sábado, octubre 29, 2016

TODO LO ESENCIAL ES INVISIBLE - MERY SANANES



MERY SANANES
“TODO LO ESENCIAL ES INVISIBLE”

René Rodríguez Soriano entrevista a
Mery Sananes para la Revista Media Isla
en su edición del sábado 29 de octubre del 2016


RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO [mediaisla«Yo vengo del Caribe, de una tierra prolífica, exuberante, grandiosa, de un destino torcido, de una historia milenaria usurpada y degradada, de una historia reciente que en su credo civilizatorio ejerce la barbarie sin pudor».

Además de absortas horas frente a las ventanas de la tarde con los ojos clavados en los pájaros y el infinito azul que nada hacia la ignota paz del Ávila, nos unen las mandarinas, los aspavientos, más de una jarina; Boccherini, Candelo, Luis Días, los adagios de Bach, La rosa primitiva de Efraín Huerta y la más dulce iconoclastia de los horizontes abanderados de pájaros y naranja. No puedo precisar el día, Mery Sananes llegó balanceándose sobre una embustería. Yo trataba de leer los primerizos gorjeos de Rebel en las tazas de café y ella me hablaba de los chipilines, su expaís y el entubamiento del aire en los alrededores del orbe; me hablaba de la sequía, del secuestro del alpiste y de las despobladas calles de Caracas, de las panaderías, de las muchachas, mustias, desabastecidas.

Sin llamarla, sin que mediaran siquiera señales de humo, mensajes de texto ni telegramas, vino por Manuelico, por sus conjuros como parte de guerra, la Madre de las aguas, el baldío y los claveles de El Convento; León Felipe, Whitman, Palomares, Montejo y Elizabeth Schön… vino con sus alforjas atiborradas de libros y flor de Jamaica; trajo el poema, la guacharaca, el chigüire, el merey y no sé cuántos arpegios de La vaca Mariposa. Sola y acompañada, con su sed, con su rabia; con su ansia de paz, su arsenal de palabras. Aparentemente invisible, vino para que hablemos en alta voz.

¿Cómo te las arreglas para, a punta de florerías y asomos de aguaceritos, espantar toda suerte de «sombras y nubarrones»?

—En realidad, uno no se las arregla previamente, y mucho menos para espantar sombras y nubarrones. Uno aprende a vivir con ellos y deslizarse en su interior hasta encontrarle su gota de agua o su elixir de polen. Es siempre un acto de sobrevivencia atado a una naturaleza que se resiste a dejar de existir.
«Tiempo terrible el nuestro por este estremecimiento que nos viene de adentro» —decías en Tiempo de guerra (1968) —, «la palabra es un pelícano que viaja camino a un mar que habita en los ojales de un hombre mudo», dices ahora en Palabras conjugadas (2016), ¿qué se ha roto y qué puede ser salvado, así sea a puro pespunte, de esa Tierra de expedientes que soñamos?



—Todo ya estaba roto, sólo que entonces uno iba pespunteando ilusiones, como quien tiene en sus manos una aguja de cuarzo. La esperanza y la rebeldía iban de la mano en medio de una lucha desigual que se llevó a muchos que eran puro ojal, en medio de trochas minadas.

Esta hora rota de hoy sólo ha contribuido a un deslinde mayor. Los rebeldes de entonces se convirtieron en poder. Los vulnerados siguieron siendo utilizados. Y ni la muerte del pelicano logra despejar la ceguera de un hombre convertido en máquina de matar.
¿Qué diferencia se abisma entre el país al que aspirabas en los escarceos de aquel Tiempo de guerra y el «expaís» de rojeces que se te deslíe en la mirada «atravesada de desembocaduras»?

