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viernes, febrero 02, 2024

LA VIDA: UNA HERIDA QUE NO CIERRA


 Henri Matisse

LA VIDA

UNA HERIDA QUE NO CIERRA



Creo que por ahora no he venido más que a gritar,
A derramarme como el agua y el llanto.
Y no sé a quién fecundo
Ni a quién aniego
Ni a quién quito la sed.
Estamos en la época del grito y las lágrimas y
Aún no hemos llegado a la canción.
No importa que los poetas vanidosos digan lo contrario.

León Felipe[1]



¿Cómo vivir si el hermano que conocemos y el que no hemos visto nunca, muere cada día de todas las muertes que le inventamos?  ¿Cómo decir que existimos si nada en nuestra existencia alumbra? ¿Qué ha ocurrido que la vida se nos volvió esta herida que no cierra, y la historia este tiempo continuado de asesinos?

Hay tantas respuestas como formas de muerte. Cada una tiene un discurso para justificar la muerte del otro. Cada asesinato, individual o colectivo,  construye en su derredor las razones de su proceder, los alegatos de su crimen, las causas que lo obligan a continuar en el ciclo inacabable de la violencia y de la muerte.

Cada tiempo y sociedad, cada ‘triunfo’ del llamado hombre, se ha levantado sobre el abatimiento, la derrota, la extinción, la masacre de su hermano. Sólo que nos han disgregado, dividido, escindido hasta tal punto, que ya no reconocemos ni siquiera al hermano que está próximo a nosotros. Nos convirtieron el mundo en el escenario de los otros, como si fuesen distintos o distantes, y estuviesen allí, en su geografía, su espacio, su hora, tan sólo para agredirnos.


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lunes, noviembre 27, 2023

HACIA UNA PALABRA-PÁJARO



IMAGINERÍA DE LA PALABRA

HACIA UNA PALABRA-PÁJARO


Con la ilusión de alcanzar
la palabra-pájaro
que en vuelo sobre sí misma
funde al fin
la preterida historia
 del hombre


LA PALABRA-ADAGIO

La palabra, ese arrullo que se adormece en la garganta, queriendo convertirse en música, en adagio que remonte las estancias de la ternura hasta convertirse en un beso alado y vivo, que siembre mandarinares en los rostros, pomarrosares en los huertos, aromerías en la vida.

Ese grito perplejo, que viene de las profundidades de los pozos buscando un párpado que la ataje y la haga suya hasta convertirla en piedra de honda, en guijarro que desciende hacia el río, en corteza de un bosque que aún no ha nacido.

Esa disonancia que se convierte sin querer en grieta, herida, tumulto de lágrimas que no la contiene alfabeto alguno, sino que se derrama como un arroyo desbordado sobre la sed de quienes no tienen risa ni suspiro.

Esa arma que se carga de dolores tercos, que desenvuelve sin pudor el cristal de su inocencia para dinamitar muertes, como si fueran estrellas fugaces de un firmamento que ha perdido su luz.

Ese invento inútil del hombre por alcanzar la sonrisa del hermano, que se convirtió en piedra de amolar fuegos ajenos y extraños, en los que se perdió la transparencia  de una risa sin congojas.

LA PALABRA-ESPEJO

Ese errático estatuto de injusticias, de proverbios amañados, de salmos sin ánforas de miel y de mirra, de voces apagadas y cuentas opacas sin mágicos abalorios en los cuales inscribir la vida.

Ese juguete aromado que se dobla y quiebra en simetrías y acordes para ajustarse a un ritmo y un corte que es un delirio de sueños sin despertares, de acompasados versos que caen en el precipicio de un canto quebrado que no encuentra su camino en la escalinata interminable de los deseos.

Esa huella de cicatrices clavadas en el costillar como un ritual fúnebre que no sabe descifrar la magnitud sonora de un latido sin traducción ni ortografía.

Ese cuchillo que destroza la piel de los encantamientos y la luz de las fulguraciones hasta convertir el sobresalto del día en un tropel de oscuridades.

Ese rictus sin melancolía ni esperanza que se dibuja en los rostros sin palabras ni alarido.

Ese párpado desprovisto de pupila que deambula ciego sobre las frondas de un tiempo que no reconoce como suyo.

Esa anfitriona que endulza y embauca, domestica y paraliza, seduce y condena, hasta apagarse en si misma como un candil sin cedazo.

