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jueves, abril 16, 2026

OTILIO GALÍNDEZ Y SUS COCUYITOS DE ALEGRÍA






DE SU VIVIR


DE SU ESCAPE
Hoy ya suman nueve los años en los que partió
Otilio a hacerle compañía a los cocuyos. Sabía que había
dejado sembrados sus cantos en el corazón del vivir
y desde estas Embusterías seguiremos siempre esparciéndolos
porque nos ayudan a reencontranos con quienes somos
aunque nos sigan arrebatando de manera creciente hasta la
respiracion. Su canto siempre será un escuido, una estafeta
para los sueños, una ilusion de amanecer.
13 de junio del 2018

Otilio

Hoy se cumplen un mes de tu travesía por los charquitos, buscando el árbol que te dijera a dónde se han ido los amores que se te hincaron en el alma, como una piel. Y vengo a poner en tus manos unos versos que no escribí hoy. Te los escribí un abril del 2004, para festejarte, para alertarte, para cuidarte.

Nunca te los envié. Qué podía imaginarme que te los tendría que entregar cuando ya no los leerías en una hoja de papel sino en la brisa de los campos, en el alumbrar de las estrellas, en el pozo profundo de tu corazón hecho ahora de arroyuelos y cometas, de sonrisas y afanes que no concluyen.

Me consuelo, Otilio, pensando que tal vez así te llegarán más a prisa. Que sabrás recogerlos en los suspiros que dejaste regados por todos los espacios en los que tu canción madrugaba de amor los sueños.

Que los encontrarás en el interior de las nubes que ahora cobijan tus estremecimientos. Que se te aparecerán como una ofrenda que tú mismo construiste a fuerza de una ternura, con la que tú mismo peleabas, pero que se te salía por los ojos, como un torrente.

Nosotros nos quedamos con tu canción, con las sonrisas que fabricamos en las noches largas de debatir un acorde, o de radiografiar una gota de luz. Nos quedamos contigo en el adentro de lo que somos, empeñados como siempre, en construirle un escenario a tus poemas de amor, a tus cantos de siembra, a tu música de caña dulce y atardecer.

Y hoy vengo a dejarte estos versos, Otilio, que te pertenecen como el abrazo que nunca dejamos de darte, aún desde el silencio y los días sin sentido de este tiempo de oscuranas. Y sólo te pido, como entonces, que regreses con el verde azul del agua a mojar la tristeza con los cocuyitos de tu alegría.

mery sananes
16 de julio del 2009



 TUS COCUYITOS DE ALEGRÍA

Cuanto diera otilio por recoger
entre el amargo de mandarina
y el aroma a caña fresca
tus palabritas de amor
para echarlas a correr
en una piraguita
bajo la luna grandotota

Cuánto diera por enhebrar
el invierno que se prende de tu canto
romper con el silencio del verano
y hacer que amanezcan charquitos
en el patio de tu corazón
rebosante de agua clara

Cuánto diera por cobijarme
bajo tu mirada vespertina
y regalarle a las mariposas
un tiempo de primavera
para que no te me mueras
un poco cada día
y vuele de nuevo por la brisa
la risa de tu ternura

Cuánto diera por atrapar
el rayito de sol de la mañana
que ilumina la flor de mayo
que germina cada noche
en el recinto de tus suspiros
agüita de hojas verdes
perlitas madrugadoras
para que brote tu copla
cante la lluvia su blanca espuma
y espante para siempre la tristeza

Cuánto diera por esparcir la risa
de la muchacha que pila y pila
para que la luna amanezca
alumbrando pueblos con la luz
irisada de tus coplas
con el sonajero de tus ojos
de tímido fulgor

Cuánto diera porque tu canto
engañara de verdad al coco
disipara las sombras de la noche
envolviera en tu magia el hambre
y pudieras dormir con tu amor
a los tripones del mundo

No se ha ido la tarde Otilio
refulge todavía la mañana de la vida
la flor primera que nos trajo el viento
aguardando que otra vez tu corazón
estalle en versos y tu voz en confituras

Nada más te pido que no llegue
adiós alguno ni despedida
que regreses con el verde azul del agua
a mojar la tristeza con los cocuyitos
de tu alegría



mery sananes
abril del 2004


LAS CANCIONES DE OTILIO
EN SU PROPIA VOZ

MI TRIPÓN


AHORA


PUEBLOS TRISTES


CARAMBA


VAYA UN PECADO


FLOR DE MAYO
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jueves, febrero 26, 2026

CARTA A JAIME VÁNDOR - escrita un 19 de octubre del 2012


Jaime Vándor
del Libro de las Cartas


Jaime


No te conocí hasta que hurgando en las páginas de Carlos Morales, me tropecé con tu poema: Nunca Korczac llegó a Jerusalem. Te referías a aquel gesto de Janus Korczac de acompañar a los niños que él protegía al campo de exterminio de Treblinka. Y lo que allí dices, sobre ese Mal con mayúsculas, del cual de alguna manera, todos somos culpables,  me tocó de una manera tan honda, que ahora te llevo conmigo, cada vez que un dolor trastoca la risa de un niño, o cada vez que estalla una mina, o un disparo alcanza el asombro mayor de la vida.  