—El país al que aspirábamos respiraba en el interior de aquellos jóvenes conducidos a una guerra por intereses muy lejanos a sus ilusiones de democracia, libertad, justicia, igualdad. Se sacrificaron como tantos, en distintas latitudes de este continente, por un ideario inexistente. Y tuvieron el valor de dar sus vidas en la creencia de que sembraban un porvenir que quedó sepultado bajo las balas asesinas de unos y otros.
Este expaís de rojeces, como dices, no es más que la continuidad de una misma historia de caudillos, tiranos y dictadores, ya fuese que se autoproclamaran demócratas, revolucionarios o socialistas. Una historia que ha dejado y sigue dejando al colectivo como material de utilidad o de desecho. Una historia de frustraciones y de lejanas esperanzas.
¿Dónde y cómo empieza, a tu buen ver, el «tiempo de sepulturas» que, como «equipaje ajeno” colgaron sobre los hombros de un «territorio habitado por milagros»?

—Este tiempo de sepulturas comienza en el mismo instante de la invasión. Aquí se asentó un dominio que desde sus inicios dejó en claro sus reglas. La existencia de un descubridor y un descubierto, es decir, un poderoso y un expropiado, un superior y un inferior.
El hombre de entonces, a quien incluso se le negó su existencia como tal, fue tomado, expropiado, sometido. Y lo sigue siendo hoy. Ni la llamada independencia, ni las sublevaciones, ni las repúblicas cambiaron esa historia. Le dieron continuidad hasta el día de hoy.
El estudio de esa realidad nos llevó al planteamiento de Los No Descubiertos: somos una conciencia y una condición diferentes y dispuestas a enfrentar el avasallamiento aún vigente. Nadie descubre a Nadie. Estamos obligados a ser actores y dueños de nuestro destino.  No somos un simple equipaje ajeno puesto y dispuesto en tierras habitadas por milagros, sino un grito y acción por un porvenir de belleza, justicia, amor y libertad.
¿Qué hacer con la palabra cuando se torna «trapecio inmóvil sostenido sobre los ejes de un pozo»?


—La palabra, la pobre palabra vapuleada, utilizada como arma de fuego, o como sutil bastidor de una tragedia, también ha sido tomada. Ha perdido el rubor y la inocencia que alguna vez pudo haber tenido. Es un arma al servicio de quien pueda apoderarse de sus sentidos.

Se cumple así la sentencia de Babel: para que el hombre no alcance a los dioses, o que no llegue a ser su propio sacerdote, como quería Whitman. Había que escindirlo, dividirlo, segregarlo, repartirlo, cada quien con un arsenal de palabra para herir al otro, que deja de ser su hermano.
¿Pero qué hacer con esa palabra? ¿Con ese trapecio inmóvil sostenido sobre los ejes de un pozo? Uno la enjuaga, la destila, la moldea, para tratar que no falle en trazar en alguna medida la dulzura del hombre, como pedía Saint John Perse. Y no siempre lo logra. Las más de las veces es un intento fallido, pero imprescindible, necesario, esencial. Porque si no lo intentamos tendríamos que quedarnos mudos para siempre. Y esa palabra que junte, que amalgame, que contenga, hay que inventarla y reinventarla tantas veces como sea necesario.
Y el poema, ¿dónde pasta y cabalga en este «tropel de perplejidades»?

—Ay, el poema. ¿Y qué es un poema? Un tropel de perplejidades. Un trozo de ilusión lanzado al mar. Una sumatoria de movimientos sísmicos que, en un momento dado, se aquietan para que la tierra removida alcance un nuevo horizonte. Y quedan prendidos de sus versos la conmoción de los escombros, pero, por sobre todas las cosas, ese sueño de que algún día la palabra y el hacer habrá de dar lugar a un hombre florecido.
Tus poetas (Whitman, Huerta, Vallejo, Mir, León Felipe…), ¿cómo alumbran en este mundo sin luz?

—Uno siempre anda por los caminos en busca de señales que nos alumbren. Y éstas pueden hallarse de muchas maneras. En el verso de un poema que de pronto se descubrió, en el gesto amoroso de una mano tendida hacia la vida, en los ojos de un niño ciego, en un relámpago asaeteando la oscuridad, en uno o muchos autores cuya lumbre se derrama como un río desbordado sobre nuestros sentidos.
Están allí, a veces a nuestro alcance, otras resguardados en los límites de barreras artificiales que hay que romper para llegar al centro mismo de sus conmociones. Son incontables como la vida misma. Y para mí imposibles de enumerar o nombrar. ¿A quién he de privilegiar? ¿A quién he de excluir?
Lo esencial para mí es que hay un signo común. El rayo de luz o de oscuridad que se dispara desde una palabra o un gesto, contiene todas las palabras y todos los gestos, en ese preciso instante en que traspasan los cercos que se le han impuesto y se transforman en resurrección de la vida.