Ese tumulto de florerías que se quedó atrapado en los solares del olvido, que no logró acampar en el hemisferio central de un corazón enardecido y que sepultó sus ansias jardineras en el estropicio de una vida convertida en muerte.




LA PALABRA-LÁGRIMA


Ese instrumento que de ser canto y melodía para convocar la lluvia, la primavera, la cosecha y el abrazo, se trastocó en sistema contable, en almacén de números que no guardan en su interior sino la clave de todos los maleficios, inventados sin consonantes, para que rijan cada uno de nuestros pasos, como si fuese la palabra viva de un manantial.

Esa herramienta sin cinceles ni azadones, que se disputa el filo de las metrallas y el estruendo de los combustibles que se vierten sobre los niños que no comen caramelos.

Esa desfachatada creación de la muerte para confundirnos la vida y hacer estallar en sollozos el rito de amor que nos pertenece por razón de especie.

Esa inútil voltereta de los labios que no conocieron el sabor a duraznos de los besos niños.

La palabra fraccionada y herida en mil palabras que se desentienden y disgregan, separan y desvanecen, hasta que no nos reconocemos sino en la palabra muerta que nos dejaron inscrita en los viejos libros de una historia que se repite incesantemente. 

LA PALABRA-METRALLA

Con esa palabra desvencijada y fracturada hemos acometido todos los crímenes, hemos descrito la historia milenaria de nuestras propias inutilidades, hemos albergado la esperanza para luego verla disuelta en un vertedero de lágrimas que aún no logran estructurar su sal en verbo que contenga el alto grito de la vida.

Con esa palabra hemos dibujado la tristeza en todas sus dimensiones, y hemos endulzado los manjares amargos que nos entregaron desde el nacimiento para llenar nuestras alforjas de proscritos de la vida.

Con esa palabra hemos avalado y justificado, consentido y permitido, que se haga ley y costumbre, república y frontera, la palabra que acalla y adormece,  extingue y aniquila.

Y hasta con esa palabra, con la que no logramos entendernos, hemos distraído nuestra nuestra vida hasta convertirla en palabra muerta y exhausta, de tanto contener silencios que no silencian y gritos que no despiertan a nadie.





LA PALABRA-AURORA

Y es tiempo y hora de una palabra-aurora que se acueste sobre la noche para producir el alba. Una palabra que nos devuelva el lenguaje de la especie que somos, del umbral de infinito que nos contiene, de la dimensión estelar de la que formamos parte.

Una palabra oceánica que haga cesar los naufragios y que le devuelva a las orillas ese sabor a estadía en la casa del hombre que ha borrado las fronteras de los otros, las verjas de metal ancladas en los costados del agua, para hacer prisioneros a los sueños de una palabra que vuela en su lamento más allá de sus ausencias.

Una palabra-barreno que dinamite los claustros, las reclusiones que convierten la palabra en un despojo del viento, en un grito sin viga que lo sostenga, en el ruido sordo de un tormento.

Una palabra-gigante que rompa los linderos de las lenguas, que tome por asalto las manos, las miradas, los gestos, los abrazos y hable con ellos palabras de amor que hagan acallar los verbos de odios enardecidos, de conjuros extraños, de silencios ensordecedores y malignos.

LA PALABRA-MOLINO

Una palabra-molino que desgrane la tristeza hasta convertirla en una harina para el pan de los días que se viven, tomados de los días de los otros, que hicimos nuestros en un intercambio de cuerdas sonoras que nos otorgue el don de escuchar y comprender la palabra del otro como nuestra propia memoria.

Una palabra-horizonte que le teja caminos a la palabra que aún no alcanzamos, que le tienda un manto de soles a las oscuridades que nos arropan, que le borde cánticos a los llantos estremecidos de a quienes les arrebataron hasta el habla, dejándolos solos con una muerte a cuestas que nos toca y golpea como un madero furioso lanzado por un torbellino.





LA PALABRA-LIBERTARIA

Una palabra libertaria que desenvuelva los linos, las mortajas, las inmensas sepulturas de que están hechos nuestros sueños vulnerados por una palabra que nos atraviesa como el filo de una noche ensimismada de menguantes.

Una palabra que navegue en los charcos hasta anegar las sequías, que arrulle en el elípsis de sus conjugaciones, una sonata para niños  que aún no conocen la risa.