Al leerlo, escribí: Estas palabras estrujadas unas con otras, como los niños con Janus, quiebran todos los moldes. Se salen de las clasificaciones, se desbordan de los papeles y de las nomenclaturas. Y es lo que queda de pie como estandarte, hasta que alguna vez, -si es que alguna vez será- que nos sentemos como hermanos y el Mal con mayúscula deje de ser ese obsceno misterio que nos engulle, destroza, inhabilita, trastorna, hasta convertirnos en meros espectadores. 

En el poema de Vándor no hay nada que distraiga. Todo el texto es esa gota de dolor que hay que colocarse en la lengua, hasta que de tanto arder, entendamos que mientras nos creamos al margen, no tendremos las manos limpias y que seremos culpables hasta que podamos hablar de la última masacre del hombre contra el hombre. Esto no es literatura, y como diría León Felipe, es una estopa en la garganta.

Ahora, Jaime, me he asomado a otro poema tuyo que titulaste Hijos, en el cual dices: Hijos del dolor / no es culpa vuestra / mi reloj asigna lejanos lutos / duelo de personas que no he conocido / manecillas enloquecidas me hostigan / ¡ay, ruta solitaria! / y esta alforja de plomo... Y a ellos quieres pedirles perdón.

Y sin embargo, Jaime, todo ese dolor no es algo por lo que tengas que excusarte. Hay un destino en cada cosa, cada tiempo y cada ser. El que se extingue para reverdecer y el que sobrevive para extinguirse con el peso atroz de todo aquello de lo que fue actor y testigo, sobre una piel desguarnecida y un corazón sin costillar que lo resguarde.

Y eres tú, Jaime, y ese penar que se cimbra sobre cada uno de tus días, el destino que nadie sino tú podías cumplir. Tú llevas en el interior de tus vacíos, la mirada de ese niño que Janus llevaba sobre su pecho, camino hacia su propia extinción, y su abrazo colgado del miedo de esos niños,  reinventando desde la muerte el contenido mayor de una alegría que te la dejo a ti, envuelta en el tremor de sus noches.

Cada uno cumpliendo el segmento de una elipse que aún no se fractura para dejar salir el canto que yace entre las cenizas, aguardando.

Qué perdón vas a pedir, si los hijos a su vez son testigos de un horror que no se acaba, de una masacre que no es la última, presenciando, como lo llamaste, el obsceno misterio de un Mal, que cambia de paisaje y de retórica, de abecedario y vestidura, pero que sigue infringiendo las mismas heridas y abriendo las mismas sepulturas.

Sólo que ahora la muerte se fracciona, se divide, para que su orfandad no sorprenda o despierte al hombre de su inútil vigilia a los márgenes del morir.


Si no fuera por ti, y quienes como tú tienen la misma gota de dolor enastada en la lengua, qué de olvidos se esparcirían por las tierras para hacernos creer que alguien ha podido exterminar el mal.

Has cumplido con creces tus deberes, Jaime, como si hubieses hecho el viaje con Janus y sus niños, hacia unas hogueras que no se han extinguido.

Tus hijos, lejos de perdonarte, donde quiera que estén, honrarán la dimensión de tu sacrificio, el tamaño de tu valor y tu valer, porque no sólo, al modo de Janus, tomaste para tí el peso de los ausentes, sino que asumiste esa culpabilidad que todos tenemos, en las masacres de ayer y en las de hoy, porque aún no hemos dejado que colectivamente hable el  corazón, sino a través de esa lágrima tuya, individual, única, que como la de León Felipe, no alcanza a reventar los muros del Mal.

Sólo que debes saber, en el interior de tí mismo, que tu sacrificio, como el de Janus, como el de los niños que Janus acompañó en su destino, harán posible que algún día eso ocurra, que el Mal se extinga, que prevalezca la ternura, que el Amor se haga la fuerza que mueva los engranajes del mundo.

Hoy nos dice Carlos Morales que andas aquejado de salud. Y me apresuro a escribirte porque nunca pude llegar a tus orillas a decirte cuánto significas en las propias batallas que libro contra el Mal con mayúsculas y las Males diminutos y fraccionados que se cuelan hasta por los intersticios de los ventanales en los que crecen las florerías.  

Y esa tristeza se le adhiere a los hijos y a los nietos, a quienes de alguna manera, como tú, suelo aguarles la alegría, con esa alforja de plomo que a veces se me atraviesa en la pupila.

Sólo que la recojo y la convierto en alas de pájaros para que ellos puedan sobrevivir los males de este tiempo con una dosis de magia y de misterio, con unas hojas de trébol guardadas en las páginas de un libro, y una hoja seca recogida en medio de un otoño único.

Hoy te envío todos mis talismanes enhebrados en el galope de caballitos de mar, en el piquito de un azulejo, en el suspiro que dejan en el aire las mariposas, y en el trozo de canción que le regalamos al porvenir.

Ellos llevan poderes sanadores pero por sobre todo, una melodía que acaricia el corazón, un palomar de versos inconclusos, un paisaje tallado en los ojos de un niño que aún no ha salido de su propio asombro. Es decir, Jaime, algunos de los ingredientes de los que estará hecho el porvenir.

Y te los dejo a orillas de tu tristeza, al borde de tu dolor, en el dintel de tus angustias, para que los siembres en el envés de tus pupilas, como un solar de mandarinares.

