viernes, agosto 19, 2016

FEDERICO Y LUIS MARIANO: JACINTOS DE UN MISMO OLIVAR



Hoy 19 de agosto se juntan dos fechas con una misma honda significación: el nacimiento de Luis Mariano Rivera (19-08-1906), el cantor y poeta de Canchunchú Florido y el asesinato de Federico García Lorca (19-08-1936).

Hurgar en sus espacios es como navegar en el bajel de la vida sobre ríos de jacintos, nubes de hierbabuena, nostalgias de albahaca. Es como cabalgar en el piquito de los tucusitos y prenderse de la última florecita del camino para reinventar con su simiente un bosque de suspiros, un almacén de risas de niños, un campo minado de azahares batallando por volver a ser enredadera y rocío.

En estos tiempos copados por la muerte ajena y la propia, atrapados entre sequías y devastaciones, hundidos en el oropel de los sinsentidos, el ruido sordo de un viento inmóvil y en desasosiego, hay que ir a en busca de la palabra que aún no se ha pronunciado.

La que intuía Luis Mariano mientras observaba con tesón de hormiga el vuelo detenido de los picaflores y el dolor a cenizas de las guacaritas.

La palabra que desanudó Federico entre olivares y juncos para regalársela a los niños. Una canción de cuna que perdurará por la noche de sus días.

Un verso melodía que desató la brisa contenida entre las vides, exploró el amor en el dintel de las cuerdas de una guitarra rota, para ofrecerlo como un manjar servido a las orillas de un río de besos en tiempo de alegría.

En este día, tan parecido a los otros, vale la pena abrir el corazón a los paisajes del alma, a los bosques de pinos que anidan en el interior de las pupilas de los niños, al cauce que dibuja el rayito de sol sobre las hojas, al candor que emerge de las golosinas que tienen sabor a caricias y a verdes hierbas de un herbolario que aún no hemos sembrado.

Tal vez si cada verso-canción de estos poetas pudiésemos asirlo como una guirnalda, empuñarlo como un pañuelo violeta, prenderlo del cinto como un centinela de la vida, tal vez podamos comenzar a ahuyentar la muerte, a detener a los asesinos, a quebrarle el muro a los lamentos que no cesan y a la pena de pozos que se sigue extendiendo como si se hubiese apagado el último cocuyo dejándonos con el solo resplandor de las metrallas.

Tal vez. Vale la pena intentarlo, en este día y en los otros, los que están y sobrevienen con su carga de odios.

Tal vez con ese frugal equipaje de versos podamos hacer desistir a los fusiladores de entonces y ahora, a los carceleros de la ilusión y del hombre libertario, de su acción depredadora.

Y a cambio encender el cáliz de un clavel púrpura, amotinar sobre las colinas el acidito de amor de los cerezos y refundar en el propio corazón y el del otro, que es nuestro hermano, la perfecta simetría del interior de los naranjos.
mery sananes
19 de agosto del 2008

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