
martes, diciembre 08, 2009
A NICANOR PARRA

tras la lectura de su poema
Hay un día feliz
Quien tiene una aldea y un arroyo
en un espejo de espumas que le devuelve
la risa de su infancia una luna que se posa
en las rendijas de los zaguanes
un patio donde brotan almácigos
de hierbas sanadoras
un inmenso solar de verdes esperanzas
un rebaño que retorna un aluvión
de pájaros de prisas y esperas
una noche que ilumina
el rostro de una madre que se recuesta
en la sabiduría del horno y en el oloroso
compás de las violetas
una abuela de mirada celeste
y un padre a la medida del ángulo recto
de una estrella
tiene la vida toda en sus pupilas
Quien se detiene a leer
los signos alados de la neblina
y juega a contar las gotas de agua
que hacen tintinear los tejados
quien corre detrás del rayito de las nubes
que pintan de alas las tentaciones que
navegan en el reloj del viento
y escucha en el follaje silvestre
la ingeniería musical que habita
el corazón del colibrí
conoce los ramajes de los que está
hecha la alegría
No importa cuánta tristeza
desande desde entonces
nada habrá de borrar
el aroma del almíbar
ni la dulzura del fruto
maduro sobre la tierra
ni el rocío mañanero
empeñado en vestir de amores
las hojitas de los escondites
Quien tiene una vereda que sabe
de memoria y puede reconocer la corteza
de una arbola en la que dejó hace mucho
el suspiro que le regaló la aurora
tiene todos los mandamientos
del universo y su deber es cultivar
esa flor de lejanía que se pierde
en la luz de los espacios donde habita
el resplandor del equipaje de los campos
para sembrarla en los adonde
a los que tenga que partir
para la consagración de los rojos soles
que aguardan el amanecer de los días de
mandolina y trascendencia
ms
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