Con todo mi afecto
mery sananes
19 de octubre del 2012


 Alejandro Marcelo
Adagio



Nota adicional


Jaime Vándor, o Helmut Jacques Vándor, como consta en su partida de nacimiento, vio la luz en Viena, de madre austríaca y padre húngaro, en febrero de 1933. Hacía menos de cuatro semanas que Hitler había asumido el poder en Alemania. Tras la anexión de Austria al Tercer Reich su familia, judía, se refugió en Budapest, Hungría, en 1939. Su padre, que había sufrido mucho a raíz de la guerra de 1914, en el frente ruso y luego como prisionero de guerra en la Siberia Oriental hasta 1920, de ningún modo quiso vivir otra conflagración, y se estableció en Barcelona con la esperanza de poder sacar a su familia de Hungría, cosa que con el cierre de las fronteras no fue posible.

Con su madre y su hermano pasó en Budapest las vicisitudes de la Segunda Guerra Mundial y las persecuciones raciales a partir de la invasión de Hungría por las tropas alemanas en marzo de 1944. Se salvaron de la deportación en una de las “casas españolas” gracias a la protección de los “Justos de las Naciones” Ángel Sanz Briz y Giorgio Perlasca -y como ellos, otros 5.200 judíos húngaros- en los meses que precedieron la ocupación de la capital por el Ejército Soviético (enero de 1945). Gran parte de su familia pereció en el Holocausto.

Reunidos por fin con su padre en Barcelona en 1947, Vándor terminó los estudios de bachillerato en el Instituto Menéndez y Pelayo, en 1951. Se licenció en Filosofía y Letras, Sección de Filología Semítica, en la Universidad de Barcelona, en 1956. Se doctoró en 1987.

La tesis doctoral de Jaime Vándor, de literatura comparada, apareció con el título de Los ricos de espíritu. Estudios en torno a un personaje literario. En dicha tesis establece, partiendo de El idiota de Dostoievski, un tipo psíquico, estable e intemporal, de la máxima perfección humana, con los rasgos comunes y diferenciales de unos cuarenta caracteres, desde Homero hasta el drama y la narrativa del siglo XX.

Paralelamente a sus estudios universitarios, Vándor cursó ocho años de teoría en el Conservatorio Superior de Música de Barcelona, incluyendo tres de Armonía y uno de Contrapunto, así como Paleografía Musical y Musicología en el C.S.I.C. Impartió Historia de la Música y Formas Musicales en el Colegio Mayor Virgen Inmaculada, de 1970 a 1977, e Historia y Literatura en “Dor Hahemshej” –formación judía superior para adultos– en la Comunidad Israelita de Barcelona.

Tras seis meses pasados en Israel estudiando hebreo moderno (Kibbutz Ein Hashofet, 1957-1958), asignatura que en su tiempo no formaba parte del plan de estudios en la Universidad de Barcelona, entra en la misma como profesor ayudante, pasando en 1967 a Encargado de Curso, y a Profesor Asociado Extranjero en 1987. Sigue cursos de perfeccionamiento en Israel (nuevamente Ein Hashofet, 1966-67, y Ulpán Akiva, 1989). Desde 1958 hasta su jubilación en 2003 enseñó en la Facultad de Filología de la U. B. Lengua y Literatura Hebreas, Literatura Hebrea Moderna, Historia del Judaísmo Moderno y Contemporáneo y otras materias.

Vándor ha participado, como invitado, en numerosos simposios y congresos internacionales. Ha dado centenares de conferencias en España, Alemania, Italia, Hungría e Israel sobre temas de historia y cultura judaicas, sobre literatura universal, especialmente del ámbito de las lenguas alemana, húngara y hebrea, así como de Historia de la Música. Como traductor del húngaro ganó un premio de la Radiodifusión Húngara en 1977, con Veinte Poemas de Endre Ady. También tradujo del húngaro la autobiografía de Tibor Déry (1894-1977), Sin juzgar. Para su labor como poeta, véase el apartado correspondiente en esta página web.

tomado de su página web




POESÍA DE JAIME VÁNDOR



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miércoles, noviembre 12, 2025

HACIA UN PAÍS DE AGUA - AUTOBIOGRAFÍA


Marina / Armando Reverón



No soy más que un cántaro que siempre se rebosa y salpica todo a su alrededor y del cual a veces salta la magia de unos ojos que no nos miran sólo por mirarnos.

Apenas un transeúnte que cuando descubro, en medio de estos tiempos obscuros, un resquicio de alegría, un caminito de flor, un territorio alado, allí me asiento a celebrar la vida.

Y entonces recojo hojitas secas, me detengo en los aguaceritos, monto en el lomo de las hormigas, cabalgo en las alas de las mariposas, para ir reuniendo tesoros que ofrendar a mi paso.

Una carta bordada con hebras, un papel teñido de atardecer, un bajel de nubes, una sonata para cello, la mágica cantata de las chicharras, una flor que aterriza en medio de una copa, o que se esconde debajo de una almohada. La canción de un pájaro que reconoce mi voz.

Me cuelo entre las rendijas de las ventanas, tomo por asalto los dinteles, los solares, las claraboyas, soy capaz de arremolinarme en el hemisferio izquierdo de un párpado sin que nadie lo note. O quedarme en silencio por siglos adherida a un cristal que resguarda una sonrisa.

