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domingo, junio 21, 2015

ALIJOS DE COCUYOS



Para George Henrique


Hijo

Sabes bien que nunca he santificado los días, ni creído que en uno solo de ellos puede recogerse el amor que navega durante toda la existencia. No creo en esas horas que otros hacen suyas por unos instantes para celebrar  un vínculo que sólo se gesta en el transcurso de un vivir de entregas.

Pero, hoy, cuando muchos festejan con sus padres, y tú te acercas al corazón de tu madre, mira a lo alto de las colinas donde quedé sembrado. ¿Sabes cuántas semillas germinaron desde entonces?

No hay tiempo, hijo, que no haya estado en el envés de tus enseres, dejando mis señales escritas en tus cuadernos, en el interior de los zapatos que van construyendo tus caminos, en la algarabía de tus amores niños.

Y hoy, como todos los domingos, saldremos a celebrar la pervivencia de la vida, el milagro de los abrazos y esas conversitas que dan cuenta de tu crecimiento, medido en la corteza de los árboles, en la velocidad de las aguas que colman el río, en esos tus ojos que van pincelando el porvenir.

Miraremos con reverencia ese lugar en el cual la montaña se le encima al cielo para regalarle su verdor a la neblina, y jugaremos como siempre a bajar la escalinatas de la risa, armados con escudos de viento y colibrí.

Ya sé que en este julio alcanzarás una de tus cimas. Y recuerdo con precisión la geometría de la esperanza dispersa entre tus libros y el alto arte de los números acicateando tus asombros. Y yo contigo descifrando el peso del trinar de un pájaro, o tratando de explicar en qué clave la mazorca deletrea su canto de pan.

Y desde mis aposentos de luna creciente, que cada estación me dibuja en las madrugadas aquella niña de trenzas que jugaba conmigo en los patios de los nísperos, te traigo ardides de vuelo, conjeturas de páramo y frailejón y el abecedario de ese pueblo mágico que nos alberga, con olor a hierbas húmedas y neblinares de resurrección.

No olvides que sólo basta que gires hacia el silencio que baja desde las montañas donde se envuelve, en el verde de las hojas, la leche que se hace queso en el polvorín de manos amorosas.

Desde ese territorio alado donde las nubes bajan a encontrarse con las lágrimas para regalarle al río el rocío que habrá de cubrir la bella flor que abre a las once de cada amanecer.

Y que allí estoy y estaré cada día buscando para ti alijos de cocuyos y cesterías de ilusiones.

Cuídate y cuida a tu madre, 

Tu padre
Boconó, 21 de junio del 2015


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domingo, julio 07, 2013

UN AGUAMANIL DE LOZA TOSCA




para george henrique
de su padre


Desde donde estoy hijo
el camino hacia las colinas
tiene reflejos de río
y cuando desciende cada día
al sitio donde te dejé
va llevando cesterías de
luceros que voy guardando
en mis travesías por los
tiempos que no fueron

En este julio de la estatura
de tus abrazos te traigo hijo
ese canto que se esparce
por los infinitos espacios
del silencio descifrando el
ángulo oblícuo de tu nacimiento

Voy de ronda hijo como un
farolero encargado de encender
los leños del cielo para que
cada amanecer como aquel
en que me fui cabalgando sobre
la cuerda de un antiguo violín
te traiga en las vasijas del alba
los rebozos del sol sobre la
línea que dibuja el arqueado
horizonte de tus ojos niños

Dejo sobre la meseta de tus
sueños un aguamanil de loza tosca
los granos maduros que destilan
espigas de sol en las madrugadas
y el mandato inscrito en las hojas
del árbol de la vida que invoca
desde la cúspide de una lágrima
el torrente de alegrías que siembro
en el espejo convexo de tu esternón
por siempre y para siempre amén

 07 de julio del 2013


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