jueves, julio 28, 2016

JOHAN SEBASTIAN BACH - LA PASIÓN SEGUN SAN MATEO COMPLETA


Johann Sebastian Bach



Las Pasiones según San Mateo y según San Juan son, con toda seguridad, las obras de arte más grandes que ha producido jamás el espíritu humano. También pertenece a esa categoría la Misa en sí menor. El lector comprenderá que no diga nada sobre esas obras. Cuando las oí cantar –y la Misa no la oí nunca entera, sino en trozos- me pareció como si un mar inmenso se hubiese derramado sobre mí. El coro de la obertura de la Misa, el gran grito del Kyrie eleison, seguido del silencio de las voces, mientras los instrumentos tocan la más hermosa de las músicas, me pareció siempre más allá de toda expresión. No habría palabras para hacérselas comprender a los que no han oído esa Misa y las Pasiones. Las palabras son, pues, superfluas. Estas obras procedían de lo más profundo del alma de Sebastián.

ANA MAGDALENA BACH
Pequeña crónica
Caracas, Ediciones Desorden,  1975.


Esta música viene pura del país del alma









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ERA LO QUE TENÍA QUE DECIRTE

 
 Estos son pensamientos de Zaira Andrade
recogidos en una de las tantas libreticas que ella llena
cada vez que se detiene a dejar migrar sus
asombros hacia el pais del viento 
 
Nosotros los recogemos porque forman parte
esencial de estas Embusterías y porque su
trayecto de vida es la mejor prueba
de la capacidad innumerable del
hombre
 
 
 
Si todos los dias
te digo lo mismo
eso era lo que tenía que decirte
 


 
Deja fluir tus lágrimas de felicidad
son las más escasas 
gózalas
 

 
No ocurre por azar que seas regalada
tu ejercicio de amor 
ininterrumpido y vital
hizo con disciplina su tarea
 
 
 
La energía de luz con la que
a veces viajas, es consciente
y veloz
 
 
fotos / mery sananes
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viernes, julio 15, 2016

EN LA PUNTA DE UN DEDAL

 


Hoy he venido a escribir una carta. No un poema, ni un escrito, ni una reflexión sobre materias trascendentes. Ni un verso que deslumbre.

Sólo una carta sencilla, que no cuide la concordancia ni hurgue en el país de los sinónimos.

Una carta manuscrita, con sus tachaduras y con una letra en espiral que aproveche las mayúsculas para dibujar un beso en su trazado.

Una carta colmada de aromerías que enamore al transeúnte que la encuentre por azar en las estanterías de la noche.

Una carta como un soplo de brisa que pudiera escurrirse por debajo de las puertas hasta alcanzar el horizonte de unos rizos o el remanso de unos párpados a los que se le han sembrado veleritos de alegría.

Una carta de esas que ya no se escriben, porque se ha secado la tinta que dibujaba filigranas de azul sobre un tapiz de nubes.  O porque se han quedado solos los buzones que alguna vez fueron recintos de melancolía y parajes secretos de una palabra-suspiro.




Una carta que hable del día y del sabor del vino que se escancia en los viñedos de la memoria, del jade de las colinas que se cuela por entre las rejas, o del rumor de agua que se quedó detenido en el giro de las ramas que se mecen.

Esas cartas que se escriben sobre las puntas de un dedal y que luego se vuelcan sobre un papel impregnado de hierbas y que llevan siempre en su sobre algún talismán invisible a los ojos.    

Una carta color violeta que lleve en su interior algo de la noche y mucho del sol. Que llegue derramando florerías, como si en vez de una carta fuera un vergel.

Una carta marinera, como si fuese una caracola, que tuviera en su interior las honduras del agua, en cascada de acordes.

Una carta escrita en el lenguaje de los pájaros como quien pone en palabras el asombro que se anida en las pupilas de un niño.

Una carta que no diga nada,  que se asemeje a los papelitos que solemos dejar bajo las almohadas de los hijos, para que no olviden que existen los encantamientos.

Una carta escrita sobre el ala de una mariposa, en vuelo de infinito hacia el territorio de los siempre.

Una carta que diga, por ejemplo, hoy el sol amaneció empapado con la lluvia de la noche. Y las hojitas de los árboles brillan engolosinadas mientras aguardan el paso de los espejos.