Un palabra escudo, que detenga en la urdimbre de su tejido, toda violencia que acometa la ausencia de palabras y la presencia de una bala certera que rasga el corazón de las azucenas que nadie recogió.

LA PALABRA-COLIBRÍ

Una palabra que comunique, que lleve en sus acordes el reverbero de las abejas cuando producen su miel, el revuelo de los pájaros cuando regresan a su nocturnidad,  el aleteo incesante que produce la mágica inmovilidad del colibrí a orillas de un pétalo esculpido de polen y azúcares.

Una palabra recia que inunde los sinsentidos y las sinrazones de quienes usan las palabras como un instrumento para herir, acumular, expatriar o masacrar.

Una palabra enfurecida cuyo furor no llegue más allá de la letanía de los números que  cuentan los muertos y su repunte en la bolsa de valores donde se rematan los restos de palabras que ya no sirvieron ni para adormecer.

Una palabra que teja un manto de encantamientos en los escampados del alma, que le traiga florerías a los atriles de los días por vivir, que se convierta en el abrazo que el niño entrega generoso a la brisa que le alboroza los rizos de los que están hechos sus suspiros.

Una palabra que ponga en desbandada la maldad, y que le entregue a cada quien su porción de alfabeto, el predicado con el cual habrá de hacer florecer su huerto, sin subjuntivos ni condicionales.

LA PALABRA-PEZ

Una palabra-pez nacida de los pliegues de los párpados que se sumergen en el agua de los nacimientos para que la palabra que se gesta en el murmullo inicial de la vida, no pierda jamás la dulzura de la lluvia, el resplandor de los aguaceritos, el acorazado de los cielos despejados de grises.

Una palabra de agua que inunde todas las vasijas y los cántaros que dan de beber a la sed su manantial de palabrerías alegres.

Una palabra sustantiva, que se conjugue en gerundio, que no se detenga hasta aplacar la ira de los otros.

Una palabra recia que ascienda hasta el interior de los morteros y desarme la pólvora, que alcance el corazón del uranio y lo regrese a los macizos donde pertenece.

Una palabra que no retroceda, que no se quiebre al erguirse sobre quienes quieran acallarla, que retumbe, como quería León Felipe, desde el fondo de los pozos, para que puedan escucharla los hombres que han quedado sordos de tanta palabra amañada y mentirosa.





LA PALABRA-RAÍZ

Una palabra-raíz que nos devuelva a la tierra de donde provenimos, a la arcilla y el agua, al fuego y al horno que cuece la vasija y el cántaro.

Una palabra-pájaro de alto vuelo y nidales encendidos. Una palabra-mariposa que reparta florerías de polen al planeta todo.

Una palabra-rebelde que se alce sobre todo atropello y deje correr su abecedario preciso y contundente para detener todo metal convertido en bala, metralla o reja.

LA PALABRA-LIRIO

Una palabra-dulce como el rizoma de un lirio, que extienda en el aire su murmullo de arpegios, hasta acabar de una vez con todas las guerras, las conflagraciones, los enfrentamientos y la muerte, hasta sembrar al fin en este vulnerable y triste planeta, la palabra-vida como la lengua definitiva del hombre.



texto y fotos
mery sananes



Publicado en Media Isla
el 27 de agosto del 2011


Tomaso Antonio Vitale
Chaconne
Violín Nathan Misltein




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viernes, febrero 11, 2022

PALABRAS DE VIENTO Y CAMPANARIO


 quienes son violentados
hasta la muerte, por rebelarse
contra regímenes, de todos los órdenes,
en los que prevalece la continuada
y extendida negación
de la humana condición


Esta carta está dirigida al primer transeúnte que pase por el lindero de mis azares, por el precipicio de mis sinsabores, por la oquedad de la tristeza que se agolpa y acumula en el corredor de los días, como barcos sin velámenes desplegados, ni mapas de navegación.

Carta que lleva engarzada una flor que sigue desprendiendo aromerías, a pesar de que se cerraron los canales del viento. Un papel maltrecho que, sin embargo, reparta sonrisas y confettis en los rincones de la muerte, que encienda candiles en los agujeros por donde la tierra mitiga sus vacíos, que se abalance con un beso sobre el primer rostro escarnecido.

Que contenga un tropel de palabras que se vuelque sobre el silencio de los muros hasta abrirles boquetes por donde entre la luz. Una carta que pueda convertirse en vasija o que desplegada se trasmute en la imaginería de un campanario.

