domingo, diciembre 17, 2006

EMBUSTERIAS DE JOE




para Joseph Power
en su día y el de Walt Whitman


Porque algo tienes de salmista
de gesto más que de palabra
de orilla de tierra y de barro
más que de muralla
de cuerpo robusto y mirada
recia más que de imagen
de sonrisa abierta
y un corazón que tiene un
cierto sabor a melancolía
que andas regalando siempre
sostenido en tus dos manos
fuertes como tu vocación de
canto y de infinito
esos son tus títulos de propiedad
tal vez walt te los dejó una
mañana clara de rocío y hojas
de hierba
sé que nosotros te los celebramos
hoy y todos los días por
siempre amén


31 de mayo de 1982

L.V. Beethoven / Sinfonía No. 7 / 4to movimiento
http://www.epdlp.com/asf/beethoven17.wmv

Joseph Power nació un 31 de mayo, el día en que las pupilas de Walt Whitman comenzaban a vislumbrar, por primera vez, el esplendor de las hojas de hierba. Y se nos fue un 16 de diciembre, tres años después de haber escrito este poema, entrecruzándose tal vez en el camino con el eterno nacimiento de Ludwig van Beethoven. Dos polos de una vida que a ambos contiene en su cortísimo tiempo de sembrador de alegrías.

Venía de tierras lejanas y vino a aposentarse en estos predios para dejar sus señas de inventor de ilusiones, de ingeniero de un tiempo y una morada que tuviera la extensión de su corazón de niño. Y en esa tarea no lo detuvo ni las balas, ni las carencias, ni las soledades de su infinita utopía de compartir su sonrisa en la mesa del hombre.

Un día le tocó marcharse en el cauce del mismo vendaval que lo había traído. Las aldabas de los otros cerraron las compuertas de su desatada entrega a la vida. Se fue sin herida alguna, porque no pertenece a esa estirpe de hombre, sino a quienes van recubiertos del tejido de una esperanza que no tiene límites ni medida.

Y fue a acampar, con su compañera y sus hijos, a Nicaragua, para continuar allí sus tareas de flor, su trabajo de artesano capaz de convertir el dolor y el desasosiego en campos de granos, en paisajes de frutos dúlcimos.

Y un 16 de diciembre, fecha en que la Ludwig van Beethoven irrumpía para desplegar las tempestades de su fantasía en los cerrados pentagramas de su tiempo, Joe iba en vertiginosa prisa hacia la desarmada arquitectura de un autobús sobrecargado de traslados y tristezas. Y a la vuelta de cualquier espiral, aquella desmadejada estructura dio un vuelco dejando su risa de niño inmóvil en su rostro y una despedida que aún no hemos atendido no atenderemos jamás. Era el año de 1985.

Se quedó en nosotros como una canción que siempre resuena, como parte integrante de nuestros vasos comunicantes, como una alada fortaleza que nos entrega cada día su sabor a salmo, su abrazo de gigante, su oceánica mirada que como un río inmenso navega hasta los confines de todos los amores que aún habrán de ser.

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