Soy persistente. Me la paso inventando excusas y argumentos para quedarme, aún cuando ya debería haberme ido. No conozco las medidas del tiempo. Lo doblo o extiendo a mi antojo, a veces sin advertir que lo voy anegando todo.

Me inmiscuyo en cada cauce que encuentro, enrolando cántaros a mi paso, con la efímera ilusión de construir un país de agua. Claro, la mayor parte del tiempo resido en los albergues de la sequía, horadando en silencio en busca de un agujero por donde vuelva a manar una diminuta gota de rocío.

En esos tiempos, que son los más, como los pinguinos, los salmones y los osos polares, vivo de la primavera que escondo en mis más recónditos bolsillos. Y de allí extraigo todo género de utensilios para hacer rituales.

Y cuando se produce el deshielo y el agua vuelve a fluir de regreso a los ríos, y de los ríos a las corolas, y de las corolas a la neblina, la vasija de barro de la que estoy hecha, comienza de nuevo a desbordarse como el maíz de la mazorca tierna, y a derramarse como una risa fresca sobre los atriles de una partitura para un solo de laúd.

El instante luminoso de la alegría sigue siendo un destello azul que nace del agua y que luego se convierte en grieta de una tierra ajada o en los pliegues de los rostros que tienen sed.

Y es allí cuando brota la necesidad de volver los pasos sobre un horizonte que alcance el regazo del agua, que nos devuelva las faenas del río, que nos atempere en las honduras de un océano que aún no hurgamos.

Es hora de juntar los cántaros, de llenar las vasijas, de dar de beber a ese acantilado largo y extendido que se ha ido llevando todas las risas, hasta que conjugue su alegría sobre cada costado herido, cada tiempo inerme, cada mirada vulnerable, y construyamos de una vez por todas el país de agua que soñamos y la sonata en arpegio de amor de siempre, que convoque la altura libertaria de nuestros suspiros.

mery sananes
08 de noviembre del 2009

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miércoles, octubre 18, 2023

MATEO MANAURE: ANIDADOR DE AMANECERES



A tus 80 (hoy cumpliría 97 años) el tiempo se vuelve huellas sorprendentes para quien tenga abierto el asombro y sea capaz de irse en los colores que has ido inventando. Colores-palabras, pasteles-susurros, óleos-cantigas, asimetrías-bosques y simetrías que le disputan al horizonte su empeño en hacer de las mágicas curvaturas de lo que somos una línea recta que da el diseño del infinito que nos contiene.

Lienzos-tierra, telas-rostros, tiempos de azules o de ocres, de mandarinas que se tornan violetas como si fuesen viñedos que se van madurando en las estaciones de tus amores. Todos ellos, Mateo, móviles como las luciérnagas que danzan tus cielos de estío. Como la campánula que se levanta al compás de la brisa dando cuenta de su labor realizada. Como las manos mágicas de tu madre, que volaron más alto que los pájaros, inventándole cobijos a los sueños y despertares a tus interminables errancias.






LOS TESOROS QUE NOS
PERTENECEN

Sobre esta tierra de la que venimos, tus trabajos, Mateo, dan cuenta de todos los ingredientes-tesoros que nos pertenecen por esa condición de hombres que quisiéramos hacer pasar de conjetura a realidad. Allí está el almácigo que nace de las turbulencias, el engranaje de hierbas que crece desde la disparidad de las sequías. Están los soles depositados en los enseres del cada día, para que hagamos con él, las confituras de la alegría.

EL ELIPSIS DE LAS MELANCOLIAS
Pero, Mateo, conjugas también en el lienzo la melancolía de las estaturas que no hemos podido alcanzar, de los ángulos rectos que se nos volvieron elipsis, sin que sus hermosas sinuosidades fueran obra de las tempestades. Y está la tristeza honda de los rostros, que queda atónita en el delta de las desesperanzas. Para eso los faroles de tu pincel no delinean, sino que se deslizan entre todas las tonalidades de la risa, como dejando sólo los murmullos de sus ansias.

LLUVIA SIDERAL SOBRE PÁRPADOS
VENDADOS

Por ello, desde la vastedad de los silencios y los olvidos, sigues dando tu batalla desigual contra las oscuridades que no dejan crecer los follajes. Allí te acunas, como si fuese la matriz del universo, a recomponer los espacios del vivir, que nos entregaron devastados. Y persistes, con paciencia milenaria, tu orfebrería del color como si pudieras esparcirla como lluvia sideral sobre párpados vendados.

UNA TRAVESIA ENTRE BEETHOVEN
Y MAHLER
¿Será, Mateo, que deberán transcurrir otros ochenta años, antes de que en verdad reconozcan los signos que dejaste, los señuelos que le entregaste a la ilusión, el contenido libertario de tus confines cromáticos? ¿Será, Mateo, que te encerrarán de nuevo en los museos, sin dejarte salir al aire libre de donde vienes, recolector del lenguaje de los pájaros, los insectos, los peces, las mareas, los ríos y los huertos? ¿Será que no habrán de advertir el lenguaje musical que te hermana tanto con las pastorales de Beethoven como con el grito sinfónico de Mahler?