O que diga: qué maravilloso azar, que coincidencia tan extraordinaria que en un julio se produzca una conjunción de limonares y guayabos, de geranios y azahares, de aguas vertidas sobre los lechos de las semillas y ríos que escancian la sed de la risa.



Que diga: ellas están hechas del mismo cordaje de amor. Una riega sus flores, otra macera sus confituras. Una escancia la leche, otra enjuga las lágrimas sobre un mismo recinto de epopeyas silenciosas.

Una deja su estela de flor, otra esparce sus bienaventuranzas como si pudiera abrirle surcos al cielo. Ambas están hechas de azúcares vertidos de una caña color de atardeceres.

Una carta que no está escrita para espantar dinosaurios sino para convocar la alegría de ese lejos que se convierte en cercano, porque todo aquello que se deposita sobre esta tierra,  con la dulzura de una simiente, se convierte, se extiende, se continúa para siempre, por más sequías y devastaciones que se acometan.

Una carta que certifique esa estancia de donde venimos, ese milagro de convertir el grano en pan, aún sin el surco, de endulzar el guarapo, de hacer de los duros trajines una memoria de la alegría que se construye silenciosa y persistentemente sobre los días, para que no se apaguen nunca los candiles de los sueños que se tejen en el corazón de las flores de baile y en los pétalos de los geranios, de las extrañas y de las azucenas que aún no han nacido.

Una carta que diga por ejemplo: algún día este será el lenguaje que los hombres hablen entre sí y éste será el cantar que perdure como la señal de lo que somos: hijos de hortelanos, enamorados peregrinos de la vida que se vive, trasegadores de lo amargo en dulce, esforzados mineros de mar en labores de coral.



Una carta que establezca que, más allá de todo testimonio de la tristeza y los tormentos que nos ha tocado sumar, del expediente al desamor que ha levantado una humanidad empeñada en la muerte, sobrevivirá en nuestra geografía celular, en la exacta estructura de las moléculas, en el incesante aleteo del corazón desasistido,  la fragancia de la flor,  como férrea armadura, frugal equipaje, instrumento de labranza con la cual construir la historia de lo que en verdad somos.

Una carta que conserve en sus pliegues la ternura que nos viene de esa escuela de milagros, como el equipaje que nos permite sobrevivir estos tiempos sombríos, que no parecen cesar de tanta muerte como contienen.

Una carta hecha con sonidos de laúd y travesuras de píccolo.

Una carta que retome siempre el hilo del melado en el que se cuaja la confitura, o el corcel de los tiempos niños en los que cabalga la ilusión.



Una carta para guardarla en el vuelo de las tórtolas, el canto del petigre,  en las enredaderas de jazmines, y que se pueda deshojar cuando haga falta  una brisa fresca llena de fragancias.

Una carta que no concluye porque alguien la seguirá escribiendo en los cuentos que le inventen a los nietos.

Una carta que recoja las claves mágicas de todo lo que vive, más allá de las ausencias.

Una carta que dejo en las sístoles del día, en las comisuras salobres de los peces, en el ángulo de las caricias que aguardan quedamente la sagrada resurrección del abrazo.

Una carta niña de esas que se entregan escondidas en un cesto lleno de gajitos de mandarina y fresas maduras. Una carta, en fin, con sabor a duraznos.

mery sananes
en este otro julio
16 de julio del 2012

fotos / ms




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lunes, julio 11, 2016

TODO ÁNGEL ES TERRIBLE



¿Alas de pájaro o de ángel?
en el aire el vuelo es el mismo
sólo que el hombre
sigue ensayando como alcanzar
la dimensión alada del suspiro


mery sananes
27 junio 2016


Todo ángel es terrible

Arroja desde los brazos el vacío
hacia los espacios que respiramos,
quizá de modo que los pájaros
sientan el aire ensanchando
con un vuelo más íntimo


Rainer María Rilke
Elegías de Diuno
I Elegía
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jueves, julio 07, 2016

TU EDAD DE EQUINOCCIO




Hijo

Siete del siete irrumpiste en un verano de inviernos, sobre colinas embriagadas de agua dulce y cosechas tiernas. Te aguardaba como a quien no le habría de caber entre sus manos el asombro de la vida. Y llegaste como un torbellino de risas sobre un huerto sembrado de hojas de páramo y frailejón.

