
Nunca supo la hondura de la ausencia
que dejó aquel agosto de penumbras
porque ocupaba su tiempo en macerar
en aliñar los días con la sazón de
vecindarios que le cabían
Experta en el arte de las confituras
convertía la piel de las toronjas en un
derroche de mieles y procesaba
en un río de azúcares que tomaba
hasta que la larga paleta de madera
cumplía sus labores de cuajar
aquel hervor en generosa ofrenda
de conservitas que ofrecía a los
visitantes que se detenían en
Conocía mejor que nadie la ciencia
del maíz de donde emergían
Guardaba celosamente en el costado
de su vestido un diminuto pañuelo
capaz de escanciar todas las lágrimas
y que cuando lo desenvolvía dejaba salir
de sus pliegues cantos de pájaros
y cuentos de aparecidos que a veces
Aprendió del maestro esteban
niños iban llegando a su regazo
nunca faltó el guarapo que mitigaba
que lo devoraban
Tenía el don de la alegría construido
sobre las más terribles de las tristezas
un día se le fue marcos cuando apenas
y luego se le fue rafael el mayor de todos
cuando el frágil andamiaje que lo sostenía
alzó vuelo con su sonrisa de niño a cuestas
Sobrevivió tantas batallas anónimas
que sería imposible enumerarlas
pero su rostro jamás cambió su temple
porque en el anverso de sus manos
cabían todas las caricias
Se nos fue un agosto que jamás
los anocheceres con su aroma
en el polen que da cuenta de la
regazo de azahares a deletrear
se encienden las lámparas
mery sananes
Las canciones favoritas de la Abuela
Nelson Ned
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