DESCOMPONES EN COLOR
EL TEJIDO DEL HOMBRE
¿No habrá, Mateo, entre tus festejadores de estos días, quienes, deslumbrados ante la belleza del tejido del hombre que descompones en color, decidan de una vez por todas, recuperar la armonía de la vida, desistir de la muerte, liberar tus huertos florecidos, llevarte junto a Reverón a ver el mar para que se desaten sus azules oleajes y, en conjunción con tus mágicos suelos, construyan de nuevo los caminos del vivir?

TU PALABRA-PINCEL QUEDARÁ
ATRAPADA ENTRE LOS MUROS

No tengo esperanzas de que ello ocurra, Mateo. Y sé que tú tampoco. Los tiempos que vivimos son sombríos, terribles como aún nadie se ha atrevido a describirlos. Duros, trágicos, inconsolables. Tu palabra-pincel quedará atrapada entre los muros. Pero no desaparecerá. Ni se contaminará de seudorrevoluciones ni mentiras. Quedará trabajando subterráneamente, tratando de hurgar en el fuego de las profundidades, el secreto de las más altas incandescencias.

PERO REGRESARÁS A MORAR
ENTRE LOS TUYOS

Y hoy he venido a decirte, en este nuevo cumplevida, que no habrá sido inútil tu empeño, no habrá sido en vano tu alquimia del color, tu minería del espacio, tu destilería de de solares transparentes. Regresarás a morar entre los tuyos, cabalgarás en las alas de los pájaros que, ocultos en bosques lluviosos, aún se resguardan para proteger de la destrucción la eternidad de su engranaje molecular. Vendrás, como quería León Felipe, en el corcel del viento a contribuir a enjugar la lágrima del mundo.

Y resplandecerá la vida, resucitarán los suelos, hablarán los bosques y se confundirán con el lenguaje de los hombres, que tendrá resonancias de estrellas, y sin embargo, conservará el cálido hálito de los suspiros que jamás se resquebrajaron en los túneles de la ausencia.

Y LOS PODEROSOS SE HABRÁN DESVANECIDO

Quienes hoy albergan los grandes poderes, quienes hoy sustentan la propiedad de la vida de los hombres, quienes hoy juegan a la guerra, de espaldas al gigantesco corazón azul del planeta, se habrán desvanecido junto con sus trampas, sus maquinarias letales, sus líneas divisorias, sus exclusiones, sus fronteras, sus propiedades, sus agravios, sus grandes dominios construidos sobre las lágrimas de esta dolida humanidad.

Y TUS SUELOS SERÁN RESIDENCIA PARA EL HOMBRE
Y allí en este territorio del vivir, tus suelos serán residencia para el hombre y para las aves de Braque, los lirios de Monet que Rafael Franceschi revistió de sus afanes, las líneas de Kandinski o de Cruz-Diez, las esferas de Jesús Soto. Y allí se erguirán sonrientes las soledades de César Rengifo, danzará de nuevo la tristeza de Toulouse Lautrec, Van Gogh esparcirá sus girasoles, y el asombro irreverente de los niños hará el resto.

SÉ QUE NO DETENDRÁ NI LA LISONJA
NI LA TENTACIÓN

Mientras, sé que seguirás afanoso tus tareas. Que no de detendrá ni la lisonja ni la tentación. Que seguirás militando en el porvenir. Que aún no has concluido tus deberes. Te faltan aún muchos pinceles que quebrar en nuevas tesituras, materiales que reinventar con el sabor de los cielos que aún no hemos vislumbrado, líneas que liberar para que tracen la abierta circunferencia de los sueños. Rostros para deslizar en ellos la alegría que será.

AÚN HABRÁS DE NUTRIR
LA SIEMBRA DE TU AMOR

Sé que tus manos se siguen agitando como si anduvieran detrás de una melodía que aún no descifras. Sé que tu corazón enardecido no se aquietará en estos tiempos de silencio. Sé que en tus párpados anidan imprevisibles amaneceres, llenos de inéditos tramados y colores. Y que todo ello irá a nutrir aún más la siembra de tu amor.

Tal vez así ayudemos a acortar este tiempo tan lleno de asesinos y a apurar el nacimiento de la humanidad que será un canto para todos los azules de los cielos de la vida de los mares que habitan en los amores de siempre.

Te abraza y te quiere


Mery
escrito y publicado el 18 de octubre del 2006

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sábado, mayo 27, 2023

TU NOMBRE EN UN ESPEJO DE AGUA - CARTA A ISADORA DUNCAN


En este nuevo cumplevida de Isadora Duncan
vuelvo a subir a mis dinteles esta carta
escrita en el 2010, que aún no salda la deuda
que tengo con un personaje magico que, desde el dolor,
y las penumbras de su tiempo,
pudo establecer la humana condición
que nos pertenece y que sin embargo
aún aguarda su tiempo de florecimiento
colectivo y anónimo.



Nací a la orilla del mar.
Mi primera idea del movimiento
y de la danza me ha venido
seguramente del ritmo de las olas…

Isadora

Te encontré un día por azar, como se encuentran muchas de las cosas trascendentes. Un día en el que medía el fuego de los pájaros y la travesía de los rayos que dan de beber a las hojas. Una noche que me detuve a descifrar el viaje de las ondas luminosas desde la fogata del sol hasta los bosques de este planeta que resiste. Una tarde en la que, frente al mar, se desenvolvieron como en un delta inmenso todos los acordes que alguna vez había escuchado.