Y desde entonces hasta hoy has sido la nube que se posa sobre la fugacidad de una estrella. La arteria vital de un río que a ratos se desborda. El solar de los rosales que tu madre vigila para que no le falte jamás su aroma a los días.

Cómo describirte, hijo, lo que fue y sigue siendo nuestro tiempo juntos. Aún no sé quién enseñaba y quién aprendía. Nos encontrábamos siempre en ese punto que conjugaba las preguntas y las respuestas, como un camino que había que ascender. Tú querías comerte el mundo y yo alimentaba mis saberes con tus desconciertos.

Girábamos en torno a un leño encendido o a la cazuela de arcilla en la que tu madre preparaba aquel caldo de leche y queso en el cual danzaban los granos de maíz y los gajitos de arepa de trigo. Y cómo nos gustaba, hijo, asomarnos a aquel balcón de la casa de la abuela Victoria desde la cual divisábamos la noche atravesada de constelaciones y cocuyos.

Y ahora que habito aldeas siderales y que puedo mirarte desde el cobijo de una tempestad o un rayo atado a la cola de un cometa, he podido ver cómo crecen esos ojos que tu abuela Luna me entregó para que yo los depositara en el anclaje de tus sueños.

Y convertidos ahora en centinelas de las galaxias cada día lo iniciamos con ese abrazo que precedía las horas de escuela, o el que reparábamos, con herramientas de luz, al encontrarnos en los mediodías, aún resplandecientes de noche.

Sé que son muchas las cosas que tenemos por contarnos. Y que en este tiempo de estar alejado de esa vereda que conduce al río o a la montaña, te estás formando en ese código de vida que hicimos nuestro aún antes de nacer. Lo decía siempre tu abuelo Isaac: siempre más alto con justicia y humanidad. Y una balanza sin contrapeso, una escalera tocando los destellos lunares y un corazón hecho de pomarrosas.

Viniste hijo a dejar tus propias huellas sobre las que no pude culminar. Y hoy cuando alcanzas edad de equinoccio, trayecto de montaña, estación creciente de la vida, yo te traigo ese canto que se me quedó dormido en la garganta, un racimo de luceros y un recinto donde aposentar los sueños.

Te traigo la algarabía de los días de campanario y las piedras de cuarzo. Y bajo la almohada una carta escrita con hilos de fósforo. En ella encontrarás todo los te quiero que voy guardando para plantarlos como farolitos que hagan relumbrar cada uno de tus pasos.

Estaré contigo, como siempre lo he estado. Y juntos jugaremos a encender las velas de esa torta que tu tía siempre pide que no falte para celebrar la fiesta de tu andar.

Y nos reiremos juntos, como siempre, en la esquina de algún cuento, a orillas de una canción que no me he aprendido y en los confines de los afanes de tu madre en cuyo regazo florecieron tus alas.

No olvides nunca, hijo, que estoy siempre a tu lado. Que basta que gires para encontrarme. Te quiero y te abrazo.

Tu padre
  en este 07 de julio del 2016



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miércoles, julio 06, 2016

FUGA HACIA EL AZUL




Y de su enjambre 
de lluvia y oleaje
en travesía por los
corredores del cielo
brotó un arcoiris
en fuga hacia el azul 


texto y foto
mery sananes
El Libro de los Cielos
junio 2016


Antonio Vivaldi
Concerti della Natura

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lunes, julio 04, 2016

UNA PLANTA HECHA DE PLUMAJES


Paul Klee / Feather Plant 1919


a paul klee

La vida se desgaja 
aromada de níspero 
o naranja
y sale en vuelo
hacia las pupilas

Se detiene en el fruto
que aún no ha nacido
y se derrama
como un arcoiris mudo
reclinado sobre 
el horizonte 

Y allí el pintor
descubre sobre el lienzo
una planta hecha de
plumajes 
o un ave a la que le
nacen hojas en sus alas
para ir a sembrarse
en el silencio de un 
pájaro carpintero

mery sananes
junio 2016





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sábado, julio 02, 2016

EL POZO SOLAR DE LOS AUSENTES



Como quisiéramos
que las del hoy fueran
historias de ayer
y las pudiéramos contar
como de un tiempo lejano
que sembró en la pena
un estallido de girasol