En ese territorio es donde uno va encontrando claves para interpretar ese vasto y complejo mundo de cristales quebrados en el cual sobrevivimos.

Y con León Felipe tratamos de cumplir esa misión de ser corredores de relevo, con un testigo que nos fue dado y uno que habremos de entregar, a sabiendas de que la travesía es larga y que apenas somos una diminuta parte de ese intento por alcanzar una palabra que no espante, una historia que no someta, un tiempo que sea verdaderamente humano.
Pero esos hallazgos son ilimitados. Y uno puede tropezar con ellos en cualquier momento y circunstancia y comenzar de nuevo a armar un abecedario común. Hay tanto gesto humano esparcido en el mundo, tanta palabra sagrada, tantos seres resplandecientes, que sólo cuando se logre aglutinar podremos pensar en algún cambio que tenga trascendencia.
Y de los mandarinares, tus arpegios y chipilines, ¿te gustaría contarme, aunque fuera un sorbito?

Hablas de mis grandes amores, los hijos, los hijos de los hijos, los compañeros de ruta, los que acampan con uno en las noches más devastadas, los que te colocan un clavel en el ojal de los días, cuando más tristezas se conjugan. Los que nunca se ausentan, a pesar de los silencios y las distancias. Los que hacen presencia en tu vida como una carta que se escribe a ritmo de campanario. Los que se acercaron a mí con una cesta de frutos dúlcimos para que nunca olvidara la lección de la tierra. A todos ellos les debo los instantes más luminosos de mi existencia. Y ellos conforman la naturaleza misma de la esperanza sobre la cual ubico mis intentos.
De ese otro tiempo de guerra, el otro, el de ahora (entre la harina pan y El Libertador), los días sin luz y el qué dirán… en otras palabras: ¿Qué tiene que ver la ingeniería de vuelo de un pájaro que vive en el bosque con La Cátedra Pío Tamayo, La trampa engaño de la cultura y los manejos turbios del poder y sus poderes?

—Todo tiene un engranaje. En la década de los sesenta ya los disparos rompían la quietud de las noches. La Universidad Central de Venezuela (UCV) era un hervidero de rebeldías que estaban materialmente dirigidas por la improvisación, las emociones y la confusión. Es el tiempo en el cual se les vende a la juventud la revolución a la cubana y Fidel Castro y el Che Guevara como héroes llamados a conducir otra gran historia.



Y surgen entonces movimientos que se bautizan como revolucionarios que ni siquiera tenían noticias sobre eso que llaman revolución. Unos pretendían hacer esa transformación desde las ciudades. Otros desde las montañas. Y no faltaban los que pensaban que era suficiente con la “lucha de discursos desde los cafetines” o que con acciones efectistas y de otros fines se podía lograr la gran insurrección que acabaría con el orden vigente.
Lo improvisado e inmediato estaba por encima de toda preparación y organización. Y fue así como se llegó al extremo de lanzar a muchos jóvenes, con armas o sin ellas, a enfrentar un adversario que contaba no sólo con la decisión de confrontar sino de asesinar.
En el camino quedaron muchos que habían sido ganados más por la pasión y el amor que por la conciencia de y para el establecimiento de una organización que comenzara por definir un programa de formación y una plataforma de lucha.
La derrota fue colosal. Y el precio muy costoso. Porque los llamados partidos revolucionarios —el Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y otros derivados de ellos mismos— luego de haber embarcado tanta gente en sus propósitos aparentemente radicales, terminaron promoviendo una negociación por arriba, por las cúpulas, que terminó siendo una simple conciliación que le permitió a esas organizaciones volver a la llamada “vida democrática” y disfrutar de los beneficios y privilegios que otorgaría la línea de la Paz Democrática que asumían.
Este es el momento de la antípoda de traidores versus consecuentes. Los primeros ponían a un lado el compromiso revolucionario y se plegaban al orden vigente, los segundos continuaban en la lucha armada. A la larga, sin embargo, todo se resumió en una aplastante derrota y en la pérdida hasta de la memoria de los centenares de sacrificados en una lucha que terminó siendo una inversión para lograr posiciones de poder.
Y es tan largamente trágica esta situación que la llamada “revolución bolivariana” se plantea hoy como una continuación o triunfo de aquellas luchas que se dan entre los años sesenta y ochenta.
Es tal la deformación de eso que se nombra como revolución, que a los golpistas del 04F-92 encabezados por Hugo Chávez, se les suman desde sus primeras andanzas, componentes que proceden de aquellos fracasos y frustraciones. El turbio manejo de los poderes encontró entonces aquí predios profunda y cuidadosamente abonados.
La comprensión y estudio de esa historia ha sido el eje de nuestro trabajo por medio siglo. Desde todas nuestras ubicaciones hemos tratado de promover la otra cara de la historia, de la política o la literatura, de la palabra y de la participación.