Una carta que hable por todas las palabras extinguidas, por los cometas que no pudieron acampar en el niño a quien le arrancaron la risa, por la miel que se escapó de las colmenas sin encontrar su recipiente en el corazón del hombre.

Palabras que el agua convertirá en la sed de un cauce reseco o que el fuego le regalará a los albores violeta del día. Mensaje sin itinerario y que es apenas un antojo de ir a contracorriente estampando florerías a los fusiles, como si algún día las balas pudieran cambiar su dinámica de pólvora por el almìbar que se desprende de las caramelerías.

Un papel estrujado y arrugado que no lo sostiene la mano pero cabe en la irrupción de un suspiro que conjuga lo que no pudimos respirar ni alcanzar con el arco de un abrazo.

Una señal de esas que van a parar al olvido o que se consignan en las esquinas de una lágrima que nadie enjuga. Un verso que no adquiere la sonoridad del poema. Un adagio sin cello. Como quien quiere alargarle la mano abierta a un hombre desarmado, sacudido por odios de los que no tenía conocimiento alguno.

Palabras que cabalguen por encima de la gramática, de los sujetos y predicados conocidos, para adentrarse en el territorio abrupto de las perplejidades, en el campo atrincherado del otro, en los espacios de un infinitivo que aún no hemos aprendido a conjugar.

Un recado de amor que convoque al hombre sin palabras a que desate el caudal de su dulzura, el arpegio de sus imaginerías, los sinsentidos de sus asombros, hasta robarle a la muerte los escenarios de sus antojos.

Carta escrita una y otra vez en la nervadura inquieta de los gajitos de mandarinas o en la humedad trivial de los nísperos. Pero que no alcanza a ser esculpida por la deforestada condición de un hombre sin vocales.

Un gesto que detenga la migración incesante del sufrimiento, que le ponga fronteras al desahucio, que repele toda agresión y exilie del planeta la forzada servidumbre de los expropiados de sus raíces, cantos y nostalgias.

Una carta dirigida a los mandatarios del mundo, para que cesen en sus funciones destructoras y dejen lugar a que el hombre se descubra a sí mismo, en el espejo de sus propias pupilas hasta que ejerza el oficio creador que lo sustancie, y derrame sobre los huertos desvalijados la mágica espiga del grano que se multiplica.





Palabras hechas de hilos de madera para buzones de nubes viajeras, que avance libre por las frondas de los párpados, descienda por el canal naranja de los sueños y haga estallar la risa contenida de una humanidad arrebatada.


Una carta inacabada dirigida a cada transeúnte inerme, desde Haití hasta Chile, desde la rota circunferencia polar hasta el sol devastador de los ecuadores, desde este expaís destrozado hasta el corazón de los peces aventados hacia un vuelo para el que no fueron hechos.

A cada uno de esos seres sometidos a un designio de horror. A los asesinados con la saña de quienes perdieron toda humana condición para convertirse en maquinarias de muerte y destrucción. A quienes les secuestran hasta la muerte, para que no quepa duda de quién decide el destino del odio.

A los prisioneros de todas las cárceles en las cuales ni la migaja de hombre que queda, vale la condescendencia de los asesinos. A los que amordazan con los colores del desatino para marcarlos como reses de matadero. A los atribulados, los desesperanzados, a los que les robaron el horizonte, la aurora y hasta el espejo de plata que dibuja la noche sobre los mares.

Una carta silenciosa que ronde como una conciencia sobre los territorios letales en los que se fragua la muerte en todas las instancias de este vivir vuelto tan poca cosa.

Palabra en vuelo que como el sueño de un papagayo se refugie en el viento para alcanzar el anverso del llanto y acunarse en la risa que habrá que inventar.


Una simple y solitaria hoja de papel con la cual se pueda envolver un suspiro o construir un andén, del cual manen caricias capaces de aquietar todo desasosiego, si tan sólo pudieran acampar en las alas estremecidas de un rubor.

Una palabra tan semejante a la hierba que aparezca en cualquier grieta para asentar la existencia de la vida y enamorar el paso del peregrino que huye del desconsuelo sin saber de dónde viene ni a donde ir.

Una carta en fin, inconclusa, cuyas palabras a veces remontan y se diluyen en el azul como pájaros efímeros que, sin embargo, le entregan su razón de ser a los bosques.