Cuánto daríamos
por haber cerrado
los postigos
de la prehistoria
del hombre
y haber comenzado
a transitar los predios
de una humanidad
en ascenso a su condición
alfarera y creadora

Y sin embargo
se repiten incesantes
las noches de los asaltos
en los que un corazón
es acuartelado
por el delito de soñar
en voz alta
cantos de porvenir

Se levantan otra vez
los mismos expedientes
que liberan culpas
como reos sin cargos
una y otra vez el silencio
desgaja el pozo solar
de los ausentes
y seguimos andando
como si nada

Qué nos ha ocurrido
que seguimos siendo
quietos testigos
de los mismos exilios
cómo haremos
para celebrar
a los hermanos
si aún en las noches
y los días
se quiebran los cristales
de las pupilas
para que no podamos
encontrarnos
frente al fuego
de una mesa servida
de suspiros y azucenas

Como si no
nos hubiese nutrido
suficientemente el extendido
y persistente sufrimiento
para convertirnos en jornaleros
de una historia distinta

Sin embargo alguna vez
habremos de detener
la muerte
para dejar correr
la alegría
porque en nosotros
anida silente la grieta
por donde habrá
de insurgir alguna vez
la flor de la risa
que no fue
y entonces el verso
alcanzará su verdadera
dimensión de cometa
y la palabra será
como un abrazo
edificando un tiempo
de esplendor para la vida


texto y foto 
mery sananes
28 noviembre 2009
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viernes, julio 01, 2016

TOQUE DE ROSA



para rosana maría


Otro toque de rosa
en medio de tus pupilas
de ana de danzas  que lleva
sus pasos mensajeros
hacia confines aprendidos
en las ñinguitas imperecederas
del amor de los arcángeles que
te acompañan desde las puras
legiones de los amaneceres de ritos
cantos y entregas de siempre

agustín blanco muñoz
30 de junio del 2016


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jueves, junio 30, 2016

UNA PIEL AROMADA DE HIGOS




A ella, en otro junio

Si algo soy, madre, entre los menguantes y crecientes de tu luna, es ser tu hija. Adherida a ti como si nunca hubiese acabado el instante del nacimiento. En el regazo en el cual me cobijaba como las algas en las rocas. En las palabras que no terminaba de decir, pero que hacían efecto de diapasón en los tiempos sin tiempo.

En los descalabrados días en los que no alcanzaban los silencios para enhebrar en ellos los besos que como pájaros, se engarzaban en los ojos por los que conocí las lágrimas. Como si no hubiese otra forma de ser, ni condición distinta que aquella que nos muestra la cadenza de la vida, como un milagro de pan o de pez, de tierra o de mar, de campo o de ríos, de azafates o explanadas de cielo. Como lo sigo siendo y lo seré más allá de la historia que escribe el liquen en la secuencia de las adherencias estelares.

Hija, que descubrí, madre, lo que fue tu orfandad de arrullos, tu silencio en busca de ese cedazo que ya no estaba al término de tu urdimbre, que se desprendió sin tú poder sujetar sus arneses, ni detener aquella ausencia que marcó para siempre tus soledades.

Hija en los mediodías de tus pupilas apagadas, en las noches en los que mi sístoles, que eran extensión de los tuyos, se alargaba sin fin, para aliviar los dolores de los que jamás hablaste, pero que reconocía en la propia tesitura estremecida de mis dedos sobre tus insomnios.

En los reverdeceres que por instantes fulguraban tu estadía sin cadencias en las esferas del asombro. Para arremolinarme como un viento quedo sobre las lágrimas que nunca vertiste.  Para apaciguar los sonidos que eran extraños al canto melodioso que se quedó detenido en el interior de tus cuerdas de mandolina.

Para llevarte cesterías de risas que tomaba prestadas de los niños que vendrían y que tú no conociste. Para desenredar la madeja de tus cabellos que se convertían en aluvión de candiles en los días de tinieblas. Para acompañarte, madre, en el designio riguroso de tus velas encendidas y aquel pañuelo con el que cada vez pretendías recoger desde la piedra enmudecida, aquel hilo que se descosió de tu pecho de pomarrosa.

