiera o pan dulce
Jenny Fraile (narradora) Betty Rivera (música y canto)

Hora 12.45 m.
Cuentos en colectivo
Narracuentos UCAB

Hora 1.00 p.m.
Bienvenidos al planeta de los seres humanos
Toña Pineda

Hora 1.45
NegritaCuentos en colectivo
Narracuentos UCAB

Hora 2.00 p.m.
Recuentos de la memoria
Armando Quintero

Hora 5.00 p.m.
Cuentos del corazón al oído
Jazira Mosquera

Hora 6.00 p.m.
Cuentos en blanco y negro
Freddy Gamboa y Tiago de Jesús García

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jueves, febrero 15, 2007

NUEVAS EMBUSTERIAS DE ARMANDO QUINTERO


Desde el corazón al oído
Armando Quintero Laplume



Foto de Efraín Esparza
Puño al aire

Sería maravilloso si uno cerrara su puño en el aire. Esperara. Y al abrirlo lentamente descubriera sobre la palma de su mano un pequeño unicornio azul con alas. Y que además lo mirara a uno sonriendo, como invitándolo a dar un paseíto.

Sería maravilloso. Pero...raro. Muy raro.”

Del libro “Lo Cuentos de la Vaca Azul” (Editorial Vaca Azul - CONAC, Venezuela, 2000)

La foto y el cuento que inician este texto tienen una explicación: ilustran dos anécdotas muy importantes entre las tantas que hemos vivido como narrador oral y educador.

El compartirla con ustedes es importante pero el reflexionar sobre ellas es parte de las puertas y ventanas que queremos abrir para la reflexión sobre el maravilloso arte de la palabra viva y la educación que, consideramos, tendría que ser tan afectiva, como eficiente.

He aquí la primera anécdota: Hace unos dos años, en un Festival Internacional que se realiza anualmente en Mérida, narramos para los niños de un preescolar con los muchachos de Narracuentos Ucab. Normalmente, no pasamos de media hora al narrar para niños pequeños pero se notaban tan interesados que seguimos haciéndolo.

De pronto, por un impulso, que sentí devenía de la comunicación que habíamos logrado, narro el pequeño cuento citado arriba, "Puño al aire", que nunca lo había escenificado con niños de esas edades. Hay todo un juego corporal que se inicia con el puño elevado en el aire que comienza cerrándose para atrapar al unicornio en el aire y culmina con las palabras del cuento, pero prosigue gestualmente con el brazo casi extendido, la mano abierta, la mirada detenida en la palma hacia arriba, tal como se ve en la foto.

Allí visualizo un unicornio (¿imaginario?) que abre sus alas y arranca a volar. Mi mirada sigue este vuelo hasta que lo hago regresar nuevamente a la palma de mi mano. Cuando se posa allí veo una niña tan atenta que se lo alcanzo y ella comienza por pasárselo al compañerito que está su lado, éste al que le sigue y con mucho cuidado, sucesivamente, se los pasan uno a uno.

Así llega hasta el niño que está al lado de la maestra que, como nosotros, parecía haber seguido el juego. Emocionado, el niñito le dice:

- Maestra, ¡mire! Y se lo pasa.
- Ella lo toma. Todos sentimos que el unicornio está allí.
Esto que se merece, niñitos - dijo -: ¡un aplauso! - y, sin más, lo hace.
Por supuesto, aplastando al unicornio entre sus manos.


El desconcierto de los niños, no fue menor que el nuestro. Llegamos hasta las lágrimas. Ella, la maestra, no se dio ni cuenta.


A mí, lo único que me salió fue decir:

- ¡Qué bruta!

Más tarde, comentábamos con los narradores sobre el hecho. Nos dolió y nos duele. Sobre todo porque los niños disfrutaban de los cuentos porque lamaestra les leía muchos cuentos y era muy eficiente en ello.

Lamentablemente, no tuvo la sensibilidad de percibir lo ocurrido allí, en ese momento, o de continuar el juego de la imaginación que entre todos nos permitió sentir, con los niños, como la realidad de los cuentos es mágica.

He aquí la segunda anécdota: Tiago De Jesús García, uno de nuestros Narracuentos UCAB (que además nos puede contar los cuentos en su idioma de origen, el portugués) estaba en una actividad con niños de primer grado de uno de los colegios oficiales aledaños a la universidad, uno de esos colegios que constantemente visitamos.
Se atreve a narrarles "Puño al aire" y nota que uno de los niños, regordete, algo retraído que estaba en un pupitre algo separado de los otros niños le ha seguido muy atento. Decide pasarle el unicornio que ya había regresado de su vuelo a la palma de su mano. A acercarse, oye la voz de la maestra:

- ¡No!, a ése, no.
Normalmente, les enseño a mis alumnos algo que Tomás Cacheiro, un excelente educador y ceramista uruguayo, nos decía: - Hay algunos "no" que no hay que hacerles caso. Por suerte, mis alumnos me escuchan y se escuchan.
Tiago obedeció a los llamados de su corazón y le entregó el unicornio al niño que, al principio reticente, luego se lo recibió con una iluminada sonrisa.
Al terminar la actividad, los niños pasan al recreo y la maestra se le acerca para decirle: - Yo te decía que no porque ese muchachito es algo retardado y muy agresivo con todos, en especial conmigo, por eso lo tengo separado.
Tiago, que es todo un caballero, la escuchó pero no le comentó nada. Al salir del colegio, tiene que atravesar el patio del recreo, cuando está casi en la puerta oye una voz que le llama, acercándose:
- ¡Señor!, ¡señor!
Se da vuelta y ve al niño con las palmas de sus manos juntas y extendidas hacia él: ¡Señor! ¡Su unicornio, que se le olvida!
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viernes, mayo 19, 2006

OTRAS EMBUSTERIAS DE SARITA


LA PALABRA MÁS BONITA

Hacía rato que Sarita jugaba con sus hermanos.

De pronto, se detuvo en medio de uno de los juegos.

¿Cuál será la palabra más bonita? – preguntó en voz alta.

No creo que sepas – contestó su hermana – ¡Hay muchas palabras bonitas!

”Mamá”, ¿no es una palabra bien bonita? – averiguó el hermano.

Sarita ya se había ido en busca de su madre.

“Papá”, también. Pero, ¿qué nos importa? – dijo la hermana, algo molesta – Esas son sólo cosas de Sarita. Sigamos jugando.

¿Cuál será la palabra más bonita? – casi llegó a preguntar.

La madre estaba en la cocina, entre un montón de hortalizas frescas recién cortadas. Un sabroso aroma salía desde allí e invadía todo el espacio. Y alertaba los sabores por venir.



¡Está tan ocupada! – se dijo Sarita – Le preguntaré a papá y se lo cuento.

El padre entraba en la sala, acelerado, y con cara de elefante acorralado.

¿Cuál será la palabra más bonita? – logró preguntar esta vez Sarita.

Ahora no – le respondió su padre – Apenas lograré almorzar. Estoy con un presupuesto que debo entregar urgente. Pregúntaselo a tu abuela.

Sarita corrió hasta la habitación de la abuela y la encontró en su mecedora.

Estaba dormida, con un bordado a medio terminar sobre su falda.

¡Qué hermosa sonrisa tiene! – comentó para sí, Sarita - ¡Cómo cuando uno está soñando muy bonito! Mejor, le preguntaré a la maestra.

Apenas Sarita llegó al aula de clases, le hizo la pregunta a su maestra.

¡Ay, muchachita! ¡Qué hago contigo! ¿Por qué no ocupas tu tiempo en los ejercicios de cálculos? – respondió su maestra, a la pregunta de Sarita - Adelanta tus tareas de Matemáticas y dedícate, por una vez, a lo que hacen todos.

Sarita intentó adelantar todas las tareas de cálculo hasta la hora del recreo.
Pero su cabeza no le respondía, y tenía que rehacerlas una y otra vez.

Es que - como todo lo de ella - sólo estaba para la pregunta que le preocupaba.

Sarita se puso a jugar con los números hasta que sonó la campana salvadora.

Sarita regresó a su casa y encontró a su abuelo regando la huerta.

Un olor a tierra y hortalizas removidas invadía el sitio.

Varias palomas, en busca de lombrices y gusanos, giraban alrededor del abuelo.

Oye, abuelo, ¿cuál será la palabra más bonita? – preguntó Sarita.

¿Has hecho esta pregunta a alguien más? – averiguó el abuelo.

Les pregunté a mis hermanos y siguieron jugando. Intenté con mamá, pero cocinaba. Con papá, pero trabajaba. Con la abuela, y estaba soñando. Con la maestra y me pidió que me dedicara a los ejercicios de cálculo. Me faltabas tú.

Acércate y dame un abrazo – dijo el abuelo - ¿Qué sientes?

El calor de nuestro abrazo – dijo Sarita – y el tictac de nuestros corazones.

¿Por qué será?

Porque nos tenemos mucho cariño, por supuesto.

Sarita le sonrió al abuelo.

Y se apretó a él en un intenso y prolongado abrazo.

Ahí tienes tu palabra – respondió el abuelo – Tiene mucho de juegos, de sabores y aromas, de trabajos, de sueños y de cálculos. Es lo que sientes: amor.

Un palomar de arrullos aleteaba en el aire.

ARMANDO QUINTERO LAPLUME
Cuentos de la Vaca Azul
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domingo, abril 09, 2006

DE LAS PALABRAS - HABLA ARMANDO QUINTERO EMBUSTERIAS DE SARITA


Sarita es así.
Como es.
Ni más, ni menos.

Sarita tiene su cabellera rojiza, ensortijada y abundante.
Como si frente a nosotros estuviera un divertido león que sólo se alimentara de zanahorias.