Una carta que contenga, en el plexo solar de sus honduras, unas ganas infinitas de volverse campanario, de desafiar la tristeza en la instancia de un beso, de extenderse como un oleaje caribe sobre el tormento de los continentes, hasta que no exista sobre la tierra quien no la junte a la espiga de su risa, para convertirla en granjería de almácigos para la vida, el amor y el porvenir.

mery sananes




Publicado en Media Isla
el 06 de marzo del 2010
y el 11 de febrero del 2022
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jueves, marzo 17, 2016

LETANÍA SOBRE EL PODER



¿Y QUÉ ES UNA IMAGINERÍA?

Este espacio fue creado para imaginerías. ¿Y qué es una imaginería? El anverso del poder. La capacidad de creación sobre la fuerza para oprimir. El recinto donde el hombre consagra el vivir. El coloquio del corazón con la flor. La esperanza de un tiempo sin aflicción.

Pero para  el mundo que el hombre ha construido la imaginería es una ilusión. Una conjugación del porvenir. Una utilería para sobrevivir. Aún no se ha convertido en una realidad colectiva, en un hacer nuestro y permanente, en la huella del hombre sobre el agua.

UN ESPEJO QUE AGUARDA

Es un espejo que aguarda fraguarse desde los fondos marinos y las orillas deshabitadas. Es un deseo que anida en el alma. Un mandarinar que aún no esparce sus gajitos. Es la ofensiva amurallada de la vida contra la muerte.

Todo lo contrario del poder, que jamás podrá contener imaginería alguna,  aunque disponga de todas sus maquinarias para destrozar la vida y convertirla en otro instrumento de sumisión. De violencia. De aplastamiento y  perversión.

¿Y QUÉ ES EL PODER?

¿Y qué es el poder? ¿Un designio otorgado por los dioses al hombre para hacerlo a su imagen y semejanza? ¿Un salvoconducto para la eternidad? ¿El santo y seña de la impunidad?

El poder está en todas partes. Se ejerce, manifiesta y expresa de infinitas maneras. Y su capacidad para dañar crece proporcionalmente a la fortaleza de los campos mayores sobre los que gravita. O en los pequeños donde es posible de un solo golpe exiliar toda ilusión de que el mundo puede ser un sitio donde la justicia impere, sin estar unida al poder que la convierte en injusticia.

UNA MADEJA INCALCULABLE
DE HILOS

El poder es esa madeja incalculable de hilos que se entrecruzan, extienden, para sujetarlo todo, hasta la respiración. Y se vale de todos los recursos a fin de no debilitarse o ceder espacios a quien somete, veja o expropia hasta la vida.

El poder está indisolublemente ligado al capital. Una fuerza que todo lo corrompe y resquebraja. Y como se construye en base a la compraventa de conciencias y entidades, a veces también implosiona en su propia podredumbre.

UN GOCE SECRETO Y A VIVA VOZ

El poder es profundamente repulsivo. No tiene medida ni límite en su expansión y en su capacidad para humillar. El poder utiliza las herramientas más sofisticadas para hacerse pasar por benévolo y para trabajar con la anuencia de aquellos a quienes oprime, domina y somete.

El poder es ese placer de ubicarse en una posición desde la cual hay alguien sobre quien ejercerlo. Es un goce secreto y a viva voz, que se deleita cuando logra la sumisión obligada, la domesticación, la profanación, la humillación.

UN VENENO LETAL

El poder es un veneno letal que liquida a quien se interpone contra él y que a la vez envenena a quien lo ejerce hasta convertirlo en el mismo trozo de miseria al que conduce a tantos.

Sólo que no nos damos cuenta. No hemos crecido aún lo suficiente para detectar el poder cuando comienza a nacer. Por el contrario, lo dejamos pasar, casi hasta lo envidiamos,  porque cuando se ejerce contra nosotros, deseamos poder para tomar la debida venganza, que consiste en humillar a quien te humilla, someter a quien te somete, herir a quien te ha herido con toda su saña.

POBRE MUNDO DESTROZADO

Vvimos entonces en un mundo que se reparte entre quienes ejercen el poder y quienes desean ejercerlo. Pobre mundo destrozado que aniquila todo lo que no se ubique entre esos dos polos.