De ese mensaje hemos dejado testimonio en Palabra Uno, la Revista Desorden, Expediente Editorial, el Centro de Estudios de Historia Actual. En la década de los ochenta fundamos la Cátedra Pío Tamayo, un espacio para el debate de la historia actual, que ya alcanza los 33 años y que a lo largo del período tiene un foro semanal y la publicación de más de 100 libros sobre literatura, política o historia actual.

En todo momento hemos querido enfrentar los viejos criterios, ideas y pensamientos impuestos. Y por ello a la hora del compromiso académico de obtener el doctorado en Ciencias Sociales, presentamos y debatimos sobre La trampa engaño de la cultura. Una obra guiada por la irreverencia, que intenta desvestir el sentido de la cultura como instrumento para el saber domesticado. Que aspira enfrentarse a los saberes constituidos, incapaces como han sido de organizar este mundo en una dirección distinta a los propios y perversos intereses de las minorías que representan y resguardan.

Es también una defensa de la creación como atributo del hombre común y no como el privilegio de sectores selectos. De allí la escogencia del poeta, músico y cantor Luis Mariano Rivera, visto en su integridad y no como expresión de una llamada cultura popular, fabricada para mantener esa creatividad a buen resguardo de la cultura oficial donde moran los reconocidos poetas e intelectuales.
Pero tú me preguntaste por algo más que no puedo dejar de responder: ¿qué tiene que ver la ingeniería de vuelo del pájaro que vive en el bosque con todo lo anterior? Todo, absolutamente todo.
Sin ese vuelo nada tendría sentido. El corazón reside en el bosque junto al pájaro, para sobrevivir. Y desde allí puede ir hacia el interior de la terrible historia de esta pre humanidad, que cada día se nos aparece como más próxima al señalamiento de Pío Tamayo: “Somos una simple suma de individuos”. Por ello tenemos conciencia de que albergamos la ilusión de un porvenir que no veremos, pero que procuramos dejar sembrado en cada paso y en cada palabra, como el único legado que tenemos.
¿Cuántas verdades caben en una embustería de Mery Sananes?

Tal vez ninguna. Pero mi materia prima sí que las contiene. Yo sólo las recojo y las envuelvo en los telares de las imaginerías, para que otros puedan asomarse a ellas. Para convocar el mirar con el corazón.  Y me refiero a todo lo esencial que es invisible, a lo que subyace en el anverso del pétalo, en el interior de un oboe o una flauta, en el reflejo solar sobre el tronco de un árbol, en el rocío que viste la hoja de hierba, en las estaciones lunares, en la grieta por la cual emerge un retoño y en la sonrisa de los niños que no han sido vulnerados.
¿De dónde viene Mery Sananes? ¿Por qué Palabras conjugadas?

