martes, febrero 13, 2024

ARMANDO QUINTERO SE QUEDA EN SU TERRITORIO

ARMANDO QUINTERO
SE QUEDA EN SU TERRITORIO

 

Nací entre cuentos,
no entre mentiras.
Me crié y crecí
entre cuentos:
viví, vivo y viviré
entre ellos
Armando Quintero

 



Simón Díaz le canta a La Vaca Azul
de Armando Quintero
https://youtu.be/cthdry_HyVM

 

Armando Quintero Laplume se ha ido al territorio de los cuentos. Sin pedir permiso ni dar aviso. De pronto decidió tomar el camino de una chimenea que dibujó con sus manos de pintor, y se escabulló entre el humo para marcharse, más allá de los límites externos de la Tierra, hacia los lugares donde se inician todos sus cuentos. Un cosmos de magia y nebulosas, estrellas fugaces y cometas encendidos de donde él iba bordando la esencia de sus cuentos. Tanto que se convirtió en el personaje principal oculto en cada uno de ellos. 

Uno lo adivinó escuchando sus narraciones. El caminaba siempre como en el aire. Sus manos quedaban convertidas en las alas color naranja de sus pájaros amanecidos. Su cuerpo se movía al ritmo de un cometa o de un columpio. Se movía de un lado a otro reinventando un ritual que no se aposentaba en el sombrero de un mago, sino más bien en el corazón de sus escuchas.

 



Tal era la fuerza de su presencia que uno quedaba envuelto en una atmósfera desconocida donde todo era posible. Sus palabras se asemejaban a los acordes de un clavicordio. Sus manos eran un despliegue de palomas arribando a su palomar. Sus palabras tenían un eco que venía de arriba desde el cosmos, y de los pozos subterráneos de donde manan las aguas más cristalinas. 

Escucharlo era elevarse a esas dimensiones que sólo retenemos en los sueños más profundos. Nos transportaba constantemente del peligro a la ensoñación. Del llanto a una risa servida en una copa donde recién nacía una flor. Configuraba todo un abecedario de cosas sencillas que luego adquirían la magia que él les otorgaba al mirar de los niños, a los espejos donde se miran las estrellas, a la luz que el sol le regala a la luna, para que rompa la oscuridad de las noches. 

Nació en el pueblo de Treinta y Tres del Olimar, en Uruguay. Un nombre extraño en un espacio geográfico al que, por razones diversas, hizo que acamparan en diversos momentos poetas, cuenta cuentos, titiriteros y hasta la opresión. Salió de su país perseguido, pero nunca ha abandonado su aldea. 

En su peregrinaje se detuvo en todos los andenes, en las orillas donde arribaban pequeños bajeles, en las encrucijadas de carreteras que aún no se han construido, para recoger siempre alguna tonalidad de los colores de los amaneceres.

Cuando nosotros lo conocimos, sabíamos que era cuenta cuentos porque no cesaba nunca, ante los niños, de contar historias que los hacían reír o llorar, preguntar o saltar, siempre verle el lado más hermoso a todos los tropiezos.

 

 

 

En aquel tiempo derramaba su poder creador sobre lienzos que dejaron cuadros maravillosos en los que el color se derramaba sobre los pinceles para dibujar una primavera o una luna. Los rostros se hacían difusos en las líneas de sus carbones, sin que por ello perdieran la sonoridad de sus miradas. 

Pero un buen día conoció, entre los cuentos de una niña gris, a La vaca azul, que comenzó a darle nombre a su itinerario de contador de cuentos. En su batola blanca, que luego se tiñó de azul,  siempre hemos creído que si se lo propusiera, podía salir volando en cada una de sus presentaciones.

 

 

Sabemos sí que sus escuchas de todas las edades emprendíamos cada vez vuelos más altos, viajes más extraordinarios, simplemente desandando la ruta de la lágrima de nuevo hasta el párpado, el tiempo del olvido hasta el corazón de la memoria, la hora de la tristeza hasta el paisaje claro de la alegría. 

Supo entonces, entre sus aventuras, que no quedaría en él esa magia para contar que le salía espontánea desde cada uno de sus gestos. Decidió compartir y enseñar y encontró esforzados y maravillosos alumnos, en el marco de la Universidad Católica Andrés Bello, que hoy se han convertido a su vez en maestros. 

Desde ese tiempo hasta hoy, que se ha marchado hacia ese territorio donde nacen las cuenterías, donde siempre ha estado y ha de estar, nunca dejó de contar, de escribir, de enseñar y de graficar su magia. Y personas como él jamás se despiden porque no hay manera de que se marchen. Quedan inscritos en el corazón, en la risa de los niños, en su asombro y en sus ritos que también disfrutamos los grandes.


 


Siempre tuvo la magia que le permitía transformar el gris de un día lluvioso, en un arcoíris de pequeños milagros que encendían luces lejanas en los párpados asombrados de los niños y la gente grande. Tan maravillosa era su magia que las madres esperando sus bebés lo iban a escuchar en la seguridad de que lo capturaban desde sus diminutos tejidos con los cuales ya habían aprendido a escuchar la voz de su madre. Y más de una vez, nacido el niño o la niña, al llevarlo la madre de nuevo a escucharlo, el niño reaccionaba ante algo que ya conocía.


Hoy la risa de cientos de niños derramada en esas mañanas en el parque mientras miraban y escuchaban al Mago de la Vaca Azul, lo aguardan en el paraje donde acampe, allí más allá de las nubes, guindado del sol o meciéndose en una media luna, como si atravesara un mar de arpegios.

 



Se llevó su canto en esa respiración que de pronto se le detuvo mientras culminaba su arribo a los parajes en los que lo aguarda su Vaca Azul, para proseguir  multiplicando su magia, hasta que  no quede niño sin risa, sin magia ni alegrías. 

Y como siempre, lo seguiremos acompañando en cada una de sus aventuras, porque lejos de marcharse, cada día regresa en la risa de un niño y en ese compromiso de hacer del mundo un espacio más luminoso y humano.

 

mery sananes
publicada el
13 de febrero del 2022
y subida hoy 
13 de febrero del 2024




1 comentario:

rosana dijo...

Armando era un ser muy especial: Recuerdo su magia al ir contando sus historias. Hermoso homenaje poeta.