La mayoría, sobre la cual se ejerce globalmente el poder, su grado de sometimiento es tal, que no tiene posibilidades mayores de comprender los mecanismos que la aniquilan. De modo tal que toma su desvivir como un destino asignado del cual no se puede salir. Y a lo más  que acude es a una instancia supraterrenal o divina a quien clama por algo de suerte o un lugar en el más allá.


LA ALIANZA CAPITAL-RELIGIÓN


Extraordinario trabajo, por cierto, que fortalecen las religiones, las ideologías,  las llamadas ciencias del hombre, trasmutadas en medios o ciencias del poder, para consolar a los sometidos y ofrecerles a cambio de su sacrificio aquí en la tierra, un lugar innominado allá en el paraíso y tal vez hasta a la diestra del Señor, o una aplicación estadística en los basureros del mundo.

Las religiones y las ciencias se alían entonces con el capital para ejercer la dominación y justificar toda injusticia. Y por más que Jesús, por nombrar un iluso imaginario, haya tratado de enderezar esos entuertos, sólo sobrevive el acuerdo-negociación, la trampa-mentira sobre la cual se levanta todo el proceso civilizatorio, que otorga parcelas de poder a algunos mientras mantiene a las mayorías violentadas hasta lo indecible.

Pobre mundo sin rumbo que no atina a discutir proyecto alguno, que tenga en su mira conformar una sociedad sin poderes ni sometimientos.

UN ARMA VERTICAL

El poder es un arma vertical que va empujando hasta ejercer la potestad sin límite de cada quien sobre cada quien. Allí nadie se salva. Quien no hace uso del poder que le haya sido otorgado, será sometido por el poder que lo precede. No tiene alternativa ni salida.

METÁFORA DE LA MUERTE

El poder es una metáfora de la muerte que se instala entre los párpados y le roba a la vida toda su certidumbre. 

Es un espacio sin vacíos, que revienta todo a su alrededor hasta reventarse a sí mismo. Sólo que cuando eso ocurre otro poder lo sustituye y el ciclo se repite interminablemente, porque no hay quien lo detenga.

LA HISTORIA COMO SUCESIÓN
DE PODERES

La sociedad, en su desenvolvimiento y en medio de ese proceso que nos han vendido como de progreso y superación, no es más que una sucesión de poderes, cada uno más efectivo que el anterior, porque los propios poderes que se crean, lo hacen para darle continuidad a los espacios de su dominio.

Cuando caen, son sustituidos por nuevos poderes que hacen uso de todo el avance tecnologico, cientifico e ideológico para hacerse pasar por renovadores, subversivos y hasta revolucionarios. Hasta que la propia historia se encarga de demostrar lo contrario. Y el poder vuelve a usurpar la condición de la esperanza, la ilusión o el sueño de un mundo con justicia para todos.


NO HAY OTRO HISTORIAL SINO ÉSTE

No hay otro historial sino éste. No se conoce. Y ya ni siquiera tenemos capacidad para imaginarlo.

Nos han convertido, y así lo hemos aceptado, en seres pasivos, resignados a recibir las migajas del poder que nos controla y con él fabricar una suerte de vida en la cual buscamos aplicar el mínimo poder que nos ha sido concedido para aplastar todo conato de pensamiento diferente.

Con el niño comenzamos nuestra labor. O lo sometemos con el hambre, la violencia, la desnutrición, la insalubridad, las carencias y la muerte de mengua, o si tiene el privilegio de poseer bienes materiales, lo liquidamos pronto a fuerza de  robarle su libertad, su espontaneidad, su ilusión y su capacidad para inventar.

AY DEL HIJO QUE HABLA CON LAS PIEDRAS

Pronto lo colocamos en el riel de la vida permitida. Y lo que no logramos hacer nosotros directamente, lo delegamos en las instituciones  de todo tipo, entidades todas encargadas de concluir con la misión de controlar los desaguisados o los exabruptos.

Ay del hijo que sueña cielos sin horizontes y mira por las ventanas en busca del amanecer. Ay del niño que habla con las piedras, los pájaros y la lluvia. Ay del que se asoma atónito a contemplar las estaciones de la luna o los pasajes del bosque.

Cuidado, ese pequeño ser indefenso, que adviene a la vida cargado de imaginerías, puede poner en peligro el planeta entero, la sociedad existente, el poder que se levanta sobre la extinción de todo asombro.

Por eso pronto se le domestica, se le ordena, se le reglamenta, se le pone horarios y se le cierran los espacios para que deje de soñar. Debe obedecer, seguir las reglas, cumplir los horarios, domesticarse a través de la sumisión a los poderes.