Perseguía el cometa que nunca aprendí a volar pero que dibujaba en el cielo una vorágine de movimientos. Iba tras un cangrejo que demarcaba su paso en un giro hacia atrás. Un mediodía en el que intentaba deletrear el misterio de las espigas que inundan la tierra con su danza interminable de susurros.

Te encontré mientras seguía la cambiante línea del horizonte sobre la metáfora de una tempestad. O en aquel amanecer en el que por primera vez me fue revelada la desmesura de un bajel de velas blancas, surcando los acantilados de un mar cuyo azul me escribió por vez primera tu nombre sobre un espejo de agua, una luna creciente o el hilo fosforescente de un cocuyo enamorado.

Me prendí de los pliegues de tu túnica, del color de tus ojos, del rumor que manaba de cada uno de tus dedos, en ascenso hacia el plexo solar del universo y supe que había llegado a una estación de la que nunca más partiría.



El movimiento de las olas, del viento,
de la tierra siempre
tiene la misma y eterna armonía

Busqué tus señas, indagué en tu historial de tiempo, hice el registro de tus andares, pero donde verdaderamente acampé fue en la volatilidad de tus pies descalzos trazando en el aire la respiración de un campo de hierbas o el susurro irefutable del mar. Entre tus manos la música adquiría una sonoridad inédita y en tus movimientos la armonía de la vida redefinía sus trayectos.

Parecías tan natural como una ola marina, una flor abriendo sus pétalos, una llovizna cayendo sobre verdes pastos, un tallo invocando la continuidad de la vida, el recinto de un suspiro o la residencia sonora de un jilguero. Trazabas arcos, espirales, como si pudieras hacer del viento un pincel que trazara en colores pasteles el derroche naranja de los atardeceres.

Lo que hacías, en verdad, era enhebrarle un adagio al movimiento natural y armónico de todo lo que vive. Lo reproducías y reinventabas en tu danza para que en su lenguaje pudiera comenzar a hacerse escritura del hombre.

Y en tí vi al pez mecerse en las aguas marinas, al colibrí enamorado del polen, al vuelo rítmico de los ganzos, el alborozo de los palomares, el allegro vivace de las mariposas, la risa de los niños cuando se despliega en sus párpados el asombro.

Y comencé a hurgar en tus propuestas, en ese arte de la danza que te dedicaste a explicar para dejarnos esa lección de vida que aún no aprendemos.

Tu visión, tu propuesta va mucho más allá del recinto del arte, va al centro del sentido más alto de lo vivo, reencuentra su dimensión esencial, rescata su sentido y lo reintegra como parte fundamental de un ser humano en libertad y en armonía con la naturaleza a la cual pertenece.




Si buscamos la verdadera fuente de la danza,
si vamos a la naturaleza, encontramos que
la danza del futuro es la danza del pasado, la danza
de la eternidad y ha sido y siempre será la misma.


No sé si alguna vez y en verdad te han entendido, Isadora. Tu propuesta está demasiado cargada de futuro para que los hombres de estos tiempos, tan domesticados y atados a todo tipo de cercas, seamos capaces de comprender la esencia de lo que dices. Como si hubieras podido desechar de golpe todo lo efímero y formal, todo lo accesorio e intrascendente de lo que estamos hechos.


Rompes los patrones de la vida que nos ha regido por milenios y devuelves lo humano al tiempo primigenio de un nacimiento que aún está en camino. Si aquel largo tránsito hasta erguirse vertical sobre horizontes que aún no vislumbraba y descubrir la magia incesante de unas manos humanamente móviles significó toda una evolucion de la especie, lo que tú ahora planteas, Isadora, es devolverle a la vida el ritmo vital que el tiempo de una historia ajena le arrebató a su cósmica condicion. Rescatar para los dedos la función de la caricia por encima de toda herida.

En otras palabras reencontrar el flujo del agua que nos recorre y trazar su cauce con las ondas del viento. Devolverle a la mirada su perspectiva de infinito. Y al cuerpo humano la movilidad de una gacela que en su armonioso tropel contiene toda la belleza de la danza, que aún el hombre no aprende a liberar.


La emoción no alcanza su momento de expresarse
a través de una acción que se apresura;
se madura primero, duerme como la vida en la semilla
y se desenvuelve despacio y con gentileza.

Desde los avatares de un destino insospechado, lograste encontrar en tu interior la clave en sol de una partitura aún no escrita que, sin embargo, deletreaste con tus movimientos, como una carta infinita de amor a la humanidad.

Y supiste desde un inicio que esa revelación de lo humano que buscabas, que define y precisa nuestra humana condición, estaba precisamente en la capacidad para ejercer una libertad que tiene como límites las propias leyes de la naturaleza, y como pentagrama el universo mismo del cual partimos y hacia donde vamos, en esta móvil y permanente transformación de los decibeles de los que estamos hechos.





Enseñemos primero a los niños a respirar,
vibrar, sentir e integrarse con la armonía general
y el movimiento de la naturaleza.
Primero produzcamos un hermoso ser humano,
un niño que danza.

Sabías que había que buscar en el niño la manifestación espontánea de esa fuerza vigorosa. Pero también estabas consciente de que en el mundo en el cual sobrevivimos hay que extraerla de las profundidades de los párpados que van descubriendo los milagros de todo lo que existe, del arpegio de la risa que brota sin razones de un corazón recién parido, de ese movimiento amoroso que acompaña las circunvalaciones del agua.