—En una oportunidad un amigo poeta me hizo esa pregunta y esto fue lo que le respondí:

Yo vengo del Caribe —como tú René— de una tierra prolífica, exuberante, grandiosa, de un destino torcido, de una historia milenaria usurpada y degradada, de una historia reciente que en su credo civilizatorio ejerce la barbarie sin pudor. De inmensos ríos resecos, de frutos calcinados por la ferocidad del oro negro, de gente triste a quienes ya no les pertenece ni el cielo que deshabitan.
Hijos de todas las sangres sin reconocernos en ninguna, especie de reducto de una protesta que nunca avanzó más allá de su grito, de una derrota que aún no concluye de hincar su mordedura en los engranajes de la vida.
Y por eso —y a pesar de todas las advertencias— hablamos como si nunca más fuésemos a poder hacerlo. Derramamos palabras sin orden ni medida como queriendo anegar los cauces secos de las lágrimas más antiguas.
Sin recato, sin mesura, somos más desbordamiento que equilibrio. Nuestra voz se asemeja al grito de León Felipe cuando explicó el por qué habla tan alto el español y dijo, no es que habla más alto, sino que lo hace desde el fondo de un pozo.
Somos disonantes y perdemos los acordes de la armonía anegados de una pasión que se derrama queriendo alcanzar el frenesí de un mundo que no logramos avizorar. Pero a ratos es nuestra la ternura y el jugo de la caña se hace cauce de azúcar en nuestras arterias.
Y entonces es nuestra la mansedumbre, la inocencia y la esperanza. De todo eso venimos sin saber siquiera a donde iremos a parar, aunque quede a salvo siempre, y por encima de toda contienda, el amor.
Palabras Conjugadas, como todo lo que he escrito, viene de ese origen y de ese destino trágico y a la vez porvenirista.

¿Por qué y para quiénes escribes?

—Escribo para traducir los milenios de silencio que llevo en mi interior. Para buscar una palabra que no hiera. Para darle voz a los hombres vulnerados y al canto de los pájaros, los grillos y los sapitos.
Para dejar el testimonio de estos tiempos, tan iguales a los de siempre, y dejar en ellos esa rendija, por donde alguna vez se cuele la lágrima de León Felipe, a través de la cual algún día alcanzaremos la luz.
Y escribo, quizás, y en definitiva, porque no sé hacer otra cosa con ese estremecimiento que no cesa de crecer en un mundo destrozado y dentro de mi corazón desvalido.




Y para cerrar, te pregunto tu pregunta, con la que finalizas “Conjugaciones” ¿«Habrá alguna vez un retorno a la conjugación de las palabras que se vuelva cincel en la propia escritura y relámpago de cosechas en la terredad de los sueños»?

—No es fácil conjugar palabras en estos tiempos sombríos. Uno las saca como un mago de la vibración del aire, para que en alguna parte contengan resonancia de canto, aunque no se escuchen los acordes.
Uno las trabaja como si fueran de agua y de caliza, para que se produzca ese retorno a la palabra cincel capaz de horadar el dolor hasta alcanzar la permanencia de un gerundio fecundo. Y se entregan con la ilusión de que se sumen a un caudal mayor, hasta que algún día un relámpago de cosechas irrumpa desde la terredad de los sueños al albergue de un vivir de floreceres.
Mery Sananes Básica

Mery Sananes (Caracas, Venezuela, 1942) Licenciatura en Letras, Doctorado en Ciencias Sociales, Profesor Titular de la Universidad Central de Venezuela. Docente-Investigador desde 1966. Coordinadora de la Cátedra Pío Tamayo.
Obra publicada
Palabra Uno (colectivo, Caracas: Ediciones LAM, 1964), Tiempo de guerra (Caracas: Ediciones Desorden, 1968-1974), Tierra de expedientes (Caracas: Ediciones Desorden, 1975), Walt Whitman, poeta de los tiempos que vendrán (Caracas: Ediciones Desorden, 1973), Obras rescatadas de Pío Tamayo (Tres tomos, Caracas: CPT, 0000), León Felipe: poeta de pólvora y barreno (Caracas: Expediente Editorial, 1988), Ángel eternamente flor (Caracas: CPT/CEHA/UCV, 1994), La trampa-engaño de la cultura. Aproximación a Luis Mariano Rivera (Caracas: CPT/CEHA/UCV, 2006).


Publicado en la Revista MediaIsla
el 29 de octubre del 2016



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1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente entrevista Poeta. Yo le añadiría lo extraordinaria que eres, como dice el profe "fuera de serie". Un abrazo grande, cariños Ro