TRISTE MUNDO QUE HA AUTODESTERRADO SU PROPIA VIDA

Así sabrá que cuando crezca otros poderes mayores le impondrán lo que debe pensar, hacer, decir y hasta sentir. Y lo hará considerando que es algo tan natural como el día y la noche. No se preguntará por los cauces secretos que lo convirtieron en un ser amaestrado. Esperará tan sólo la ocasión para a su vez domesticar a quien se le atraviese.

Triste mundo que ha autodesterrado su propia vida. En ella ya no cabe nada que hable el lenguaje secreto de los árboles.

Hasta nuestra palabra es un poder destemplado y desvergonzado que nos ha robado el rubor del lenguaje que alguna vez soñó ser humano y amoroso.

Nuestras palabras se han convertido en órdenes o en sumisiones. Perdió casi desde sus inicios su poder de creación, de imaginería, de redención y consagración.

LA PALABRA: PRIVILEGIO DEL PODER

Quedó encerrado en eso que dan por llamar arte. O en la lágrima de una madre. En el suspiro de un colibrí herido. En la canción que se gesta en las colinas. En el abecedario del agua sobre la tierra que aún retoña.

Una expresión libre que no libera a nadie. Un desorden de lo estatuido, que no desordena poder alguno y que las más de las veces se constituye a su vez en poder de murallas, de cercas. De líneas divisorias.

En ese contexto hasta la palabra se convierte en un privilegio del poder.

Dice César Vallejo: Quiero escribir, pero me sale espuma, / Quiero decir muchísimo y me atollo; / No hay cifra hablada que no sea suma, / No hay pirámide escrita, sin cogollo. / Quiero escribir, pero me siento puma; / Quiero laurearme, pero me encebollo. / No hay voz hablada, que no llegue a bruma, / No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo. / Vámonos, pues, por eso, a comer yerba, / Carne de llanto, fruta de gemido, / Nuestra alma melancólica en conserva. / Vámonos! Vámonos! Estoy herido; / Vámonos a beber lo ya bebido, / Vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.


ME VOY CON CÉSAR A COMER
FRUTA DE GEMIDO

Y hoy y aquí, entre estas paredes abiertas de mi propio encierro, entre esta palabra que no llega a ser espuma, entre esta voz hablada que no llega a bruma, me voy con César a comer yerba, carne de llanto, fruta de gemido, porque como él, en este día de todos los días, estoy herida por poderes disfrazados de relicarios, que llegaron en la noche, al destemplado, a soliviantar la risa de los niños, a amedrentar la luz de sus pupilas, a quebrarles el hilo mágico de sus imaginerías.

LOS PODERES CUMPLIERON SU
SENTENCIA INEQUÍVOCA

Como si hubiesen sido obligados a crecer en un instante. Arrebatados de su sol de mariposas, de sus dinteles escarchados, de sus brazos extendidos hacia las auroras que les nacen en sus adentros, y encerrados en el claustro de las sumisiones, las mentiras y los falsos espejos de devociones que nunca supieron de misericordia.

Y este yo cuarteado en sus raíces, pulverizado el verso, que supo de los poderes aún antes de nacer, hoy en este día invertido, en este anochecer que no sabe de soles, en esta grieta que se enasta en el alma, he dejado que los poderes tomen por sorpresa mis incertidumbres para cumplir su sentencia inequívoca.

DEJO ESTA LETANÍA COMO
UN EXPEDIENTE A LOS PODERES

Y como me he quedado sin palabra y sin espuma, náufraga entre torrentes de cal, vacía de imaginerías que puedan dinamitar el horror, dejo esta inútil letanía, este grito venido de las honduras de un pozo, como un expediente inalterable que le levanto a los poderes de todos los tiempos y dimensiones, a sus usufructuadores, a sus seguidores, a quienes los ejercen y sustentan, a quienes asesinan, a cada paso, la vida que pudo haberse enseñoreado como un don sobre este triste y desvalido planeta, extinguido mucho antes que el astro que lo alimenta y lo nutre.

Una letanía que le dedico, inerme como estoy para protegerlos, a tres niños que me enseñaron y siempre me enseñarán el privilegio de vivir sin poderes.