Lo supiste y lo viviste desde el movimiento primero de la vida brotando en tu interior como un vendaval de armonías. Dos hijos, un niño y una niña, que se hicieron continuidad de tu suspiro en sus risas en flor. Hasta la agonía interminable e infinita de ver sucumbir sus cantos en el cauce de un agua que no los aguardaba y que en su absurda y contradictoria insensatez, los tomó en su marejada hasta convertirlos en peces traviesos usurpando el vuelo de los pájaros, como colibríes marinos.

Nunca se iría de tí aquella imagen de sus rostros pegados del cristal del carruaje que los llevaba y que nunca los regresaría. Y sin embargo, de esa tristeza que se instaló como un silencio gigante en el curso lunar de tus imaginerías, brotó tu fuerza renovada para que ellos fueron la señal de los niños que soñabas, danzando el movimiento de la naturaleza, para rehacer este mundo deshecho.

Y así te fuiste a asentar tu escuela de danza, de vida, de futuro. Y lo hiciste en medio de un tiempo adverso, amotinado, dedicado a las tareas de destrucción que no a las de construcción. Tiempos de ‘postguerra’ que preludiaban los que habrían de venir. Sacudimientos históricos que ya transitaban con su carga de frustración y desenfreno.


Los griegos entendieron la continua belleza
de un movimiento que insurge, se esparce y concluye
con una promesa de renacimiento.

Ibas y venías de una Grecia antigua que no supo dejar sus frutos en las empalizadas florecidas sino en las instituciones hechas para deshacer los azules. Refutaste sin ser comprendida pero no cejaste en tu empeño por abordar la belleza que retrata la vida en el crisol de un escarabajo o la fiesta lúdica de un panal de abejas. Sabías que en todo niño se asentaba ese encantamiento y que bastaba dejarlo ser, con su carga de flor y de alas, para que el mundo girara sobre sí mismo y encontrara el rumbo que aún no ha tenido.

Te recostaste en las barbas frondosas, como nidos de aves, del viejo Walt Whitman quien en su propio universo dinamitaba la palabra como tú lo hacías con la danza, buscando el tiempo de vivir que no el verso, como tú, gigante del viento que amaina su recorrido sobre soliloquios de lluvias y estampidas de infinitos, para dibujarle al hombre la medida exacta de su recorrido, si alguna vez despierta a lo que en verdad tiene que ser.




La danza es el ritmo de todo lo que muere
para que pueda volver a nacer,
es el eterno amanecer del sol.

No sé, Isadora, si te comprendieron. Pero aquello de lo que tú hablabas, las lecciones de danza y de vida que dejaste enastadas en las comarcas del suspiro, tienen la vigencia de las constelaciones, el resplandor de los luceros del alba, el rumor sinfónico de los tejeritos. Y sólo aguarda su tiempo de derramarse como un río caudaloso sobre un océano de días, hasta instalarse al fin en el recinto de lo posible.

Y lo hiciste desde el dolor y la tristeza, desde los desencantos y la incomprensión de quienes no entendieron la estatura de tus brazos erguidos hasta la cima de un vivir resplandeciente. Se fugaron tus niños en el torbellino de aguas mansas, e hiciste tus hijos a los niños del mundo. Y a ellos legaste la fantasía imperiosa de tu danza.



No hay manera más simple y directa
para dar arte a la gente que transformar
sus propios hijos en vivientes obras de arte.

Y por ello, Isadora, dondequiera que un niño conjugue en brisa el verbo vivir, que columpie su risa en los engranajes de las nubes y respire mar adentro su pertinencia de pez, estarás tú con tus brazos extendidos, tus pies descalzos y tu rostro amoroso, señalando el porvenir. Aunque te hayas ido tú misma, en el movimiento rítmico de un telar que giró de improviso sobre tus lágrimas, para que al fin pudieses ir al encuentro de tus caballitos de agua y cabalgar desde los astros una danza cósmica y eterna.

Y te digo, Isadora, en estos tiempos, cada vez más llenos de dolor, marcados por el terror y la angustia, por el monótono tableteo de las máquinas de muerte, por la propia convicción de un hombre que no sabe de su destino y de su propia condición, tomamos tu mensaje que hace de los movimientos que se vuelven niños, el propio acercamiento a los dioses que han venido a estas tierras a decirnos que es la hora de comenzar el vaivén sin fin del amor, para que, hasta el propio cielo lleguen los pasos de tus amaneceres, tejidos en danza y sonido por la humanidad que alguna vez será.

mery sananes
septiembre 2010



Publicado en Media Isla
el 16 de octubre del 2010

Publicado en Cartas en la noche
el 23 de julio del 2011

Publicado en Embusterías
el 27 de mayo del 2016

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viernes, febrero 11, 2022

PALABRAS DE VIENTO Y CAMPANARIO


A  quienes son violentados
hasta la muerte, por rebelarse
contra regímenes, de todos los órdenes,
en los que prevalece la continuada
y extendida negación
de la humana condición


Esta carta está dirigida al primer transeúnte que pase por el lindero de mis azares, por el precipicio de mis sinsabores, por la oquedad de la tristeza que se agolpa y acumula en el corredor de los días, como barcos sin velámenes desplegados, ni mapas de navegación.