Hasta que te fuiste, madre, en su búsqueda. Y aunque otros crean que te guardaron entre piedras de sal, yo desenvolví todos los linos para devolverte a la vida, para que trazaras tus andanzas hasta donde te aguardaba tu madre, con una tela bordada en hilos de fósforo, y se restituyera tu alegría.

Y seguí siendo hija, madre, y siéndolo resurgí un día como floreciente aventurera de la armonía, y como los peces, las tortugas, los osos, los escarabajos, brotaron desde los cimientos del maíz y la miel, del nácar y el estío, del frugal campamento de los suspiros, del desbocado trayecto por los océanos,  los horizontes verticales de la risa.

Y esa piel aunada a tus corpúsculos de hierba, madre, se extendió de pronto en cauces desmedidos de lluvia esparcida en canales de nísperos y jobos, guayabas y almendrones, nuez y cardumen. Y ese ser tu hija, me hizo parir este ser madre, que me  define hasta el siempre, como esta eterna transición entre lo que recibimos y entregamos, como corredores de relevo que aún entregando el testigo, sigue adherido al puerto de donde partió y al bajel que brotó del estruendo de su amor.

Y allí fui definida como las mareas dibujan la orilla, la arcilla al cántaro, la lágrima al ojo, la risa a las leyes del cosmos. Como cada ser cuya existencia solemne atraviesa el instante minúsculo de este planeta de un sol y una sola luna. Y siéndolo, cada uno de nosotros, escribe las leyes de la vida, del nacer y el renacer, de la ausencia que no es más que el breve intervalo de una tejido a otro. Cada uno, único y múltiple, hijo e inventor de un universo inextinguible.

Sólo, madre, que en este mundo, hace mucho se quebraron los engranajes de un tejido que abarca todos los tiempos, todas las cadenas, todas las trasmutaciones, que como un hilo conductor atraviesa galaxias, escombros estelares prodigando su esencia al nacimiento de nuevos fulgores.

¿Seremos acaso el único planeta empeñado en tanta devastación?  Ahora reducidos a este espacio de degredo, ¿a dónde han ido a parar los hijos? ¿Qué han hecho de las madres que les han robado hasta la respiración? ¿Qué ha pasado con la vida que hasta la tierra está yerma?

Hay que recuperar, madre, esa piel aromada de higos, que envuelve el corazón. Ir a rescatar ese músculo apegado a cada húmero de donde nace el abrazo. El canal que irriga el pasado presente y porvenir en creciente de un río galáctico. Hay que ir a juntar los pedazos rotos de los que somos. Devolver la lágrima a la vasija de los ojos. Los amaneceres a la hierba. Las noches a las estaciones de la luna. 

La risa a la boca que quedó exhausta de tanto gritar buscando rehacer ese hilo que nos hace madre de todos los hijos, que nos hace hijos de todas las madres, que nos convierte por el meticuloso y perfecto engranaje de lo vivo, en esa pieza diminuta, casi invisible sin la cual nada giraría en la órbita de las estrellas más lejanas.

Por ello, madre, cada junio, regreso al telar de donde vine. Voy con una aguja de cuarzo en las manos, un dedal de jade entre los dedos, una tinaja de confituras lunares sostenida en el triángulo del omoplato, al encuentro con el mágico hilo que llevabas,  madre, enlazado a la circunferencia de tu tristeza, y que tú recogiste como una liturgia, para dejarlo grabado en el ala central de mis angustias. 

De allí lo tomé  para bordarlo irrefutable en los suspiritos de agua, la risa ruqui ruqui y los ciruelos de mis niños, empeñada como estoy en dar las puntadas que algún día contribuirán a construir el lienzo perdido de la vida.

Y hoy, madre, en este nuevo junio, puedo decirte que ese tu hilo de malabares en flor, que se hizo urdimbre y telar, en mi piel que es la tuya, y que es la misma que le entregué a mis hijos, cosida con el piquito de un cardenal, navega con cadencia de adagio en tres veleritos que en alta mar y viento alto sabrán encontrar siempre en su costillar el hilo cosido de nuestro amor.  

Y esa, madre, es la ofrenda que te dejo en este junio y que te alcanzará volando en el velero de una estrella fugaz, en un cometa de larga cola, o en el recorrido menguante de la luna, llevándote el sabor de sus besos niños esculpidos en la piel del universo.    


mery sananes
30 de junio del 2013
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