17 de noviembre del 2010



Publicado en Media Isla
el  20 de noviembre del 2010
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martes, noviembre 18, 2014

PREVISIÓN PARA UN AMANECER




Tanta dulzura
en el corazón del hombre,
¿es posible que falle
en la búsqueda
de su medida?

SAINT JOHN PERSE


Imaginería es la enamorada previsión del amanecer. El ángulo asimétrico de una conjetura. El argumento contra toda zozobra. La estructura templada del deseo. La restitución definitiva del amor como engranaje esencial del existir.


El punto de dulzura que se derrama de los crisantemos y que se deshace en artilugios sobre los ojos de las escalinatas. La contrapartida de todo desahucio. La espiga que contiene en su danza la esencia de la risa.

Es la clave del asombro, la longitud de la mirada que escudriña el vivir. El rostro del rubor que deletrea la inocencia. El nombre de la libertad que aún no hemos alcanzado. La premura de los días sobre la inminencia de las despedidas. La memoria sobre el olvido.

Los dedos que dibujan desbordados la acuarela del porvenir. Las manos que atesoran los milagros. Los abrazos que se alargan desafiando toda cerca o frontera hasta alcanzar al otro que espera impaciente señales de perplejidad.

El arma que podemos esgrimir para espantar la muerte, rehacer el hilo de la vida y trenzarlo en el viento, hasta que alcance y se junte a cada imaginería solitaria que brote en el mundo.

El río que cae sobre la sequía y la hierba que se siembra en los arenales. Son los hielos sujetando la franja de la vida y los mares pernoctando sus honduras sin derramarse sobre las orillas.

Es la fuerza que permite sobrevivir los exilios, los encierros, los maltratos, el desamparo, la miseria y la violencia sin límite de quienes todo lo acumulan y poseen pero jamás han podido atesorar una imaginería, porque de la vida apenas saben de extinciones.

Es el murmullo del mar que transporta la risa quebrada de los niños tristes. Es el deslumbrante estallido solar de una luna llena cuando todo lo demás se ha apagado.

La imaginería es la cordura requerida para vencer el sufrimiento. Y es la locura necesaria para desatar los órdenes impuestos a la fragilidad del hombre despojado.

Es afinar el grito hasta hacerlo canción. Encauzar la lágrima hasta que en vez de deslizarse sobre las grietas del rostro, se junte para repoblar la tierra de arroyos y manantiales.

Es la melodía para invocar al hermano de todas las latitudes que aún desconoce que existimos y que requerimos con urgencia hacer con él un tratado de amor.

Es la palabra que en vez de golpear se convierte en caricia. Es rescatar todo lo perdido entre la maraña de una historia ajena e impuesta que ha destrozado hasta la geografía de los corales.

Y es la propuesta de una historia humana que aún no alcanzamos a inventar ni a divisar entre las ruinas de lo vivido.

Una imaginería es la posibilidad de crear desde el horror una nueva ingeniería celular, que configure el hombre a partir de la dulzura.

De construir alamedas arboladas que le devuelvan el oxígeno a las penumbras, palabras de las que nazca un lenguaje que no espante, que dictamine la superioridad de las cosas sencillas, por encima de toda ciencia al servicio de la guerra, que restituya la alegría como la palanca que haga parir una nueva vida.

La imaginería es aún un oficio reducido al espacio infinito del sueño, apenas un anhelo que se va colando por los agujeros de las chicharras, la casa colgante de los arrendajos, la espuma de mar que persistentemente establece sus quereres con las piedras.

Una labor navegante en busca de los secretos de las estrellas de mar y los cangrejos, de hortelano decidido a hacer brotar granos de los eriales, de alfarero constructor de recintos que apaguen la sed. Edificador de lo esencial que es invisible.

Pero una tarea que está al alcance de cada uno de nosotros. Como quien aliña el pan con anís dulce, o esparce campanarios a los naranjales de las tardes.

Como quien decide mirarse en las pupilas del hermano que cabalga a su lado silente y desconocido. Para despertar la tenacidad de la ilusión y regarla en cada lugar donde impera la oscuridad y el dolor.

Una imaginería es la persistencia contra todos los atajos que la muerte recorre para asentar el destrozo.

La única vía, a estas alturas, para que nazcan los retoños de porvenir que tal vez, algún día, servirán para construir el vivir enamorado que aún no hemos alcanzado.

texto y foto
mery sananes



Publicado en la Revista Digital Media Isla

13 de febrero del 2010


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Sonata para violín No 6
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