Sarita tiene su blanca cara redonda, con abundantes pecas que le dibujan figuras a su rostro. Como cuando en el cielo aparece la luna completamente crecida, con todas sus manchas al desnudo.

Sarita tiene sus grandes ojos, redondos y azules.
Como si uno mirara el cielo por los binoculares del abuelo, en primavera y sin nubes.

Sarita es así. Como es.

Y, por si fuera poco, tiene una mirada que parece averiguar cómo eres.

Sarita se peina a su manera.Con su abundante cabellera suelta.

O, con dos colas de caballo a ambos lados de su rostro, o una enorme trenza sujetadas con mariposas azules.

Naturales, porque las de plástico le provocan alergia.

Sarita viste como le gusta.

¿Cuándo se vestirá como la gente? – se pregunta la abuela.

Aunque se sonríe al recordar cómo se vestía ella cuando tenía su edad.

Sarita, a veces, sueña hermosos sueños y ve un país donde habitan una vaca azul, una oveja verde y un caballo multicolor que se alimentan de jardines.

Anda, Sarita, ¿no vas a seguir contando? – le dicen sus hermanos.Y Sarita se alegra de parecerse a su abuela cuando habla de sus sueños.

Sarita, también, tiene unos sueños oscuros con unos hombres de uniformes y cascos oscuros, que persiguen los reflejos de una luz diferente en las personas para montarlos en unos trenes oscuros y abandonarlos, largo viaje después, en unos barracones mucho más oscuros todavía.

Oye, Sarita, eso pasó en tiempos de tu bisabuelo – dice su madre.

Sarita se entristece porque sabe cómo esto pasa, aún, fuera de los sueños.

Y Sarita imagina un universo donde cada uno acepte al otro por lo que es y no por lo que quiere que el otro sea.

Por eso Sarita cuenta de un pequeño unicornio azul con alas que se posa en la palma de la mano como invitándola a dar un paseo por cada lugar del mundo.

Lo ves o no lo ves – dice Sarita – Es una posibilidad que es tuya.

Y Sarita se alegra porque sabe cómo esto siempre pasa cuando lo deseamos.

Sarita es así, como es.

Ni más, ni menos.

Y uno se pregunta, una y otra vez:

¿Cómo sería nuestro mundo sin personas como Sarita?

Y uno siempre se responde:

Si en algún lugar del mundo no hay una Sarita habría que inventarla

¿no te parece?


ARMANDO QUINTERO LAPLUME
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domingo, diciembre 11, 2005

EMBUSTERIAS DE ARMANDO


LOS TESOROS
Guardar puñaditos de arena, montoncitos de tierra, caracolitos, hojas de árboles, florecitas secas o pequeñas plumas de pájaros es mantener vivas en nuestra memoria las playas y los caminos recorridos, los montes y montañas ascendidas, los mares y ríos donde nos hemos sumergido, los bosques, los prados y jardines que hemos disfrutado, los deseos de libertad sentidos o –al menos- los de no tener los pies sólo en el suelo. Guardar esos tesoros, es hacer pasar por nuestro corazón la maravillosa posibilidad de ser uno de los tantos Hacedores de Mundos Vividos.

Guardar los abrazos recibidos, los besos que nos han dado, los regaños merecidos, los errores enmendados, los poemas leídas, los cuentos escuchados, intercambiarlos –permanentemente- entre todos, próximos o lejanos, tanto como el compartir esa riqueza (que hemos cotizado no al precio del dinero, sino al valor de los amigos), es como acercarse a ser uno de los muchos Hacedores de Hombres Vivos.


Armando Quintero


Esta es apenas una partecita de un libro fabuloso, llamado De tiempos inmemoriales, de un mago maravilloso, cuenta-cuentos, pintor, artista y poeta llamado Armando Quintero Laplume.

Un hombre que en el lugar de su corazón ostenta un arcoiris con pretensiones de ser cometa, que se nutre de mariposas y pájaros, que tiene el don de convertir las palabras en cuentos y los cuentos en sonrisas que van a sembrarse en el corazón de los niños.

Es él mismo un niño disfrazado de gente grande que se siente incómodo con una indumentaria que no pertenece a su estirpe de asombro y de sueños.

Un Hacedor de Alegrías, un ingeniero de la ternura y un arquitecto persistente de complicadas estructuras aéreas que viajan hasta el país del alma para germinarlo de luceros.

Recién sale este nuevo libro, publicado por Editorial La Casa Tomada, Caracas, 2005.

Es el cuento de cómo La Tierra que en sus principios era apenas una pequeña roca sin vida, tan pequeñita, tan chiquitina, que podía caber cómodamente en la cajita de fósforos que estaba en el bolsillo de la chaqueta del Primer Hacedor, fue creciendo de mano de los Hacedores de la Vida hasta crear al hombre y su asombro, en el entendido de que “todos llevamos un universo por dentro, bien bonito del cual podemos ser sus Maravillosos Hacedores”.

Quien quiera saber más escríbale directamente al autor: lavacazul@cantv.net
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