domingo, febrero 15, 2009

EL PARTE DE GUERRA DE MANUELICO



Hoy, en este 15 de febrero, en horas de polarizaciones y segregaciones en este triste expaís, nos hemos detenido en el Manuelico de la infancia de René Rodríguez Soriano. Y en el niño capaz de rubricar una guerra, ‘a campo abierto, en pleno desierto, sin un ser vivo que interfiera en el deseo de todos los ejércitos de darnos el supremo recurso de la paz’.

Y nos sumamos a ese parte de guerra, que es como una coda final, en la seguridad de que si esto ocurre, no hará falta librarnos de indignatarios, generales y atildados señores, porque al carecer de mano de guerra, no les quedará otro recurso que rubricar una tregua y sentarse en una mesa a dirimir sus diferencias, mientras los restantes pobladores de este planeta nos dedicamos, al fin, a vivir, que no a morir.

En esas condiciones los niños podrán de nuevo, como Manuelico, hurgar en el corazón de los pinos secos, para compartir la lumbre del mundo, sin confrontaciones ni conflictos. Y dejar correr sus embusterías en campos sin batallas, donde florezcan historias sin fin y cuentos narrados en el abecedario de los pájaros y con el amor insomne e inequívoco de los pinguinos. MS


RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO | © MEDIAISLA

Entre los cinco y los siete años trasunté lo desconocido, perfilando los contornos de la tosca mano de Manuelico que, dueño del aire y de mi mente, me sacaba a pasear más allá del arroyito que estaba a diez minutos de la casa. Él conocía todas las historias y, supongo, todos los mapas, los puertos, las ciencias. Sabía tanto que, en su boca, la guerra era un juego de niños, asoleándose o correteando sobre el pasto de los días.

No tengo noticias de que nunca en su vida, Manuelico que, acariciando la noche sobre el brillante lomo de su fiel e inseparable Macorís, acostumbraba internarse en lo más claro del bosque a montear puercos cimarrones, buscar leña, gina, bayas y caimitos, temiera o presintiera la irrupción de la televisión, expulsándolo del centro de nuestras noches sin fondo. Tampoco, alguna vez, que yo recuerde, hurgando en el corazón de los pinos secos, tuvo confrontaciones ni conflictos con los vecinos para rajar la cuaba, y compartir la lumbre y el calor de un mundo que ignoraba el advenimiento de tiempos en los que el óleo de las piedras sería la piedra de la discordia. Qué iba yo a saber, entonces, que la lumbre de la cuaba iba a venir a menos.

De vez en cuando me asalta la duda y me cuestiono: ¿seré, en verdad, un ente de estos tiempos? Sobre todo, cuando miro en la televisión que, por falta de pericia y vuelo, a ciertos aprendices de prestidigitadores las argucias y petardos de artificio que artillan para engatusarnos les estallan en pleno pecho antes de encender la mecha. Mas, me prometí no retornar sobre el tema. A veces soy tozudo, lo reconozco. Pero a mis amigos les gusta verme sonreír, y viceversa.

Si Manuelico volviera me encantaría, a la luz de la luna, contarle unas historias sin historia o sonsacarlo para que cierre filas conmigo en la anónima legión del Partido Comunista del Niño Jesús. Hace tiempo me deshice del rosario de nácar, la flor de lis, el libro rojo de Mao, y algún escapulario que me acompañó durante años.

Lerdo, inane, insignificante lector en rosa como soy, certifico y doy fe de que, con la misma sangre o savia con la que firmé para la paz, rubrico para la guerra. Nunca he sido militante, acérrimo pancarteador, caminador o voceador. Ni he ido a la manigua ni a las grandes avenidas ni a las plazas. Daría, eso sí, a todo pulmón, a toda sangre, mi firma por la guerra.

Anticipo que hay un pero, ha de ser a campo abierto, en pleno desierto, sin un ser vivo que interfiera el supremo deseo de dos –de todos– los ejércitos que quieran darnos el supremo recurso de la paz: librar al mundo de ellos. Tal vez habría que sentir pena por los simples soldados que, como siempre, cumplen órdenes y no serán capaces de voltear hacia atrás y librarnos de los indignatarios, generales y atildados señores que comandan y se benefician de la guerra, por siempre, amén.

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