Carta que lleva engarzada una flor que sigue desprendiendo aromerías, a pesar de que se cerraron los canales del viento. Un papel maltrecho que, sin embargo, reparta sonrisas y confettis en los rincones de la muerte, que encienda candiles en los agujeros por donde la tierra mitiga sus vacíos, que se abalance con un beso sobre el primer rostro escarnecido.

Que contenga un tropel de palabras que se vuelque sobre el silencio de los muros hasta abrirles boquetes por donde entre la luz. Una carta que pueda convertirse en vasija o que desplegada se trasmute en la imaginería de un campanario.

Una carta que hable por todas las palabras extinguidas, por los cometas que no pudieron acampar en el niño a quien le arrancaron la risa, por la miel que se escapó de las colmenas sin encontrar su recipiente en el corazón del hombre.

Palabras que el agua convertirá en la sed de un cauce reseco o que el fuego le regalará a los albores violeta del día. Mensaje sin itinerario y que es apenas un antojo de ir a contracorriente estampando florerías a los fusiles, como si algún día las balas pudieran cambiar su dinámica de pólvora por el almìbar que se desprende de las caramelerías.

Un papel estrujado y arrugado que no lo sostiene la mano pero cabe en la irrupción de un suspiro que conjuga lo que no pudimos respirar ni alcanzar con el arco de un abrazo.

Una señal de esas que van a parar al olvido o que se consignan en las esquinas de una lágrima que nadie enjuga. Un verso que no adquiere la sonoridad del poema. Un adagio sin cello. Como quien quiere alargarle la mano abierta a un hombre desarmado, sacudido por odios de los que no tenía conocimiento alguno.

Palabras que cabalguen por encima de la gramática, de los sujetos y predicados conocidos, para adentrarse en el territorio abrupto de las perplejidades, en el campo atrincherado del otro, en los espacios de un infinitivo que aún no hemos aprendido a conjugar.

Un recado de amor que convoque al hombre sin palabras a que desate el caudal de su dulzura, el arpegio de sus imaginerías, los sinsentidos de sus asombros, hasta robarle a la muerte los escenarios de sus antojos.

Carta escrita una y otra vez en la nervadura inquieta de los gajitos de mandarinas o en la humedad trivial de los nísperos. Pero que no alcanza a ser esculpida por la deforestada condición de un hombre sin vocales.

Un gesto que detenga la migración incesante del sufrimiento, que le ponga fronteras al desahucio, que repele toda agresión y exilie del planeta la forzada servidumbre de los expropiados de sus raíces, cantos y nostalgias.

Una carta dirigida a los mandatarios del mundo, para que cesen en sus funciones destructoras y dejen lugar a que el hombre se descubra a sí mismo, en el espejo de sus propias pupilas hasta que ejerza el oficio creador que lo sustancie, y derrame sobre los huertos desvalijados la mágica espiga del grano que se multiplica.





Palabras hechas de hilos de madera para buzones de nubes viajeras, que avance libre por las frondas de los párpados, descienda por el canal naranja de los sueños y haga estallar la risa contenida de una humanidad arrebatada.


Una carta inacabada dirigida a cada transeúnte inerme, desde Haití hasta Chile, desde la rota circunferencia polar hasta el sol devastador de los ecuadores, desde este expaís destrozado hasta el corazón de los peces aventados hacia un vuelo para el que no fueron hechos.

A cada uno de esos seres sometidos a un designio de horror. A los asesinados con la saña de quienes perdieron toda humana condición para convertirse en maquinarias de muerte y destrucción. A quienes les secuestran hasta la muerte, para que no quepa duda de quién decide el destino del odio.

A los prisioneros de todas las cárceles en las cuales ni la migaja de hombre que queda, vale la condescendencia de los asesinos. A los que amordazan con los colores del desatino para marcarlos como reses de matadero. A los atribulados, los desesperanzados, a los que les robaron el horizonte, la aurora y hasta el espejo de plata que dibuja la noche sobre los mares.

Una carta silenciosa que ronde como una conciencia sobre los territorios letales en los que se fragua la muerte en todas las instancias de este vivir vuelto tan poca cosa.

Palabra en vuelo que como el sueño de un papagayo se refugie en el viento para alcanzar el anverso del llanto y acunarse en la risa que habrá que inventar.


Una simple y solitaria hoja de papel con la cual se pueda envolver un suspiro o construir un andén, del cual manen caricias capaces de aquietar todo desasosiego, si tan sólo pudieran acampar en las alas estremecidas de un rubor.

Una palabra tan semejante a la hierba que aparezca en cualquier grieta para asentar la existencia de la vida y enamorar el paso del peregrino que huye del desconsuelo sin saber de dónde viene ni a donde ir.

Una carta en fin, inconclusa, cuyas palabras a veces remontan y se diluyen en el azul como pájaros efímeros que, sin embargo, le entregan su razón de ser a los bosques.

Una carta que contenga, en el plexo solar de sus honduras, unas ganas infinitas de volverse campanario, de desafiar la tristeza en la instancia de un beso, de extenderse como un oleaje caribe sobre el tormento de los continentes, hasta que no exista sobre la tierra quien no la junte a la espiga de su risa, para convertirla en granjería de almácigos para la vida, el amor y el porvenir.

mery sananes




Publicado en Media Isla
el 06 de marzo del 2010
y el 11 de febrero del 2022
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